En 1950, Claude Lévi-Strauss comenzaba con esa boutade su libro de viajes, Tristes trópicos . Evocaba con disgusto las sesiones de los tartarines que, en los locales de alguna sociedad geográfica parisina, contaban sus anécdotas y exhibían fotos borrosas de selvas y salvajes. Habían vuelto de algún lugar distante cargados con un oro falso: esas imágenes de hombres desnudos. A veces ese oro falso era literalmente falso: ya en el siglo XIX algunos fotógrafos -me lo comentaba Jean Pierre Chaumeil, un etnólogo francés- se habían especializado en vender a los viajeros europeos negativos con imágenes de indios con las que podían ilustrar las crónicas de sus viajes -verdaderos o ficticios, no siempre es fácil saberlo. Pero hay una falsedad más profunda, que confiesa el mismo Lévi-Strauss en las líneas de su epopeya antirimbaudiana. En medio de los salvajes, nos dice, su memoria se recreaba en una melodía de Chopin o un drama romano: no estaba allí cuando estaba allí, el trópico del que habla ha crecido en esa memoria siempre fuera de lugar. La ética del buen viajero siempre comienza con un mandamiento imposible: no llevarse consigo. No llevar los hábitos, los prejuicios; no llevarse la casa a cuestas. Pero ese juego condena a perder -o a perderse- a quien cumple la regla hasta el final, no portando siquiera el recuerdo de su casa, como el hombre perdido de los Yaminawa. Como pez en el agua allí donde va, no será capaz de esa trampa final que le permite volver a su casa y contar su viaje, atesorar todo lo que vio en forma de inauditas diferencias; ese oro falso que sin embargo es de curso legal a la debida distancia.
Los viajeros que afluyen cada año por millares a los lugares más recónditos del planeta no sospechan ninguna semejanza entre su empresa y la de los desposeídos que hacen el trayecto inverso, saliendo de sus pueblos perdidos en busca de esa opulenta plaza pública de las ciudades europeas. Sería difícil sospecharla. Por un lado es el lujo que sale en busca del último lugar donde la electricidad no se conoce, donde se visten túnicas y las simientes se depositan de dos en dos en el agujero abierto por un palo. Por el otro la necesidad y el desasosiego que se embarcan en cayucos o pateras en busca de una vida mucho mejor. Pero hay semejanzas: los desavisados de un lado y otro se decepcionan con frecuencia. Unos se encuentran con que ya no hay sitio para ellos, con que el mercado brilla mucho menos de cerca. Los otros, en la distancia de un desierto atiborrado de curiosos como ellos, descubren que el quinto infierno es menos auténtico de lo que esperaban. O se ha vuelto un lugar prosaico como hay tantos, o los nativos se afanan en darle una poesía a la medida de los visitantes. Los fotógrafos que lanzaron el señuelo se habían dado al trabajo de evitar aquel camión, aquella valla publicitaria, aquel basurero; más o menos como los enganchadores del otro lado han cuidado de esconder la miseria de los suburbios. La literatura de viajes encendió la fantasía de los europeos con rarezas pintorescas. También con probaciones que hoy por hoy corresponden casi en exclusiva a los inmigrantes: naufragios, travesías mortíferas de desiertos, guías infieles, dolencias, hambre, hostilidad de los guardianes de las fronteras. En cada inmigrante desesperado hay un aventurero involuntario, que nunca está allí cuando esta allí.
Turistas e inmigrantes raramente se encuentran en medio del camino, y por ello no tienen muchas ocasiones de descubrir su inverosímil hermandad. Muy bien, admitamos que ese cruce de caminos sea una consecuencia de los desequilibrios económicos globales, esos monstruos tan reales. Pero es difícil encontrar una imagen mejor de ese desequilibrio que un tal trasiego de quimeras complementarias. En la aldea distante, los viajeros pasean en medio de la pobreza: la admiran como un tesoro perdido, la desprecian como una lacra profunda o un problema que resolver. Los lugareños los miran también: los ven inermes, torpes, pero al mismo tiempo poderosos, ricos; están al alcance de la mano, pero la esencia que los mueve se encuentra muy lejos. Algunos acabarán buscándola en una travesía azarosa. A un lado y otro, muchos sacarán de su viaje aquella conclusión sensata de que en ningún lugar del mundo se está como en casa. Quizás hubo una vez un tesoro esperando en el otro extremo del mundo, pero ya se ha acabado.
No exageremos. El mismo Lévi-Strauss, en la obra ya citada, observa que esa sensación de haber llegado demasiado tarde es quizá tan antigua como los viajes. Él mismo tuvo la oportunidad de recoger, al paso vagaroso de los bueyes que lo transportaban por tierras del Mato Grosso, ananás salvajes de carne rojiza que hoy nadie encontrará en aquellos mismos campos, probablemente sembrados de soja. El viaje puede ser al final un triunfo, pero será, como quizá siempre fue, anticlimático: reconstruido con esos raros momentos de gloria desperdigados entre horas perdidas, esperas tediosas, extrarradios baldíos, bordillos sobre calles sucias.
Filosofías del viaje
En su novela Los pasos perdidos , Alejo Carpentier narra el ascenso de un músico aguas arriba del Orinoco hasta las fuentes del río y de la melodía. A medida que se interna en lo desconocido, va encontrando algo cada vez más esencial, una vida que es por definición más antigua, más cabal. Aunque pensada en otras selvas, la novela El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad propone el mismo tipo de trascendencia, de otro modo más sombrío. Hay que ir hasta los orígenes del gran río para saber que nuestros mejores designios se confunden con nuestros peores instintos: el hombre que partió para mejorar a los salvajes se ha convertido en el más oscuro de todos ellos. El tema, un buen finale para la época victoriana, fue lo suficientemente atractivo para que se sumergiesen en él t reme ndistas como el colombiano José Eustasio Rivera ( La vorágine ) o el brasileño Alberto Rangel ( Infierno verde ), que escribían más o menos por las mismas fechas, contando cómo los miserables ambiciosos de los cauchales encontraban en ellos lo mismo que Kurtz y Marlow: el horror. Pero vale la pena notar que aquellos salvajes habitantes de las tinieblas también tenían su versión de esa misma historia. Una vez más me refiero a un relato que oí de los Yaminawa -aquellos salvajes que hace cien años acechaban a los caucheros tras los árboles. En el curso de una larga expedición en busca de piedras para hachas, un hombre se ve abandonado por sus compañeros en un tronco encallado en medio del gran río. Roído por el sol y los insectos, se siente desfallecer cuando surge de las aguas una gran anaconda. Pero ésta, en lugar de devorarlo, le saluda, le pregunta su nombre y apellido, y al oírlos le abraza con emoción: el viajero infeliz, a juzgar por el nombre, es su hermano, y el olor de su cuerpo lo confirma. Arrastrado por la anaconda al fondo de las aguas, se encuentra allí una aldea ideal, donde abundan los bienes manufacturados de los hombres blancos. En lugar de hachas de piedra tendrá desde entonces instrumentos de metal, brillantes y ligeros.