Entre todas las geografías posibles abiertas al tránsito y a la inspección de los viajeros de estos tiempos nuestros, quizá ninguna pueda compararse, en la profundidad de la vivencia que propone, a la de aquellos dominios consagrados por un peculiar martirio, los espacios bélicos donde se desarrollaron las batallas de otros tiempos.
La fotografía, que descubrió la guerra y que la interpretó para la experiencia y lección de las multitudes puestas a cubierto de ella, procediendo a desvelar el verdadero «rostro de la batalla», regresó pronto, una vez acabados los conflictos, a los escenarios dramáticos de la misma, atraída por este paisajismo ctónico, funeral, donde el corazón más pintado sufre de la alucinación de una regresión brutal y experimenta de modo profundo la benjaminiana visión de la historia como catástrofe acaecida cuya huella no puede (ni debe) borrarse, y que, en consecuencia, debe pues revisitarse, convirtiéndose en el espacio propio de una suerte de expiación colectiva.
Aquella incipiente fotografía, iniciada en realidad en los escenarios fratricidas de lugares como Gettysburg, captados por O´Sullivan o Gadner, en ocasión de la guerra civil americana, retornó a los escenarios del horror inmediatamente después de acaecido éste, coagulando en seco así toda pulsión exaltadora que pudiera ser producto de un virulento romanticismo del acero y de la espada, pues lo cierto es que aquellas fotografías daban cuenta de que las carroñas de los confederados todavía se pudrían al sol, lo que sin duda contribuyó a evidenciar lo que de amargo debe tener para la conciencia moral del progreso toda victoria. Algo similar hizo Roger Fenton, en lo que es una de las más extraordinarias fotografías de posguerra: la toma sobre el lugar ( The Valley of the Shadow of Death ) de la carga de la Brigada Ligera de Lord Cardigan, donde nos entrega el escenario heroico y la hierba que pisaron los caballos pronto precipitados en su nada, y en este caso, pues, lo que allí se leía era que, si bien la victoria abre el camino de algún porvenir, la derrota cierra para siempre los senderos de la inteligibilidad histórica, convirtiéndose entonces en un monumento al nihilismo guerrero. No tenemos más remedio que evocar aquí, en una suerte de pendant estricto que borra distancias, aproxima ocasiones y unifica bajo la señal de Marte cualquier visión que del asunto se alcance, el travelling dantesco que realizaron las autoridades militares españolas, nada más terminada la más terrible de las campañas en África, aquella que comenzando en el hundimiento de Annual concluye con el desembarco de Alhucemas. El desierto fue revelando entonces a los ojos de estos primeros turistas y fotógrafos del horror, y a medida que se sobrepasaban sus suaves depresiones y se abandonaban los aduares quemados al sol, la magnitud inconmensurable de un verdadero desastre, donde los blocaos y los fuertes españoles asaltados y destruidos iban configurando el mapa estricto del territorio apocalíptico, expuesto entonces a la inspección de unos políticos curiosos, de unos militares golpeados por el recuerdo espectral de sus batallones perdidos, y de unos periodistas que daban forma a base de fotografías y descripciones del atractivo fatal que alcanzan siempre las topografías infernales.
La mirada nacional no ha vuelto ya más a esos lugares, fuertemente oprobiosos, como no ha querido volver tampoco al Barranco del Lobo, ni incluso al Sahara o Ifni mismo o, menos, a Tetuán («de las Victorias»), lugar este último donde las hispanas armas cubrieron sus únicas jornadas gloriosas. Hoy los huesos de las huestes del general Silvestre, como aquellos otros de los sudistas, blanquean de cal al sol los tranquilos paisajes, donde los rifeños prosiguen apacentando los ganados de siempre, esperando el momento en que los europeos, curadas las heridas de su imaginario humillado allí en lo profundo, deseen retornar al escenario de sus pasadas derrotas. No será necesario trasladarse a tan lejanas geografías. Cotas como la 666 en Pandolls, escenarios dramáticos de la batalla del Ebro, exhiben hoy amontonamientos de huesos que en sesenta años no han conocido entierro, obligando de algún modo, con ello, a que el pasado no termine con todo de pasar. Cosas similares han ocurrido en el Volchov, donde un turismo divisionario está llegando hoy con el afán de recuperar los restos dispersos en que han quedado, a la intemperie absoluta de las estepas rusas, las disparatadas aventuras del militarismo hispano del ayer.
Más que ninguna otra construcción, el osario, hito bélico que alcanzó su expresión más severa y cenital en la Francia del Somme y de Verdún, se eleva así a la entidad de gran emblema constructivo del campo de batalla, y es un punto focal del mismo, en cuyos pórticos en la primera hora de las grandes masacres se instaló la imagen llorosa de la Compunción, que expresaba de forma alegórica el sentimiento nacional de un dolor que no puede ser extinguido. Lentamente, paso a paso, estas deudas comienzan a ser liquidadas. Una tendencia a la sacralización del espacio militar, a una puesta en paréntesis y a una nueva inteligibilidad de ese territorio se va imponiendo. Incluso en España, desmemoriada como tal vez ningún otro país de la comunidad occidental. Así, hemos podido ver recomponerse en los últimos tiempos estrategias de olvido e inatención. Por ejemplo, en los propios escenarios de la decisiva Batalla del Ebro, donde, por fin, la figura piadosa, no del cementerio, a la moda anglosajona, sino del osario , y, más oportuna y castizamente dicho, del calavernario ha terminado por imponer su geometría serena sobre el holocausto antiguo. El trabajo de arquitectura sutil de Tom Salvadó ha ordenado para la cultura de la memoria estos depósitos de tiempo perdido de, hasta ahora, ninguna lección y escaso aprovechamiento moral.
Con todo, los escenarios de la guerra contienen un potencial de seducción fatal que cualquier día explota (y es explotado) en el seno mismo de las sociedades occidentales, que tienen la conciencia de que se acabaron para siempre estos «teatros de operaciones», que, en adelante, ya solo pueden existir al modo de parques temáticos, de inmensos memoriales y Waterloos del recuerdo, donde, desde los modernos centros de interpretación de la historia, se otea la orografía del campo marcial y se ejecutan en el imaginario de las pantallas de simulación los movimientos precisos de los cuerpos de ejército de otrora. Lo bélico inmaterial ha concluido por imponerse. Y, finalmente, un abstracto battlespace environment sustituye hoy a las colinas tomadas, a los vados por donde penetró la democracia en el corazón reaccionario de Europa. El antiguo «campo del honor» se ha tornado de modo definitivo en invisible , lo que tal vez equivale a decir que se ha extendido a todos los lugares del planeta. Las propias condiciones que, en medio de la desmesura y el titanismo, caracterizaron la antigua guerra, cruenta e invasiva, han sido transformadas en la actualidad en intervenciones quirúrgicas, en desencadenamientos imprevisibles de una potencia, hoy prácticamente in-material, y sin embargo dotada de una precisión cuyo primer efecto tal vez sea el de que arrebatará para siempre a la guerra su condición territorial, y si podemo decirlo así, paisajística .