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Revista de Occidente 319 Revista de Occidente

La ciencia, tema de nuestro tiempo

por José Manuel Sánchez Ron
Revista de Occidente nº 319, Diciembre 2007

Número de páginas: 3
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Mostrando una vez más tanto su perspicacia como la buena información de que disponía, en 1923 José Ortega y Gasset escribió en El tema de nuestro tiempo : «Nuestra generación, si no quiere quedar a espaldas de su propio destino, tiene que orientarse en los caracteres generales de la ciencia que hoy se hace, en vez de fijarse en la política del presente, que es toda ella anacrónica y mera resonancia de una sensibilidad fenecida. De lo que hoy se empieza a pensar depende lo que mañana se vivirá en las plazuelas ». Pues bien, si entonces era cierto lo que decía el agudo filósofo español, mucho más lo es hoy, cuando la ciencia, además de haber continuado desarrollándose, es, más de lo que era en los (para algunos) «felices» años 20, asunto de Estado... y de negocios, de muchos y muy rentables negocios.
Desde hace ya tiempo es, en efecto, prácticamente imposible vivir -salvo en los mundos de la pobreza y la marginación- sin relacionarse constantemente con productos de la civilización científico-tecnológica. Hablar de ciencia es referirse a algo más que a síntesis o elucubraciones teóricas que se comprueban en lugares o situaciones remotas y prácticamente inobservables. Hoy la ciencia penetra la sociedad por prácticamente todos sus poros. Así, se dice que la nuestra es una «Sociedad del Conocimiento», denominación con la que se pretende transmitir la idea de que es el conocimiento que suministra la investigación científica, la ciencia, el responsable de la mayor parte de los cambios que han hecho que el mundo presente sea en numerosos y muy obvios apartados sustancialmente diferente del de hace sólo sesenta años.
La Sociedad de la Información
¿Por qué sesenta años? Al fin y al cabo dos de los pilares en los que se sustenta nuestro mundo, la ciencia y la técnica que surgió de las revoluciones relativista (Einstein) y cuántica (Heisenberg, Bohr), datan del primer cuarto del siglo XX . Es verdad que la relatividad einsteiniana y la física cuántica modificaron radicalmente nuestra visión de la naturaleza, pero hubo que esperar a que sus semillas dieran frutos que hicieran algo más, que produjeran técnicas, artefactos o ideas que cambiaran no sólo nuestra visión del mundo sino a éste mismo, a las sociedades que habitan en él. Y un momento decisivo en este sentido, del que brotaría la Sociedad de la Información (otro de los rótulos claves de nuestro tiempo), tuvo lugar en 1947, cuando John Bardeen, Walter Brattain y William Shockley descubrieron el transistor mientras trabajaban en los Laboratorios Bell. Con él sí que la ciencia terminó llegando a la calle y a los hogares.
Con los transistores es posible regular y amplificar una corriente que pase a través de él, consumiendo muy poca energía. Sustituyeron a las válvulas termoiónicas, que necesitaban un cierto tiempo para calentarse y entrar en acción, eran más grandes, consumían más energía y se estropeaban con frecuencia. Como casi siempre sucede en las novedades científico-tecnológicas, el transistor primitivo terminó dejando su lugar a descendientes mejores. De especial importancia fue cuando, a comienzos de la década de 1960, se mejoraron las técnicas con las que se crecían materiales en forma de finas láminas de silicio, con lo que se pudieron fabricar los denominados chips , con los que los transistores dejaron de ser componentes específicos que había que conectar a un circuito, produciéndose en su lugar circuitos integrados en los que sus diversos componentes podían fabricarse sobre una misma oblea de material semiconductor.
Las posibilidades que abrió el transistor y materiales semiconductores como el silicio y el germanio se hicieron pronto evidentes. Para compañías emprendedoras, por supuesto, pero también para científicos, que, inmersos en un mundo en el que el dinero y los negocios representaban un valor no sólo material sino cultural también, se decidieron -algunos al menos- a traspasar las fronteras de la academia de una manera mucho más radical que cuando antes habían aceptado trabajar para laboratorios industriales (como los citados Laboratorios Bell): esto es, convirtiéndose ellos mismos en empresarios. Tal fue el origen del célebre Silicon Valley (Valle del Silicio), situado el sudeste de San Francisco, en cuya constitución desempeñaron papeles centrales Frederick Terman, catedrático y director de la Escuela de Ingeniería de la cercana Universidad de Stanford, y William Shockley, que abandonó los Laboratorios Bell buscando horizontes más lucrativos: en 1955 fundó, en lo que entonces era simplemente los alrededores de la bahía de San Francisco, su propia compañía, el «Shockley Semiconductor Laboratory ». Como es bien sabido, el crecimiento, durante las décadas de 1960 y 1970, de Silicon Valley fue extraordinario, pero no es explorar ese crecimiento lo que me interesa aquí, sino resaltar el papel simbólico y ejemplificador que desempeñó en la configuración de una «nueva alianza» entre ciencia e industria. Una alianza que creó y a su vez se vio reforzada por lo que denominamos «mundo digital», del que forman parte «estructuras» y medios tan importantes y penetrantes como Internet.
Hasta la llegada de los transistores y circuitos integrados, las máquinas de calcular utilizadas eran gigantescos amasijos de componentes electrónicos. Durante la Segunda Guerra Mundial se construyó uno de los primeros, el Electronic Numerical Integrator and Computer , Computador Integrador Numérico Electrónico, también conocido por sus siglas inglesas, ENIAC. Tenía 17.000 tubos electrónicos, unidos por miles de cables, pesaba 30 toneladas y consumía 174 kilowatios. Podemos considerarlo el paradigma de la primera generación de computadores. Con los transistores llegó, en la década de 1950, la segunda generación, ejemplificada por el RIDAC (de Transistorized Digital Computer ), construido en 1954 por los Laboratorios Bell para la Fuerza Aérea estadounidense; utilizaba 700 transistores y podía competir en velocidad con ENIAC.
El primer ordenador personal (PC) fue construido en el Centro Xeroc de Investigación de Palo Alto, situado en el célebre Silicon Valley (Valle del Silicio) en 1972, aunque no atrajo realmente la atención del gran público hasta finales de la década de 1980. Pero entonces comenzó una carrera que todavía no ha terminado. Cada vez cada menos tiempo, aparecieron ordenadores personales más y más potentes, más y más pequeños. Las actuales tarjetas de felicitación musicales, por ejemplo, que contienen chips desechables, tienen ya más potencia informática que los ordenadores que existían antes de 1950.
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