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Revista de Occidente 314-315 Revista de Occidente

Topología de los viajes amazónicos

por Óscar Calavia Sáez
Revista de Occidente nº 314-315, Julio / Agosto 2007

Número de páginas: 5
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Érase un viajero perdido en la ciudad, en su ciudad. Volvía de la guerra. Una guerra que, como siempre, había sido menos gloriosa de lo esperado. Humillado, vencido, dado por muerto, y además perdido. Todas las calles, todas las casas eran como la suya, pero ninguna era la suya. Ningún rostro le era totalmente extraño, pero no reconocía a nadie. Todos debían ser sus vecinos, pues todos sabían indicarle el camino de su casa: dos manzanas más allá, al final de la calle, allí a la vuelta de la esquina. Pero siempre en vano: era un hombre que no podía volver. Al fin, después de mucho tiempo de vagar, de ser un huésped clandestino en una casa, bien acogido pero inoportuno en otra, después de ser el amante de una noche de una mujer, de ayudar a otra, también sola, a dar a luz, después de ser adoptado por el matón del barrio -un matón decadente, enfermo y con dos mujeres borrachas que no sabían cocinar -, llegó por fin a su propio hogar sin saberlo, sólo para caer en la trampa de un asesino, un maníaco que guardaba carne humana en la nevera. Pero era su casa, y la esposa del monstruo era la suya: inconstante, pero no totalmente infiel, pues le ayudó a libertarse y le acompañó en la huida. La alegría duró poco: después de haber sobrevivido a la guerra y al laberinto, el hombre perdido murió en casa de un amigo, envenenado por un inocente pan.
Esta pesadilla del hombre perdido es un mito de los Yaminawa, que habitan en la Alta Amazonía, en regiones fronterizas entre Brasil y Perú. En su versión original, algunos detalles difieren: la ciudad es una selva, las calles son senderos, los vecinos son animales (venados, pecaríes, anacondas, jaguares) aunque hablan y se comportan como humanos; el pan fatal, un pedazo de mandioca. Los cambios no se han hecho por el capricho de elidir el exotismo del cuento: son necesarios para traducirlo en profundidad. Sin ellos no nos daríamos cuenta de que la narración original es también, en sí, una negación del exotismo. El hombre perdido, un avatar selvático y torpe de Ulises, es también el contrario de Ulises: en lugar de recorrer un mundo hostil poblado de monstruos a veces con faz humana, él se encuentra con animales que en la quietud de la noche le revelan su humanidad. Presas o predadores que, sorprendentemente amistosos, no huyen de él ni lo hacen huir, porque hablan, y muestran que son a su modo gentes como él: viven como él, nacen y aman como él, aplican las mismas reglas de hospitalidad. La moraleja del cuento es que lo ajeno es perturbadoramente igual, o que nada es ajeno cuando descubrimos que es humano. Por eso, si a la ciudad, cuando nos resulta extraña, la llamamos selva, es justo que a la selva, cuando se revela tan familiar, la llamemos ciudad. A Ulises, empeñado en volver a Ítaca, se lo impiden extraños designios divinos que lo condenan a errar siempre demasiado lejos de su isla. El héroe de los Yaminawa, indeciso e indiscreto, da vueltas sin fin, siempre en torno de su propio hogar, sin saber que es precisamente allí donde acecha el monstruo. Más que un antihéroe, es un anti-aventurero.
Los salvajes viajan
En cierto sentido, todos los mitos Yaminawa son relatos de viajes. El narrador no cuenta períodos y edades, sino distancias. Virtualmente nada ocurre sino en el camino.
Pero son viajes siempre paradójicos, casi todos empeñados en mostrar la banalidad de la distancia. En uno de los más extraños los protagonistas, se nos dice, veían en el horizonte tres muchachas que cantaban. Se las veía nítidamente, como si estuviesen al alcance de los dedos, pero todos sabían que estaban muy lejos -como las figuras de la televisión, explica el narrador. Dos jóvenes hermanos consiguen, por fin, lo que a tantos había sido imposible: llegar allí, después de un viaje interminable, y conocer algo muy parecido al paraíso. La vuelta será tan rápida como lenta había sido la ida, pero los viajeros traerán de aquella distancia el dolor y la mortalidad. Cuando comparamos ese relato con otros cuentos amazónicos que se le parecen, el acertijo se revela. Esa aldea inalcanzable es el cielo: es la transparencia del aire la que disfraza la lejanía, la diferencia entre la ida y la vuelta es la que hay entre el ascenso y la caída, entre la inmortalidad de los seres celestes y la finitud de los vivientes. Pero se trata de un cielo abatido sobre la tierra, donde la altura se ha transformado en longitud; el tránsito hacia otras regiones del cosmos se ha convertido en una peregrinación terrestre. Los Yaminawa también traducen en forma de viaje las experiencias trascendentes.
Durante mucho tiempo nos habituamos a pensar que los salvajes de los últimos confines de la tierra -la Amazonía es uno de ellos, quizás el último- no viajaban. ¿Por qué lo harían, si habitan en el fin del mundo, en la última estación del trayecto? Para que viajar tenga algún sentido -y queremos que lo tenga- alguien debe permanecer inmóvil, alguien tiene que esperarnos en el umbral de su choza para decirnos que más allá no hay nada. Debe haber alguien que ignore que hay algo más allá, que piense que la humanidad se acaba en los linderos próximos, para que el viaje no se limite a un vaivén febril. Pero ya sabemos, o deberíamos saber, que no es así. Los salvajes eran, también, grandes viajeros. Siempre lo fueron: alguna vez llegaron allí, dicen todas las teorías sobre la población de América, llegados de muy lejos. No hace tanto tiempo, en la Alta Amazonía, las expediciones de los comerciantes indígenas que traficaban con sal, venenos de caza o piedras para hachas llegaban a recorrer cientos de kilómetros en canoas a remo, y esas estaciones del trueque, que podían durar meses, eran incluso la ocasión de una tregua entre las tribus. Los Matsigenka, socios tradicionales de tales empresas, cuentan también una historia (la recoge France-Marie Casevitz) en que dos viajeros se van encontrando con otras naciones humanas; pero la diferencia entre ellas se reduce a una diferencia en la relación entre palabras y cosas. Encuentran por ejemplo un pueblo que come serpientes. Heródoto nos haría un guiño de asombro y los bautizaría como saurófagos; pero los Matsigenka explican con una especie de desdén que no hay en ello nada de excepcional: los supuestos saurófagos llaman peces a las serpientes, las ven como peces, y como peces las comen. El mundo, incluso cuando es diverso de hecho, es reiterativo de derecho; se puede sospechar que allá donde vayamos nos encontraremos con lo mismo. Quién lo diría: los salvajes quizás no estén ayunos de viajes, sino al cabo de ellos, quizá no sean autóctonos quietos sino peregrinos desencantados.
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