Un año después de que Michelson pronunciase estas rotundas, y equivocadas, palabras, en 1895, Wilhelm Röntgen descubría los rayos X y el año siguiente Henri Becquerel la radiactividad, que nadie sabía cómo encajar en el aparentemente tan firme, sólido y cerrado edificio de la física conocida, a la que ahora denominamos «física clásica». De hecho, el propio Michelson debía haber sido más agudo, ya que fue él mismo quien, en experimentos que realizó en 1887, sentó las bases de la revolución relativista llevada a cabo por Albert Einstein, que, como ya sabemos, mostró los límites de la ciencia newtoniana (me estoy refiriendo a sus célebres experimentos con un interferómetro buscando demostrar, a través de su efecto en las ondas luminosas, la existencia de un éter espacial).
En cualquier caso, a pesar de los evidentes riesgos, nunca está de más intentar prever algunas de las líneas directrices por las que acaso transitará el futuro; al fin y al cabo nos va -especialmente a nuestros descendientes- mucho en ello. En los artículos que siguen, cuatro distinguidos especialistas presentan sus, sin duda, informadas y perspicaces visiones sobre unos dominios científicos -y temas de nuestro tiempo- que, aunque «cargados de presente» también lo están, al menos así lo creo, «de futuro». En primer lugar, la física de lo ultraminúsculo, de las denominadas -aunque sea un término problemático- «partículas elementales », un dominio que no dejó de crecer y de mostrarnos nuevas ventanas a la estructura de la materia a lo largo de todo el siglo XX . ¿Continuará aportándonos nuevas sorpresas? ¿Cuáles son los principales problemas que tiene planteados? Y de lo pequeño a lo mayúsculo; esto es, al universo, y dentro de él a una cuestión ante la que pocos pueden permanecer indiferentes: ¿cómo nos puede ayudar estudiar el universo en la tarea, casi misión, de conocer nuestros orígenes, el origen de la vida? Yo pienso a menudo que somos unos recién llegados al estudio del universo (recuérdese en este punto que hasta la década de 1920 no quedó claro que nuestra galaxia, la Vía Láctea, no «agota» todo el universo, y que existen muchas otras -en un número difícil de imaginar por lo gigantesco- agrupaciones astronómicas fuera de él; asimismo hasta 1929-1920 no se estableció ese resultado ahora tan familiar para todos nosotros: que el universo se encuentra en expansión). Y al darme cuenta de que estamos en la infancia de la investigación del universo, pienso que sería sorprendente que cuando nos dediquemos a estudiarlo con determinación y empleando los recursos que exige -algo que aún no hemos hecho - no encontrásemos grandes sorpresas; de hecho, algunas ya las hemos hallados: cuásares, pulsares o agujeros negros. Además de lo que su estudio nos puede decir acerca del origen de la vida, ¿encontraremos vida en otros lugares del universo? Y si hablamos de vida, hay que penetrar en el en la actualidad inmenso territorio de las ciencias biológicas. De una parcela de él se ocupa este número de Revista de Occidente , el de la bioquímica y los nuevos fármacos, un tema que sin duda nos interesa, como todo aquello que atañe a los medios que la ciencia nos puede suministrar en el futuro en nuestra sempiterna lucha contra las enfermedades.
Finalmente, está la cuestión, el, habría que decir, problema de la energía. Aunque somos conscientes de que la energía es un recurso limitado (al menos en las fuentes que extraemos de la Tierra, no la procedente del Sol), las sociedades desarrolladas lo gastan -lo gastamos- sin más restricción que las económicas, algo, por otra parte, con gravísimas consecuencias para la salud del planeta (otro de los temas de nuestro tiempo). Así que ¿qué pasará en el futuro? ¿Cómo se relacionarán nuestros descendientes con la producción y consumo energéticos?
Son éstos únicamente una pequeña muestra del gran océano de temas científicos que ofrece nuestro tiempo. Una muestra pequeña, pero, sin duda, representativa e importante.