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Revista de Occidente 309 Revista de Occidente

'Hay bebés feos [Verdad de la buena]'. El marketing de la perogrullada

por Fernando Castro Flórez
Revista de Occidente nº 309, Febrero 2007

Número de páginas: 6
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La retórica de lo sublime catastrófico es experimentada como el déjà vu (la destrucción terrorista de la Torres Gemelas ya había sido anticipada por el imaginario cinematográfico). Nuestra cultura de la gesticulación y de los malabaristas chapuceros puede llegar a producir narcolepsia. Después de todas las parodias se produce la parábasis, los actores abandonan la escena y el coro se dirige directamente a los espectadores. Y nos preguntamos: ¿qué queréis decir?¿Verdad de la buena? Aunque hemos asistido, en el triunfo planetario de la comunicación, a la catástrofe de lo simbólico, puede que no sea cierto que el ingenio ha muerto. Sabemos que la elaboración continua de los mensajes que producen la imagen ganadora de un producto comercial o de un personaje público conduce a una gradual erosión y desmoronamiento de su identidad. A nadie puede sorprenderle que el ganador mediático de Operación Triunfo en esta última edición no sea un concursante sino un miembro del jurado, Risto Mejide, que suele decirles a los esforzados del micro que «aún no sois productos». El experto en marketing no puede quitarse las gafas de sol por ninguna razón, su «enmascaramiento» es la condición necesaria para decir las cosas a la cara. Lo malo es que ha convertido la honorable sofística en un ejercicio enfático de la perogrullada . He buscado en distintos diccionarios el significado de esa palabra y, la verdad, no he quedado satisfecho; la Real Academia advierte que perogrullada es «verdad o certeza que, por notoriamente sabida, es necedad o simpleza decirla». ¿Pero de dónde viene o quién es ese «Perogrullo»? Es raro que lo evidente sea, en alguna medida, lo inquietante.
Valcárcel Medina, al final de la entrevista que le hiciera José Díaz Cuyás para el catálogo de la exposición Ir y venir (2002), declara que de sus obras las perogrullescas «son menos de las que yo quisiera». Recuerdo una de sus piezas en las que dibujaba una línea de corte que acaso aludiera a que el arte es el límite precario de la vida. He hablado, en demasiadas ocasiones, del destino escatológico del arte contemporáneo. La mierda, el vómito, lo repugnante, están por todas partes. Aunque lo cierto es que esos signos exc reme ntales están en el lugar vacío que se «crea» a partir, por poner dos ejemplos canónicos, del Cuadrado negro de Malevich y de los ready-mades duchampianos. En realidad lo que estamos viendo es «cualquier cosa» y un marco vacío, esto es, lo que parece fuera de lugar en realidad es ubicuo, se trata de un enmascaramiento de lo Real o, en otros términos, de un fenómeno estrictamente fetichista.
Si unos creadores quieren hacer algo brutal, semejante a una bofetada traicionera, como esas movilizadas del happy slapping (se considera que la fecha inaugural de esa demencia es diciembre del 2005, cuando una quinceañera se acercó a David Morley en un parque del sur de Londres y le dijo: «estamos grabando un documental, o sea que por favor, mire a la cámara», para que acto seguido sus colegas se abalanzaran sobre él y le patearan hasta dejarle muerto, ante la mirada mecánica que lo grababa todo), otros no aspiran al éxito explosivo e instantáneo sino que piensan que el arte es una cosa que lleva todo el tiempo, como ha demostrado Tehching Hsieh con sus One Year Performances . Este artista realizó cinco performances entre 1978 y 1986: en la primera ( The Cage Piece ) pasó un año entero solo, encerrado en una jaula; en la segunda The Time Piece, golpeaba un reloj cuando daba la hora, veinticuatro horas al día durante un año; en la tercera vivió un año a la intemperie en Manhattan sin entrar en ningún edificio; en la cuarta permaneció un año atado, con una cuerda de dos metros y medio, a Linda Montano, evitando tocarse, y en la quinta estuvo un año sin ningún contacto con el mundo del arte. Tal vez se apartó del imperio estético preocupado por lo que se avecinaba. Porque un desocupado como él podría ser empleado, súbitamente, por otro artista espabilado para dar un brochazo a la caja blanca de lo museal-amnésico. En el baile artístico de San Vito lo más lógico es llegar a ser, como sugiere el juez del marketing , producto. Acaso las maquinaciones «explosivas» fueran exorcismos y, en verdad (de la buena), algunos creadores quisieran sabotear sus perfectas perogrulladas. «Comprendo -dijo Baudelaire- que se deserte de una causa para saber lo que se experimenta sirviendo a otra. Quizá sería dulce ser víctima y ejecutor alternativamente». A nadie le extrañará que los que anuncian que hay niños feos sean una compañía de telefonía móvil: detrás de esas verdades tenía que estar la moral del marketing .
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