Mestizos
Es un cuento mil veces contado, y sus variantes son muchas. A veces sus protagonistas son vagos colectivos: indios, blancos y negros, o todas las razas humanas. O son hombres y mujeres de un color y otro, o un hombre y una mujer con nombres tomados de alguna crónica o de la imaginación del poeta. Los aproxima un amor romántico, o un deseo efímero compartido o impuesto; el resultado es una honra pisoteada, o una prole ambigua y anómica, o una humanidad inédita, o todo ello al mismo tiempo. Sea como sea, el relato del mestizaje sabe hablar del origen de un pueblo sin recurrir a los actos de los reyes, los designios divinos o las fechas heroicas: lo encuentra en la carne, en un escenario privado a la sombra de la selva, en una alcoba regular o en algún rincón furtivo de la hacienda.
Las narraciones del mestizaje se encuentran de un extremo a otro de América, aunque les quepan dignidades muy diferentes: pueden alcanzar una cumbre dramática como la de Malinche -ese nombre a medias título y baldón que designa igual a Cortés que a su amante nativa- o ser relegadas a un rincón anecdótico como la de Pocahontas. Pueden ser sentimentales o procaces, han dado lugar a discursos entusiasmados sobre la Raza Cósmica o a meditaciones cabizbajas sobre el futuro de naciones desiguales. Pero quizás en ningún lugar hayan tenido la vasta fortuna que han tenido en Brasil. Allí, el mestizaje, más que un tema de discurso, es el caldo en que se cultivan los discursos. La mezcla es invocada para describir la cocina, la textura urbana, la religión, el vocabulario o el acento, inspira rótulos políticos o define el tono ideal de la piel; se exhibe en la propaganda, en los murales de centros oficiales o aeropuertos, y es la marca nacional que se ofrece generosamente a los extranjeros, sean políticos, filósofos o turistas. Pero también de puertas adentro parece imposible hablar del país sin recurrir al tópico de las tres razas: en las letras de samba, en las redacciones escolares, en las tertulias políticas. El tono político con el que se enuncia puede variar, y en el habla de la izquierda el mestizo puede sufrir la dura competencia del desposeído, que de todos modos solía ser, hasta hace poco, también mestizo. Pero el relato persiste.
Para que esa ubicuidad tenga algún sentido, hay que decir que no siempre fue así; o, en otras palabras, que no hay situación de hecho que baste para explicar que así sea. El mestizaje es mucho más antiguo que su reconocimiento. Los escritores indianistas del siglo XIX brasileño, románticos como Alencar o Gonçalves Dias, se parecían en un punto clave a sus congéneres norteamericanos: sus héroes indios sólo sobrevivían como símbolos y nombres. Morían sin dejar descendencia mestiza. Legaban su imagen heroica y su tierra a una nación que se pensaba blanca, aun cuando sintiese que necesitaba blanquearse para revelar su verdadero ser, importando de los suburbios o del campo empobrecido de Europa un pueblo a la medida del rostro imaginado. La huella de los negros, aún más evidente, no tenía ni siquiera la virtud de legitimar una nueva nación; evocaba, por el contrario, un pecado histórico, una tara que se perpetuaba mucho después de abolida la esclavitud. Para muchos políticos y pensadores de la elite de finales del siglo XIX la trata negrera era nefanda más que nada por haber dejado tras de sí una huella en la carne nacional, y durante algunas décadas se multiplicaron los esfuerzos por remediarlo. Al tiempo que se incentivaba a los europeos a que aportasen su peso blanco -lo más blanco que fuese posible- a la nación, se ponían también medios para que los africanos volviesen a África. Aún hoy, los descendientes de algunos de los que se dispusieron a ello, que para bien o para mal ya no eran tan africanos como se suponía, forman colonias de brasileños en ciudades como Lagos. Corrían los tiempos en que el racismo tenía ínfulas de ciencia, y, aún más que la preeminencia de unas razas sobre otras, postulaba que cualquier raza pura, por inferior que fuese, era preferible al albur de las mezclas. Era ésa, por ejemplo la doctrina del autotitulado Conde de Gobineau, cónsul de Francia a mediados del siglo XIX en un Brasil donde, según él mismo decía, no había más blancos puros que el emperador y sus parientes inmediatos. Gobineau, observador sutil a pesar de sus teorías, decía empero que Brasil, un país de distancias abismales, no podría sobrevivir sin recurrir obsesivamente a las mediaciones. Aún tendrían que pasar muchos años para que el mestizo se contase de derecho entre ellas. Incluso cuando se reconocían sus virtudes, no dejaba de ser un problema. El héroe de Euclides da Cunha, el jagunço indomable de Los sertones , es, debido a los cruces que lo han producido, un monstruo: duro, inestable, fanático. Lo único que sirve para legitimarlo es que su anomalía se combina con la de la tierra que pisa, como si la naturaleza quebrada y espinosa del nordeste brasileño se hubiese preparado desde el inicio de los tiempos para soportar los pasos de una gente irregular e inacabada.
Toda esa maldición muda de signo en un proceso que ocupa las primeras décadas del siglo XX y que incluye algunos hitos como la Semana de Arte Moderna de 1922 -y el modernismo brasileño en general, incluyendo las músicas de Villalobos y las pinturas de Portinari o Di Cavalcanti-, las políticas populistas de Getúlio Vargas y la creación, ocupado un espacio entre el espiritismo kardecista y los cultos africanos, de una religión enfáticamente brasileña, la Umbanda, capaz de juntar en su panteón espíritus y dioses tomados de todos los altares y de todas las encrucijadas. El blanqueamiento de la Vieja República había alterado decisivamente la textura del país, pero había fracasado en esa misión exorbitante que las elites del país le atribuían. Había neutralizado a la naciente clase media negra o mulata, sustituyéndola por nuevos artesanos y pequeños comerciantes de otro color, pero no había creado una especie de Bélgica tropical. Los inmigrantes habían abierto nuevos tipos de conflicto: muchos se habían traído a cuestas su socialismo, su anarquismo o su nacionalismo. Peor aún, no estaban convencidos, como las elites locales, de que el Brasil fuese un país europeo con algunos accidentes climáticos o raciales. Para ellos, Brasil era un destino in partibus, donde los gobernantes o los patrones podían estar tan lejos de la civilidad como los antiguos esclavos. En un intercambio renovado de insultos entre aquellos blancos toscos y sucios y los brasileños cobrizos e indolentes, una parte de las elites se distanció de su europeísmo, o de una blanquitud que ya no resultaba tan evidente, y comenzó a pensar en algo que pudiese llamarse brasilidad. Quizás, a fin de cuentas, el cuerpo de la nación ya estuviese formado hacía mucho tiempo, y debiese ser llamado a escena sin maquillajes. Es desde entonces, y casi sin discusión, cuando se instaura el reino de lo moreno, lo ambiguo, lo híbrido, lo tornasolado. El maldito mestizaje se convierte en la suma de las bendiciones que Dios ha sembrado sobre el país, la causa de su creatividad, de su alegría y de su lujuria.
La ambigüedad de la ambigüedad