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Revista de Occidente 310 Revista de Occidente

El escritor como testigo sospechoso. Peter Handke y su denuncia de la guerra mediática

por Cecilia Dreymüller
Revista de Occidente nº 310, Marzo 2007

Número de páginas: 3
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Esto ocurre también con Apéndice de verano para un viaje de invierno , un texto que sirve a los detractores de Handke la crítica negativa en bandeja de plata, al reconocer el autor las consecuencias perjudiciales de sus buenas intenciones: con la publicación de Viaje de invierno..., los interlocutores de su visita anterior, cuyas identidades reveló, quedaron peligrosamente expuestos por las opiniones expresadas. No obstante, el apéndice al primer viaje serbio aporta una nueva ristra de observaciones significativas para aclarar las causas y la índole del conflicto, aparte de que ofrece una visión diferenciada de los nefastos corolarios de la guerra. Handke dirige la mirada del lector a las ruinas quemadas de un pueblo saqueado; a las laderas peladas de árboles, talados por una población sin recursos para calentar sus hogares; a los plásticos omnipresentes en las casas de la antaño elegante Srebrenica, que hacen las veces de ventanas y puertas. Y le conduce al cementerio, el único lugar de Visegrad donde existe algo parecido a la vida social, ya que es allí donde la gente se reúne los domingos para llorar a sus muertos.
Ciertamente, el relato de lo que Handke llega a ver en Bosnia Herzegovina es elíptico, y lo es todavía más en Preguntando entre lágrimas , donde se acerca a la Serbia bombardeada por la OTAN en primavera de 1999. Pero, justamente porque la guerra permanece invisible en casi todo el texto, es enorme el impacto de la descripción de la espantosa destrucción que ha dejado tras de sí y de la miseria de los supervivientes. Ante la evidencia de su padecimiento, Handke no separa a los supervivientes por bandos, ni diferencia entre víctimas y verdugos. Deja hablar a los refugiados de su desesperada situación, sin juzgar ni atribuir culpabilidades. Y, precisamente, esta actitud humanitaria de respeto indiferenciado ante el dolor ajeno, de no querer juzgar, convierte al narrador en inclasificable y por tanto en sospechoso de simpatizar con un bando. Handke es consciente de los peligros de no adherirse al pensamiento en blanco y negro; sabe que tiene que prevenirse contra posibles acusaciones de partidismo proserbio, y esto ha saturado el texto de un sarcasmo dolorido, presente en las autocensuras retóricas tras cada acto de compasión ante un destino desgraciado: «(¡Atención: hablar del servicio religioso en Srebrenica, de los serbios de Sarajevo que se encuentran huidos, sin trabajo y perdidos desde hace años, significa negar la "masacre" y el "genocidio"!)».
La necesidad de defenderse de antemano es omnipresente en Preguntando entre lágrimas . El fracturado flujo de pensamientos y asociaciones sobre el bombardeo de Serbia por las fuerzas de OTAN, en la primavera de 1999, se interrumpe a menudo con las respuestas anticipadas a los críticos: « (¡Atención: mística antirracional!) », comenta de sí mismo cuando describe, sobrecogido por tanta belleza en medio de la destrucción, un paisaje que le parece «tendido en silencio» «como en una oración». Mirando el conjunto de los textos escritos en torno al tema yugoslavo, se observa una paulatina desestructuración del discurso y un pathos creciente que refleja la progresiva irritación de un autor cada vez más atacado y aislado públicamente. Algo parecido ocurre con sus pronunciamientos sobre los serbios y Slobodan Milosevic: acorralado por los reporteros y probablemente llevado por la agitación del momento el escritor se ha visto empujado a hacer afirmaciones de las que después se ha arrepentido.
Obviamente, Handke no ha solucionado el problema de la representación inequívoca de la realidad. Él lo aborda como escritor, reservándose el derecho de introducir el factor estético, puesto que considera que con su mirada poética sobre el país y sus gentes añade un elemento de reconciliación. Pero, como en cualquier creador de calado, la estética implica una ética, a la que Handke apela explícitamente, exigiendo de los medios de comunicación y de los políticos un lenguaje más exacto. Reclamar seriedad profesional, abogar por una postura reflexiva, frente a los poco escrupulosos procedimientos de la omnipotente máquina mediática, todo esto tendría que ser acogido y apoyado por el sentido común. Y aunque no todo el mundo esté convencido de la pertinencia de su aparición en el entierro de Milósevic, nadie le puede reprochar a Handke el haber defendido un principio básico del derecho: insistir en la inocencia del acusado mientras no sea declarado culpable.
Ésta fue la motivación de su visita, en 2002, al Tribunal Internacional para la antigua Yugoslavia en La Haya, recogida en Alrededor del Gran Tribunal . Para Handke, estar atento a la actuación de la justicia y dar testimonio de ella, es una responsabilidad del escritor. «¿Y no es de él, de Franz Kafka, aquella frase de la novela El proceso : "Todos los acusados son hermosos"? -¿Testigo no sospechoso? ¿Dónde está escrito que Kafka, el escritor, sea un testigo no sospechoso? ¿Existe un testigo más sospechoso que aquél, un escritor? ¿Se sigue hoy tomando en cuenta al escritor, en el sentido que sea?».
Desde el comienzo de las guerras en Yugoslavia, Peter Handke ha criticado el papel de los países de la OTAN -y especialmente de EE.UU, Alemania, Inglaterra y Francia- en el despedazamiento de un país unido tras la resistencia contra el fascismo, con el consentimiento de la izquierda europea. Ha cuestionado la legitimidad, y sobre todo la imparcialidad, del tribunal internacional de La Haya. Los intentos de castigarle por su denuncia, acallándole con difamaciones de todo tipo, culminaron en la retirada del Premio Heinrich Heine. La pregunta sobre el valor social del escritor actual, resulta, ante estas reacciones, más que oportuna. ¿Sólo se le consiente aportar sus gracias artísticas, pero no que rompa el consenso político? Así la literatura se reduce a mero entretenimiento. El encarnizado rechazo de la disidencia de Handke ha mostrado que ya no se valora la función del escritor de alertar contra las falacias y los abusos. Aunque esto sea todavía algo tan intrínseco como ineludible para el arte literario.
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