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Revista de Occidente 320 Revista de Occidente

Paisajes para después de una batalla

por Fernando R. de la Flor
Revista de Occidente nº 320, Enero 2008

Número de páginas: 5
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Es, precisamente, ese riesgo de borradura de la huella, el que determina una pulsión escópica, un deseo de conocer la topografía de la batalla antigua, y el mismo que, en definitiva, mueve a las multitudes a precipitarse sobre esos espacios consagrados; algo que, sabemos, obsesionó al escritor Juan Benet, al punto de realizar éste minuciosos levantamientos de territorios polemológicos para su ambicioso ciclo Lanzas herrumbrosas , y que, más secretamente, le llevó a realizar operaciones de salvaguarda patrimonial de los restos de la Guerra Civil, por fin y por vez primera estudiados en el volumen Paisajes de la guerra , que fue editado por la Comunidad de Madrid en el año 1987.
En la era del inmaterial bélico destacan con más profundidad si cabe, y en todo caso con más sombra, las huellas y escenarios de la batalla antigua, los cuales coagulan toda la carga emocional que quedó concentrada en el «instante peligroso». Por lo mismo, su presencia en el imaginario colectivo se agranda, y le impone la obligación
ritualística de regresar a aquel espacio plutónico, para condenar en él lo que Saavedra Fajardo, al fin de la Guerra de los Treinta Años, denominó, con acierto, Las locuras de Europa . Paul Virilio, el filósofo de nuestros días que más ha reflexionado al pie mismo de las geografías europeas martirizadas en las últimas guerras mundiales, ha construido en torno a las ruinas bélicas de aquel tiempo una meditación de tan vasto alcance que no me sonrojaré yo de compararla a aquellas otras reflexiones que el conde de Volney hizo sobre los restos de Palmira, y que pasan por ser las primeras realizadas por un pasajero o «turista de la historia». Sucede que, ciertamente, los pecios de la guerra, especialmente de la guerra civil europea entre 1914 y 1945, están dotados de una fuerza aurática y un potencial de reviviscencia tal, que pueden ser para el hoy del momento político, lo que ayer representaron las Medina Azahara, las Herculano y Pompeya para los constructores del nuevo orden social del Antiguo Régimen.
Lo sobrecogedor del antiguo paisaje de batalla asegura pues su atracción fatal, y todos los hombres, a la vista de los dominios donde lo funesto tuvo lugar en realidad, y una vez situados «sobre la línea», alcanzan a vislumbrar algo de lo que se juega en verdad en el interior de las «tormentas de acero». En estos casos, es lo arruinado, el espacio demolido, el que concentra, en dosis casi letales para la sensibilidad del viajero por su historia, las auras trágicas de que se inviste, destilando de ellas una solemne belleza. Y ello según una observación de Enrique Gómez Carrillo, corresponsal privilegiado en los campos de lucha de la Gran Guerra: «Las fortalezas nuevas son tan bellas cual las antiguas, sólo hay que verlas destruidas para admirarlas».
Gerardo Diego, situado ante un escenario polemológico tan arcaico cual el de la misma Numancia, siente todavía el fuego que consumió sus muros, y se ve partícipe en tiempo presente de la antigua derrota universal que toda guerra supone: «Era en Numancia al tiempo en que declina/ la tarde del agosto augusto y lento...». Otras aproximaciones son, con todo, menos empáticas, pues el rostro de la batalla, en realidad, lo que ofrece es el desnudo e incicatrizado paisaje de la historia, ya no en su venir a hacerse, sino allí donde definitivamente algo se deshizo. El mismo Virilio nos procura el camino por donde la visualización del campo de batalla antiguo y la cadena de acontecimientos en él ofrecidos sirven como meditación de una condición de lo histórico, pues la batalla es, antes que nada, una suerte de lección, que se recibe in situ , al situar al observante ante el paisaje de la catástrofe acaecida, y revelarse bruscamente ante él mismo el lado tenebroso de lo histórico. El paisaje de la batalla, cuando se contempla desde los días tranquilos, sucedidos bajo la fórmula jungeriana de la «calma después de la tempestad», conforma un raro documento de la cultura del aviso; resulta una pieza admonitoria, un sermón que se percibe ad oculos . Nadie puede permanecer indiferente ante la magnitud de lo que territorio semejante allí acoge y encripta para siempre en cuanto mausoleo que es. La geografía de la guerra, en realidad, se da a leer , y no sólo precisamente en el sentido de la reconstrucción del movimiento táctico que la determina, sino más bien en términos de cultura material y, sobre todo, en términos de estrategia absoluta, pues a todo campo de batalla lo que concurre es la humanidad misma, volcando sobre este espacio todo su imaginario, toda su ideología, y también, y finalmente, toda su potencia técnica y resolutiva, hasta convertir ese espacio en un verdadero «teatro» de la desmesura y del intercambio de un daño constantemente acrecentado. En este foco de fuego, eventualmente extinto y ya pacificado, los viajeros y peregrinos de la guerra descubrirán el fondo mismo de aquello que en la guerra se juega en su doble condición de quema sacrificial de bienes y de esfuerzos y en orgía de pérdida de valor de la vida y condición humana. Paul Virilio descubrió no sólo eso, sino también, y por ejemplo, el propio mar, que en su infancia le fuera prohibido con ocasión de la construcción del AtlanticWall por los alemanes , la primera gran muralla de contención de pueblos, y que él mismo fue uno de los primeros talantes curiosos en descubrir y de la que ofreció un inventario alucinado, cuando ya la batalla había pasado por encima de la festung Europa, del castillo y plaza fuerte en que el continente se había convertido.
Aquella propia muralla constructiva, levantada por los obrerosesclavos de toda Europa siguiendo el pensamiento logístico de Albert Speer, el ministro de la guerra total, es hoy quizá el mayor emblema de un turismo de guerra continental que ha hecho de la playa de Omaha un punto crucial en la geografía de la nostalgia veterana y militarista. Normandía y sus prolongaciones a lo largo de la costa del canal reciben hoy un tratamiento que está acorde con la entidad decisiva que se le concede a aquello que allí se puso en juego a la altura de un no todavía demasiado lejano 1944. Las huellas son tan poderosas, en este espacio donde mundos diversos confrontaron, que es difícil no sustraerse al magnetismo que emana todavía del hormigón armado de las grandes baterías y de los silos de submarinos, y hay algo de imagen dialéctica y de tensión histórica en el modo en que hoy las masas de turistas toman el sol despreocupadamente bajo los castillos de tiros de otros días, después de todo, no tan claramente sobrepasados. Esa Atlantic Wall , «Muralla del Atlántico», ese espacio magnético que se presenta como fuertemente estriado frente a la lisura del mar, es hoy, con sus más de diez mil túmulos de hormigón bélico, un centro gravitatorio de la mirada que erige allí una suerte de museo de alegorías a la intemperie, y de lo que pretende hacerse cargo la doble pinza de la museificación y del trabajo de los artistas como Magdalena Jetelová, que realizó allí, en 1995, su gran serie «Atlantic Wall 04», o los reportajes de Alexander Wirtz en su Témoins du Mur de L´Atlantique . Como geografía crucial de la batalla, esta solidificación brutal del campo de Marte en las costas de Francia, compite con otro monumento de signo invertido, pero también dotado de gran fuerza de evocación imaginaria, de aura : la línea Maginot (tal vez esto por lo que tal fortificación signifique de punto de derrota de las democracias pusilánimes y falsamente confiadas en sus defensas). Este gran cenotafio de hormigón armado y acero levantado a la inutilidad de una técnica sobrepasada por la blitzkrieg , es, en sí mismo, un elogio a la inmovilidad y contiene apresada en sus muros kilométricos la enseñanza paradójica de lo que Bruno Bettelheim ha denominado, en el terreno psicoanalítico de la construcción del sujeto, «la fortaleza vacía».
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