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Revista de Occidente 314-315 Revista de Occidente

Topología de los viajes amazónicos

por Óscar Calavia Sáez
Revista de Occidente nº 314-315, Julio / Agosto 2007

Número de páginas: 5
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Quizá desencantados no sea la palabra. Los Yaminawa viajan también en el mundo real, no sólo en sus relatos míticos. Lo hacen con los pretextos más variados, necesarios tal vez porque saben que tendrán que dar alguna buena razón a los hombres blancos a quienes pidan ayuda por el camino (y que siempre les preguntarán si no estarían mejor en su aldea). Así, van a la ciudad a recoger el dinero de una jubilación de un viejo de la familia, o el sueldo de un profesor de la escuela indígena; o acompañan a un joven que va a estudiar en la ciudad, o a un pariente que va a ser internado en un hospital para una operación; o a un jefe que va a negociar con las autoridades brasileñas. Así, un buen día, reúnen en un hatillo unas ropas, cargan una o dos canoas con racimos de plátanos recién cogidos, yucas recién arrancadas, redes de pesca, una escopeta, y parten río abajo; hombres, mujeres, niños, ancianos, siempre demasiada gente para los fines pretendidos. Otras veces son uno, dos o tres jóvenes que salen a pie, vadeando el río, caminando por las aguas rasas plagadas de rayas o atajando por en medio de la selva. Sea como sea, se viaja sin prisa. En cualquiera de las decenas de playas del río hay restos de un vivac que puede remozarse para pasar una noche; se para algunas horas para pescar o cazar, se sigue más tarde -quizá sólo unas centenas de metros- o se espera hasta el día siguiente. Cada encuentro con alguien que sube el río es motivo para parar a conversar, y lo mismo se puede decir de cada uno de los caseríos de indios, seringueiros o ganaderos que se insinúan sobre los barrancos del río: se para, se conversa, se amarra la hamaca en el atrio de la cabaña, se hace noche. Cuando por fin se llega a la ciudad, es normal que los víveres estén prestos a acabarse. Allí empieza la vida difícil, donde todo debe pagarse con dinero. Hay que pedir a los dueños de restaurantes alguna sobra, algún dinero a los funcionarios del gobierno, a los camioneros que les dejen montar en la cartola. Es difícil que alguien invite a comer, pero bastante fácil que alguien invite a beber; se bebe mucho en los viajes; el alcohol abunda en la ciudad -ese alcohol de quemar, que en las baldas de los supermercados se codea con el falso whisky, y sirve para lo mismo que él. Todos, indios y blancos, saben que el alcohol de noventa y siete grados es una bebida más eficaz que cualquier aguardiente. Cuanto más se avanza en dirección a la ciudad -cuanto mayor es la ciudad a la que se llega- más duras se hacen las carencias. Se mendiga en los bordillos de las aceras, se buscan trabajos eventuales, y las mujeres merodean entre las basuras infectas que rodean el mercado municipal, disputando los restos de comida con el urubú, el pequeño buitre local; o se prostituyen. Una u otra persona se desgaja del grupo, se queda con un pariente o un blanco conocido, o sigue camino hacia algún destino aún más lejano, o hacia otra aldea en la selva donde conoce a alguien. Antes o después, los viajeros se cansan y deciden volver, o la autoridad competente se irrita con el espectáculo de los indios mendigos y los repatria hacia su reserva, después de leer en los periódicos críticas de ciudadanos hostiles o solidarios. A estas alturas, todos ya saben que los Yaminawa son un problema. Se les sermonea, se les recrimina que salgan de su aldea, donde tienen tierra, huertos, caza y pesca y vayan a la ciudad a exponerse a infecciones, hambre, frío, agresiones. Ellos lo aceptan de buen grado y afirman que el lugar de un indio está en su aldea; o, dependiendo del tono de la recriminación o del pie que se les da, se refieren a problemas políticos que los han expulsado de allí. Los Yaminawa, en suma, son un problema porque hacen lo que todo el mundo hace: viajan, van de un lugar a otro sin motivos aparentes. Como no tienen ese dinero que sirve a los turistas para acallar preguntas, llevan consigo todos esos motivos ya dichos, pero a quien les ofrece una cierta confianza, confiesan que lo que realmente les mueve son las ganas de ver mundo. Hablan de la soledad de la aldea, y de la belleza de esas calles de la ciudad repletas de gente, ese maremágnum de rostros y objetos que recuerda las visiones concedidas por la ayahuasca, la planta sagrada. No son palurdos deslumbrados; hace tiempo que conocen como nadie el arroyo, y esa interminable contemplación de calles que cualquier viajero europeo miraría con desánimo no es concebible sin una estética peculiar.
El paraíso incomprensible
Siempre se podrá decir que la Amazonía ha creado sus viajeros a su imagen y semejanza. La diversidad se disuelve en su misma magnitud. Los botánicos que en otras regiones consiguen distinguir especies a simple vista con una cierta aproximación, aquí se pierden porque la multiplicación de la variedad la ha saturado de formas intermediarias. Sabemos que la Amazonía es un enorme abanico de biomas diferentes, pero la selva, con el mismo arte de los arquitectos de laberintos, ha acortado los horizontes y ha convertido el espacio, sea cual sea su diversidad, en una repetición interminable del mismo paisaje. Uno tras otro, los viajeros que lo recorren describen impresiones muy diferentes de las que les produce, por ejemplo, la selva (casi ya desaparecida) de la costa brasileña. Después de un primer momento de exultación ante la apoteosis vegetal, la atención se diluye ante el desfile constante de una selva en la que ya nada se ve. Son raros -más raros cuanto más distantes del piedemonte andino o de los macizos de las Guayanas- los hitos que sirven para dar un ritmo al viaje por la aproximación de un punto en el horizonte. La naturaleza es inconstante, y su misma continua mudanza se hace monótona: las curvas de los ríos cambian de lugar, los islotes desaparecen y resurgen más allá, es prácticamente imposible bañarse dos veces en el mismo lago.
Los mapas amazónicos son una especie peculiar de su género. Sus ejemplos más fiables son fotografías aéreas sembradas de indicaciones ralas de villas, carreteras y límites. Es difícil conseguirlos en una escala significativa, sobre todo para las regiones de frontera, pues las naciones que se reparten la región se miran con desconfianza. Algunos son hazañas de la voluntad geográfica, más que de la cartografía. Señalan ciudades y carreteras que no existen, que a lo sumo quizás existieron en algún momento de bonanza financiera. Las carreteras señaladas en el papel son casi siempre hipérboles. Allí se encuentran una y otra vez, reducidos a unas docenas de chozas, lugares famosos como París, Londres, Venecia, Florencia, Iberia, junto a utopónimos eufóricos o disfóricos: Paraíso, Infierno, Castillo de los Sueños, Triunfo, Nueva California; y la repetición hasta la náusea de las mismas descripciones: Rio Blanco, Rio Negro, Rio Vermelho.
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