El viaje hacia el corazón de lo desconocido, cuando hecho desde el otro lado, ofrece un extraño aspecto. No acaba encontrando un ser arcano, sino un pariente; no obtiene como premio un pasado perdido sino nuevos instrumentos. Acaba bien, como acababa mal la vuelta a casa que iniciaba el artículo. Y ese final feliz tiene algo de perturbador, porque supone que el viajero que ha partido en busca de las tinieblas puede encontrarlas vacías: sus habitantes se han ido no hace mucho río abajo, y miran extasiados los anaqueles de un almacén atestados de objetos brillantes de hojalata. No debería reírse de ellos, porque es difícil saber qué significan allí los metales. Los comerciantes y los misioneros -codo a codo, los viajeros más constantes de la selva- nunca supieron diferenciarse bien. Unos y otros llevaban en la barca su dios y sus chatarras, para ganar dinero o para comprar el alma de los salvajes. Pero los salvajes no distinguían necesariamente entre dios y las chatarras; quizás ellos, en el fondo, tampoco.
La Amazonía se complace en decepcionar a sus viajeros. El Dorado siempre está en otra parte; el caucho o el oro se rodean de miseria, la selva se vuelve monótona o desaparece, sustituida por ciudades áridas. Pero al menos ofrece a sus visitantes algo que puede coronar su viaje: un modo diferente de contarlo. A la ida larga y el largo retorno de nuestros viajeros míticos -Ulises,
Marlow, el protagonista sin nombre de Carpentier-, donde Itaca y las tinieblas son sólidas y contrarias, ella opone cosas como la identidad o la disimetría de ambos trayectos, la circularidad del mundo, o esa sospecha de que el periplo más audaz pueda no ser más que un revuelo frenético en torno de la luz del hogar.
A fin de cuentas, el viajero que se arriesga a ir hasta el fin no se decepcionará si, junto con el necesario coraje, ha hecho suficiente acopio de sentido del humor.