El número de ordenadores, y el número de ellos conectados a Internet, que existen en nuestros hogares, crece exponencialmente. Y ya no son meras máquinas de escribir particularmente inteligentes y limpias, sino que son nuestras enciclopedias en las que buscamos todo tipo de información , nuestro servicio postal de correos, el «agente» que nos compra entradas para el cine, nos hace el pedido de la compra o nos informa de la predicción del tiempo, en el lugar que sea de la Tierra. Más que una comodidad, se va imponiendo como una necesidad. Para viajar, por ejemplo. La IATA (Asociación Internacional de Transporte Aéreo) ha anunciado hace poco que a partir de junio de 2008 no se emitirá ningún billete de papel para la aviación comercial. En realidad, el movimiento en tal dirección ya estaba en marcha, pero ha adquirido en los últimos tiempos un impulso imparable; cada vez compramos más billetes de avión directamente desde nuestros ordenadores. Beneficiarios directos de esta decisión serán los árboles (se salvarán de la tala, para preparar la pulpa del papel, unos 50.000 cada año), y las propias compañías aéreas, que hasta ahora dedicaban un 20 por ciento de sus gastos de explotación a los llamados costes de distribución (las comisiones que abonan a las agencias de viajes y el sistema informático de reserva), sin entrar a valorar que al introducir su sistema de reservas en Internet dan salida más fácilmente a las plazas no vendidas. Ganarán unos 2.000 millones de euros anuales más.
Según algunos analistas, pronto estaremos rodeados de minúsculos microprocesadores que detectarán nuestra presencia (sensores de rayos infrarrojos nos identificarán por el calor que despedimos), se anticiparán a nuestros deseos -que conocerán tras una cierta «educación»- e incluso interpretarán nuestras emociones. Cuartos de aseo inteligentes supervisarán nuestra salud, realizando, por ejemplo, análisis químicos de orina o tomándonos el pulso simplemente cuando nos sentamos en el asiento del retrete. Otros, en relojes de pulsera o pendientes -con más capacidad de almacenar y manipular información que el mayor de los ordenadores-computadoras de hace unos pocos años- también nos servirán bien, como médicos o guías absolutamente personales. Y todos estos microprocesadores estarán conectados a Internet, para lo que sea menester, desde llamar al técnico para que arregle nuestro sistema (de células fotovoltaicas) de calefacción o de refrigeración, hasta informar al centro médico sobre nuestros problemas de salud.
Vivimos, en resumen, rodeados de artilugios electrónicos que amplían radicalmente nuestras posibilidades (de presente y de futuro). Provistos de un pequeño ordenador portátil podemos acceder a todo tipo de informaciones. Nos inunda la información y las posibilidades que ésta permite, hasta el punto de que no son pocos los que naufragan y terminan ahogándose en ese inmenso océano que a base de dar mucho ( información ) puede quitar no menos, en particular algo tan valioso como la capacidad creativa, esa sutil y elusiva característica que normalmente requiere de la solitaria reflexión.
Un mundo biomédico nuevo
Y si nuestro mundo es el de la Sociedad del Conocimiento y de la Información, también lo es, crecientemente, de las Ciencias Biomédicas.
Nos encontramos, efectivamente, y cada vez de una forma más intensa, inmersos en una revolución tecnocientífica, la de la biomedicina, que no sólo promete sino que ya ofrece todo tipo de posibilidades en lo relativo a la vida (animal al igual que vegetal), incluyendo aquello que nos es más próximo y querido: nuestros cuerpos y procesos de reproducción. Precisamente por tal cercanía, esta transformación científica conmueve nuestro mundo más profundamente que las últimas dos grandes revoluciones científicas, la relativista y la cuántica, cuyas consecuencias carecían de la proximidad que da la vida.
Producto del desarrollo que experimentaron a lo largo del siglo XX disciplinas como la bioquímica, la genética y la biología molecular, el universo de posibilidades que abre es inmenso, llegando incluso a vislumbrase en el horizonte el que podamos guiar, conscientemente, nuestra propia evolución, hasta ahora el fruto, no dirigido, de lentas transformaciones.
Las incertidumbres que generan estos conocimientos pueden llegar a límites que uno casi está tentado de denominar absurdos. Hace no mucho leí un escrito de James Watson, el célebre codescubridor de la estructura del ADN, que me produjo una gran impresión. Analizando, en una conferencia que pronunció en Milán en 1994, los mundos éticos que abre la investigación actual sobre el código genético, Watson manifestaba: «Incluso en el caso de que existan leyes y normativas satisfactorias, todavía habrá muchos dilemas que no podrán tratarse fácilmente con estos medios. Por ejemplo, ¿qué responsabilidad tiene una persona de conocer su constitución genética antes de decidirse a procrear un hijo? En el futuro, ¿se nos considerará moralmente negligentes cuando, a sabiendas, permitamos el nacimiento de niños con defectos genéticos graves? Y las víctimas de tales enfermedades, ¿tendrían posteriormente base legal contra sus padres, que no habrían emprendido ninguna acción para evitar que llegaran al mundo con pocas oportunidades de vivir una vida sin dolor y sin sufrimiento emocional?».
Sabemos demasiado bien que no es ésta una posibilidad impensable. El suelo, en definitiva, tiembla bajo nuestros pies, y cual presagio de terremoto no sabemos qué consecuencias tendrá para nosotros la próxima sacudida, que prevemos inminente. ¿Cómo en semejante situación, rodeados de provisionalidad, podemos desarrollar algún sentido de pertenencia? ¿Qué podemos dejar a nuestros hijos? ¿Alguna escala de valores, más o menos segura, una «Visión del Mundo» que les ayude a orientarse en el camino de sus vidas? ¿Pero cómo les vamos a dejar eso, si todo cambia continua, rápida, frenéticamente, si lo que ayer era de una forma hoy puede ser de otras muy diferentes, ante las cuales debemos elegir? Precisamente por la importancia de tales preguntas y la urgencia de encontrar respuestas para ellas, si no queremos quedarnos a espaldas de nuestro propio destino, es necesario, como decía Ortega, «orientarse en los caracteres generales de la ciencia que hoy se hace».
Ciencia y futuro
El futuro, como vemos, más que presumiblemente estará muy condicionado por la ciencia, por los instrumentos que ésta ponga en nuestras manos. Es, en consecuencia, natural hacerse preguntas del tipo de ¿continuará suministrándonos la ciencia tantas novedades como lo ha hecho en el pasado y especialmente en los dos últimos siglos? Y, ¿cuáles serán las ciencias que más sorpresas nos aportarán en el futuro?
Sabemos, no obstante, que es muy arriesgado intentar convertirse en profeta del tiempo que ha de venir. Recordemos en este sentido el ejemplo del más que notable físico estadounidense Albert Abraham Michelson (1852-1931), Premio Nobel de Física en 1907 (fue el primer estadounidense en recibirlo), quien en 1894 pronunció las siguientes palabras:
Parece probable que la mayoría de los grandes principios básicos hayan sido ya firmemente establecidos y que haya que buscar los futuros avances sobre todo aplicando de manera rigurosa estos principios... Las futuras verdades de las Ciencia Física se deberán buscar en la sexta cifra de los decimales.