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Revista de Occidente 314-315 Revista de Occidente

Topología de los viajes amazónicos

por Óscar Calavia Sáez
Revista de Occidente nº 314-315, Julio / Agosto 2007

Número de páginas: 5
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En esa repetición hay tal vez algo más que una toponimia improvisada sobre un vasto territorio dominado por dos lenguas muy parecidas. De la Amazonía nunca se ha hecho un mapa semejante a aquellos planisferios medievales que, a cambio de la veracidad imposible, daban por lo menos un sentido global al espacio, un gradiente que iba desde lo civil y conocido, a través de zonas peligrosas y confusas, hasta los márgenes vacíos que se poblaban de hiperbóreos o de hombres con los ojos en el pecho. Un planisferio imaginario de la Amazonía, esbozado a partir de sus mitos, sería más bien un laberinto fractal: un cajón lleno de cajones llenos de cajones en los que se guarda poco más o menos la misma cosa. En toda la Amazonía y en cada fragmento de ella hay un río abajo, por donde se llega a la ciudad, y un río arriba que conduce al desierto de los bárbaros. En toda la Amazonía y en cada fragmento de ella hay un río negro, un río blanco, un río rojo. En los riachuelos más apartados se cuentan las mismas consejas sobre la época del caucho que se pueden oír en Manaos: a todas partes llegó un barco con la sentina llena de obreros encadenados, a todas partes fue Caruso a cantar una ópera. El fin del mundo está en cada rincón, y en cada rincón se encontrará un viajero que nos contará su visita al otro extremo del planeta, pero nunca acabaremos de saber si ese otro extremo se encuentra en otro continente o a pocos kilómetros de distancia.
Durante por lo menos cien años, los conquistadores que recorrían el Amazonas, bajándolo o subiéndolo, persiguiendo a los nativos o huyendo de ellos, se comportaron un poco como los Yaminawa: a todos los arrastraba una sospechosa necesidad. Orellana surcó el río porque, partiendo en pos de víveres para la expedición de Gonzalo Pizarro, se había visto imposibilitado de remontar la fuerte corriente. Lope de Aguirre, con los suyos, huía hacia adelante. Los franciscanos Domingo de Brieva y Andrés de Toledo, ya a mediados del XVII, abandonando unas misiones fracasadas en el actual Ecuador, se fueron navegando río abajo en lugar de volver sobre sus pasos hacia Quito, no se sabe con qué propósito. Al verlos llegar a Belén del Pará en una barca frágil, Pedro Teixeira decidió remontar el Amazonas por primera vez, y subió hasta Quito, portugués al fin, intrigado por la posibilidad de llegar con poco esfuerzo hasta las minas de metal precioso de los castellanos. En el camino, da con otros conquistadores: los Tupinambá, que habían llegado allí hacía pocos años, desde la costa de Pernambuco, cansados de ser salvos por los cristianos.
Los indios que hablan con Orellana y sus sucesores -es difícil muchas veces saber en qué tipo de lengua- tienen en común algo extraño: sólo hablan de viajes. Nunca hablan de su rincón: cuentan lo que han visto mucho más allá, describen reinos distantes que han visitado, maravillas que se encuentran lejos. Siempre se ha supuesto que querían de ese modo librarse de sus molestos huéspedes; o que, inmersos en un diálogo de sordos, esos huéspedes oían simplemente lo que querían oír. Pero quizás esas astucias de tendero o ese diálogo de sordos no hagan justicia a aquellos indios.
Ellos podían tener, tanto como los europeos, el deseo de saber, de imaginar o incluso de mentir respecto del mundo. Nada nos permite pensar que fuesen, en suma, menos viajeros. Los Tupinambá de Pedro Teixeira están instalados en la isla de Tupinambaranas, en el curso medio del Amazonas. Se entienden bien con los blancos, en tupí y en portugués, y no parecen ansiosos por desembarazarse de sus visitantes. El modo en que describen ese país que por entonces dominan -con sus tribus de enanos, de amazonas o de fabricantes de hachas de piedra que tienen los pies al contrario- está más cerca de las hipótesis plínicas de sus interlocutores blancos que de esa mitología actual de los nativos de la Amazonía profunda, con sus viajes circulares donde una humanidad común se revela bajo las apariencias. Tal vez porque éstos habitan una selva muy diferente, tal vez porque la Edad Media también ha quedado muy lejos para ellos.
El río circular
Cuentan algunos mitos amazónicos que al inicio de los tiempos un demiurgo malintencionado convirtió los ríos en flujos de dirección única. Antes, los ríos corrían en las dos direcciones, simultánea o alternadamente, y bastaba abandonarse a la corriente, en el momento o el lado adecuados, para llegar lejos. Ese prodigio feliz de los orígenes no es tan inimaginable como parece. En el curso bajo del Amazonas, aún a muchos kilómetros de su boca, el flujo y el reflujo de las aguas se alterna al ritmo de la marea, y basta tener el suficiente tino para remar siempre a favor de la corriente. Basta también un poco de maldad humana para superar la del demiurgo, como en el caso de aquel hacendado que, según las leyendas, hacía remar a sus esclavos siempre contra corriente.
Por esos motivos, y por muchos otros, el Amazonas -con sus centenas de afluentes y subafluentes- es el río menos lineal del mundo. Perdido en una planicie que él mismo ha formado en su mayor parte, la corriente lo determina menos que a cualquier otro. En algunos de sus tributarios, los meandros se suceden interminablemente, dando inmensas vueltas para llegar casi al mismo punto. En plena crecida su curso deja de ser claro, y a simple vista puede ser tan ancho como largo. Un río circular, o un laberinto simétrico. Los indios de Aparia decían a Orellana que río abajo, muy lejos, podía encontrarse un país montañoso y frío, rico en rebaños de carneros y en viviendas y palacios de piedra: el país de las amazonas, un doble oriental del imperio de los Incas que se encontraba río arriba, más allá de las fuentes. Algunas décadas más tarde, otro conquistador, Juan Álvarez Maldonado, que recorría el río Madre de Dios procedente del Perú, oyó algo muy parecido: aguas abajo, siempre abajo, se llegaba al reino de Partite, también ornado con enormes castillos incaicos. El río llevaba siempre a un mundo diferente, cuya diferencia, sin embargo, repetía la que se podría encontrar yendo hacia el otro lado. Los Chimane de la selva boliviana contaban a la etnóloga Isabelle Daillant, hace unos diez años, que los cataclismos que una que otra vez afectan el mundo mudan al este lo que estaba al oeste, y viceversa, y que al este hay tierras donde los Incas han establecido su reino, tocan sus flautas y sus tambores y han exterminado a los jaguares: no los hay en el Cuzco, no los hay, evidentemente, en París. Los extremos del mundo, por un motivo u otro, equivalen.
«Odio los viajes y los viajeros»
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