Lejos de estos escenarios de la batalla arqueológica, nos tenemos que preguntar ahora por la Guerra Civil, por sus escenarios precipitadamente entregados a la pasión por borrar huellas. El descuido y la destrucción es el paradigma que le ha sido aplicado aquí sin contemplaciones a toda la estructura de superficie del recuerdo de aquella guerra. En consecuencia, sus especiales topografías han sido, se diría que casi concienzudamente, deconstruidas, desarticulando sus lógicas y haciendo en buena medida ilegible la verdad histórica que todo territorio expresa (si se le permite el hacerlo). Otros escenarios no admiten sin embargo hoy estrategias disolutivas ni atemperadoras de las cargas trágicas que la historia militar y sus eventualidades comportan, imponiéndose de modo fatal al espíritu del ahora. Con una conciencia desolada ante lo tachado y lo reprimido, se puede hoy todavía visitar el arruinado monumento futurista que en el Puerto del Escudo contuvo en su día los cuerpos de los soldados italianos que acompañaron la División 23 de Marzo del Ejército de los nacionales. Monumento este expropiado de su propio ser, expresión melancólica de una historia incomponible, como tantos de los distribuidos aquí y allá en la geografía del disenso y del enfrentamiento.
El interés de la fotografía por dar testimonio de la faz de la batalla una vez sobrepasada ésta, ha provocado en los últimos tiempos que proyectos de fotografía artística hayan identificado este viejo motivo perdido en los anales de la historia: los campos de batalla, los escenarios de la resolución de la violencia por su vía más espectacular en aquellos llamados «1.000 días de Fuego». Así lo ha llevado a cabo, en sus «Pinturas de historia», Pepe Cerdá, y así lo hace también, en sus series pictóricas, Xavier Montsalvatge, retratando lo que llama «lugares de vigilia». Bleda y Rosa han podido partir recientemente para enfrentar con los ojos de hoy los antiguos escenarios y presenciar, dejando testimonio fotográfico de ello, lo que han sido sus transformaciones y cambios. Podría decirse que casi en vano, pues las geografías ya no devuelven hoy la verdad prístina de aquellas primitivas guerras. En realidad, Bleda y Rosa se han convertido en los fotógrafos que certifican que la historia ha pasado ya su página, y que, en la mayoría de los casos, habría que descender muchos metros en la memoria para encontrar sus huellas de profunda estratigrafía. Pasión esta de exhumación que ha creado en nuestros últimos años una auténtica geografía física del dolor y la vergüenza, cuando el objeto que se busca ya no es el rastro material de la batalla, sino los cuerpos nihilificados de la onda expansiva y desplazada de tal violencia, derivada entonces hacia su lado civil y su versión más inocente. En ocasiones señaladas, tal vez el punto dialéctico que anima a concurrir a los espacios trágicos generados por la guerra, sea no tanto ya encontrar la huella, como buscar esa borradura que determina el ejercicio de pensar lo que oculta lo reconstruido. A esta pulsión del dolor del miembro ausente se ha entregado libremente un artista, que hoy nos parece mayor dentro de nuestro panorama átono y desmemoriado. Pedro G. Romero ha rememorado la cartografía precisa donde comenzó a quebrar la convivencia pacífica española: los conventos quemados de 1909. En su proyecto conceptual las imágenes de esas ruinas admonitorias juegan y contrastan con los vacíos absolutos a que aquella herida ha dado hoy lugar, como también a los maquillajes intensos a que han sido sometidos por su parte los rostros de los edificios antiguamente incendiados.
En otras ocasiones, las estrategias conceptuales que revisitan las huellas de la violencia del ayer, determinan otros recorridos, en los que se muestra, acaso, que es difícil abrir esa caja de Pandora en que se ha convertido la historia española que va ya más allá del corte quirúrgico de la Transición. La llamada «movida madrileña» visitó el antiguo frente de la capital mártir. Lo hizo con la pluma divertida de Ramón Mayrata en la mítica Luna, llegando incluso a carnavalizar las huellas sagradas que había dejado el Madrid defendido y heroico del 36 al 39. Eso ocurrió en los años ochenta. Fue un momento en que los hijos de los hijos de la ira pensaron que era significativo retratarse en el antiguo frente de batalla, ataviados por Sybila y enfocados por las lentes deformantes de fotógrafos como Ouka Lele, García Alix o Juan Ramón Yuste. En todo caso, apenas algunos espacios, por milagro, han sido conservados, in vitro diríamos, como pronto será el «sitio histórico» de Brunete, y como es, sobre todo, el caso de Belchite, ahora conformado como el mejor de los platós para las películas de acción bélica. Esas ruinas mismas de Belchite confirman el aliento impresivo de que se inviste la tragedia bélica, y expresan muy elocuentemente qué tipo de destrucciones verdaderas opera la violencia desatada. El maltrecho cuerpo de esa geografía, y, aún más, los esqueletos en que se ha tornado el perfil de su antigua civilidad y casa común, suponen una advertencia que no debe ser desdeñada. Es común a esta experiencia de los lugares de batalla españoles de la Guerra Civil, el que en el momento en que se accede a ellos por rutas no señaladas, por caminos que deben ser recorridos por la voluntad personal, entonces su evidencia misma logra en un instante fundir los tiempos. El paisaje de la batalla, sin duda ninguna, trae la batalla misma en una alucinación que persiste y que, sin duda, habrá de dejar su huella mnémica en el ánimo, en principio ocioso y hedonista, del viajero de hoy. Visitante, acaso, no prevenido acerca de la exhalación y la atmósfera letal que emana todavía de las cápsulas trágicas en ruinas. Así ocurre en los túneles de experimentación y montaje de las V-1 y V-2 de Peenemunde, y en tantos otros sitios donde, desde hace años, los turistas que se saltan los carteles de advertencia suelen encontrar todavía una muerte que les llevará a ser contabilizados como víctimas al presente de una guerra concluida ayer. En cuanto a aquellos que dejaron sus vidas en estas áreas sacrificiales, los combatientes muertos, ciertamente no están, pero con todo, están allí. Esta legión de sombras, estas escuadras perdidas en su camino hacia la muerte, pueden ser sentidas, y, como nos ha recordado Juan Pando, hacerse súbitamente presentes en las alturas, por ejemplo de Saibigain o del Bizkargui, presentes todavía al pie mismo de la «delgada línea roja» que compuso el cinturón de hierro de Bilbao.
Podríamos asegurar que, después de todo, el campo de batalla se presta a su resemantización, tornándose su signo fatal en una nueva perspectiva que puede abrazar ahora la esperanza y dejar por fin atrás la catástrofe. Es lo que ocurre con ese gran monumento de Eduardo Chillida que, emplazado en el Cerro de Santa Catalina de Gijón, supone en sí mismo la conversión de un monumento de guerra en otro abierto a la paz. El propio Chillida señaló que le interesa mucho ubicar sus grandes trabajos de esperanza en y sobre las líneas candentes de los enfrentamientos del ayer. Los lugares de la observación, del control y de la militarización del territorio, son, o pueden ser, los lugares también donde la cultura del conflicto mejor puede comenzar a abrirse a una armónica pulsión cosmológica: Elogio del horizonte , en efecto. La geometría simbólica de tan específico campo de ruinas; la suave estetización del espacio marcial, puede, pues, y a partir de una grave ascesis, conducir los ánimos de los viajeros hacia algún ensueño de futuro, así como engendrar en ellos una suerte de mirada a lo alto y a lo lejos; mirada que supere así el temor y el temblor que habita encadenado todavía en los dominios donde el dios Marte tuvo sus altares.
BIBLIOGRAFÍA DE URGENCIA
Armiñán, Luis, Por los caminos de la guerra . Madrid, Ediciones Españolas, 1939.
Bendala, Manuel, «¿Aquí no hubo guerra!», Haz , 14 (1944), 33-34.