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Revista de Occidente 320 Revista de Occidente

Paisajes para después de una batalla

por Fernando R. de la Flor
Revista de Occidente nº 320, Enero 2008

Número de páginas: 5
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Y es que el campo de batalla induce una fuerte melancolía, pero resulta todavía más ominoso cuando, lejos de liberar las dinámicas del movimiento y la tensión del desplazamiento esenciales de la guerra -que es, siempre (Clausewitz dixit ), penetración y movilidad-, se torna por una vez inmóvil, anclado y fijo sobre un territorio en lo que se denomina «guerra de posiciones» o resistencia total, a vida y a muerte. En ese momento y en tales ocasiones puede suponerse que el tributo de vidas humanas crece de manera exorbitante: entonces debe saberse que allí donde eso ha podido ocurrir, la vida humana tuvo que descender a estratos subterráneos y recuperar allí la memoria perdida del topo (que en la guerra moderna se llama zapador). Verdún mismo se ha convertido en el patrimonio y museo universal de la resistencia, de esta guerra de posiciones, donde la trinchera y el nido de ametralladoras anclan la violencia a un dominio y no permiten que la ola de fuego fatal la sobrepase, arrasándola en un peinado incesante, obsesivo, demoledor. El ánimo en verdad sobrecogido de muchos turistas recorre hoy los kilómetros de galerías subterráneas, donde hombres de otros días soportaron zambullidos en sus agujeros el que sobre ellos cayera el peso entero de la historia. Algo parecido el viajero, el turista de lo bélico, habrá de experimentar en los sótanos del Alcázar de Toledo y frente a la línea de blocaos del Parque del Oeste, que defiende todavía Madrid del empuje de las primeras oleadas del Ejército Nacional, que llamó en vano a tales puertas de estos templos de la guerra en el invierno de 1936. Pero algo también de todo eso puede percibirse en el Jarama madrileño, donde la fluencia misma del río, metáfora manriqueña de la vida, logró por una vez estancarse y pudrirse en las trincheras y galerías excavadas de una guerra decididamente detenida casi nada más comenzada allí, en el año de 1937. Aquí, la canción sobre el poema de Alec McDade «There's a Valley in Spain..», puede ubicarse tal vez como el primer texto moderno que revisita, lleno de una imaginaria nostalgia, el campo de batalla de la Guerra Civil, animando hoy a los supervivientes brigadistas a describir un tour que les ha de reinstalar en la antigua órbita de una camaradería guerrera, que luego no han podido volver a encontrar en ninguna parte.
La guerra, que los poetas antiguos caracterizaron en bellas alegorías montada en un carro alígero, como la apoteosis de la celeridad, cuando llega a inmovilizarse, trabaja el territorio con sus formas más dantescas y martirizadas, llegando a deformar grotesca y monstruosamente las orografías y acumulando ruinas sobre ruinas, revolviendo de modo finalmente indiscernible culturas y capas geológicas, promoviendo en el turista accidental de estos reinos la emocionalidad que le cabe al arqueólogo. Esta misma calidad de tierra intensamente penetrada por el material disruptivo e inflamable puede ser advertida en Montecassino, otro de los espacios consagrados como emblemas del grado supremo que concederemos siempre a aquello que resiste, que se niega a la penetración, que obstaculiza definitivamente la fluencia de lo que desea imponerse. Un aire de sarcófago, una atmósfera de sepulcro rodea estos escenarios desmedidos, que se nos antojan ahora obra funesta de civilizaciones perdidas por su propia furia. Los monumentos a la inutilidad que casi todos los campos de batalla son, nos oprimen hoy el corazón sobrecogido ante la presencia de estos vastos cementerios de las ideologías. Como viajeros, algunas veces, en perdidas y extrañas geografías nos ha podido asaltar esta memoria de la guerra, incluso en dominios desplazados, metonímicos. Así sucede en el cementerio bucólico y extremeño de Yuste, en las cercanías de la última morada del emperador venido del Norte, donde descansan, finalmente sustraídos a su lugar natural de muerte, los cuerpos de los soldados alemanes caídos en España en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Nos consuela poder ver de qué manera el combatiente ha escapado finalmente del espacio alucinado de su propia destrucción, y cómo sus restos han podido ser reintegrados, aun lejos de su país natural, a una provincia del mundo en la que Belona misma no tuvo nunca altares, y donde en la actualidad sólo crece la retama y ramonea la oveja lanar, metáfora viva de una paz propia de los siglos de oro auspiciados por el Quijote, y de ninguna manera de ésta hecha del metal de las bocafuegos. Entonces el descanso parece verdadero descanso, y la paz finalmente les es concedida y envuelve enteramente su recuerdo.
Sin embargo, con todo, no es lo común en España este venir a demarcar y hacer significativos los territorios donde la guerra ha tenido efectuación al objeto de alguna sacramentalización y liturgia de memoria. No hay, no ha habido, tal consagración del espacio de lo bélico. Ni se han estabilizado en su ser, preservándolos, los escenarios decisivos de la historia colectiva. En ocasiones, las huellas de la guerra han tenido que ser borradas en medio de titánicos esfuerzos, que hablan de modo elocuente de la determinación de recordar sólo que hay que olvidar y hasta enterrar y hacer desaparecer los fundamentos sobre lo que todo se alza todavía. Así ocurre, y a partir de 1990, con todo el desartillado de los grandes cañones Vickers de 38,1 de la antiguamente llamada «costa inexpugnable », en El Ferrol y La Coruña; cañones y líneas de fuego que habían convertido la zona, durante los años 30 del siglo XX, en la mejor defendida de toda Europa. Un mandato de olvido pesa, pues, sobre las geografías de la violencia, tal vez porque constituyen para lo nacional demasiado duras lecciones. Es lo cierto que la piel de toro, martirizada por el acontecimiento de la violencia y de la lucha, ha dejado que se cicatricen al azar sus temibles costurones, sus desgarros seculares, fingiendo no prestar demasiada atención a estos restos acusadores y expresivos. Apenas en los últimos tiempos vemos restaurarse el interés por los llamados «sitios históricos », por los campos de batalla del ayer. Podemos suponer que el interés ha comenzado por los teatros bélicos de la guerra internacional, llamada aquí de la Independencia. El impulso una vez más no ha sido, que sepamos, propiamente vernáculo, antes bien ha sido determinado por las potencias de otra hora, las cuales aquí tuvieron un laboratorio y un espacio de prueba para volcar en él sus tensiones interiores. Bailén, Arapiles, Ciudad Rodrigo, los nombres propios que como lugares exóticos leemos en los arcos de triunfo levantados en las capitales europeas, comienzan a ser tratados como espacios monumentales, en realidad para poderlos mostrar a los ojos de aliados o enemigos de otros tiempos; y hemos podido ver cómo los descendientes de los generales ingleses y franceses de esos otros días recomponen ahora aquí los territorios de su memoria familiar y de viejos clanes guerreros, en estas sus geografías prestadas donde pudieron emplearse con dureza inusitada.
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