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Revista de Occidente 309 Revista de Occidente

'Hay bebés feos [Verdad de la buena]'. El marketing de la perogrullada

por Fernando Castro Flórez
Revista de Occidente nº 309, Febrero 2007

Número de páginas: 6
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El día 2 de enero consulté, reclamado por una e-zone, una página web, la grabación de la ejecución de Sadam Hussein realizada con un teléfono móvil. Allí pude ver todo lo que seguía a las imágenes oficiales: las vejaciones, la cobardía de los verdugos, el temblor del «testigo», el ejercicio extremo de la morbosidad contemporánea. Comprobé que esa mañana en la que yo estaba entregado a tan abyecta visión, eran ya 2.708.985 las consultas que se habían realizado tan sólo a través de ese enlace. Aunque los noticiarios se habían detenido en los momentos en los que llegaba lo peor («imágenes -en su jerga favorita- de una extremada crudeza») en buena medida habían desatado la curiosidad que arrasa todo. Estoy seguro de que en un plazo muy breve contemplaremos en los predios del bienalismo o en alguna de las miles de ferias de arte de la «globalización» esa grabación que algún artista dogmático se habrá sabiamente «apropiado». Bueno, en realidad, no será uno sino que habrá una verdadera subasta por el copyright de esa abominación. No son pocos los creadores contemporáneos que quieren mostrar algo sumamente desagradable. Un tal Zhu-yu, artista natural de Shanghai, consiguió sus minutos de fama televisiva (gracias al Channel 4 británico) devorando un bebé real (eso, por supuesto, se subrayaba) en lo que llamó performance . Según se explicó se trataba de un feto de siete meses que además no le sentó nada bien al impresentable recién nombrado, que vomitó ante las voraces cámaras. En la cultura del microondas, cuando todo sabe a lo mismo, era previsible un retorno, en clave estetizada, del canibalismo. El mismo Zhu-yu, bastante astuto, declaró que había aprovechado «el espacio vacío entre la moral y la legalidad para desarrollar mi trabajo». Lo único que quería era darse a conocer. Las patologías narcisistas han sido causa de muchos sufrimientos de la misma forma que las intenciones «artísticas» están siendo utilizadas para colar de matute cualquier cosa. Vicente Razo, un performer mexicano que ha montado un museo dedicado al corrupto presidente Salinas, «contrató» a un anciano para que en su cuarto de baño se introdujera por el culo una botella de un licor llamado «Presidente»; para conseguir que «penetrase» en nuestras conciencias, este «radical» señaló que su acción era una crítica de la relación que el citado político había tenido con el pueblo mexicano. Otro performer , Rosemberg Sandoval, presente en un festival de esos asuntos celebrado en Cali en 1999, se echó literalmente al hombro a un sin techo que respondía al nombre de Oswaldo Narváez y aprovechó ese cuerpo sucio para restregarlo por las paredes del museo. Una vez encontrada esa metodología «pictórica» ha sabido sacarle partido y, así, en su exposición Mugre (2003) colgó una serie de pinturas, si tal calificativo les sirve para algo, realizadas por medio de frotamientos de desheredados, esto es, de sujetos que son pura porquería. Este rotundo «innovador», que acaso se inspire en aquella narración de Plinio sobre el origen del arte como el dibujo de la sombra del amado sobre el muro, tiene, como todo artista contemporáneo que se precie, unas justificaciones preparadas: «La idea de estos dibujos es filtrar la mugre de un espacio externo, como la calle, a uno interno y privado como la galería. La uso como pigmento. Estos dibujos son como el recorrido de la vida, son huellas, documentos, rastros». Entre el canibalismo y el uso del, por emplear términos para-kantianos, a posteriori , de lo pringoso a lo abyecto, la movilización general del arte contemporáneo no es, ni mucho menos, cosa de buen gusto; en todo caso se tratará de ejemplos mugrientos.
«...Aún no sois productos»
En un ensayo publicado en 1970 en Cahiers du Cinéma, Roland Barthes desarrolla, alrededor de algunos fotogramas de Eisenstein, una teoría sobre lo que llama «el tercer sentido». Ahí propone el sentido obvio como una evidencia cerrada (lo que va por delante y viene a mi encuentro) y el sentido obtuso, ese que se da por añadido, como un suplemento que no se consigue absorber por completo. El brillante ejercicio especulativo no esconde que se está intentando decir algo a contrapelo porque, en su acepción común, esos dos términos designan lo romo e incluso lo irrisorio. El mismo Barthes bromea con el énfasis decorativo del director ruso e incluso llega a caracterizar los rasgos de un personaje como un «disfraz lamentable». Puede que lo que estuviera postulando fuera una estrategia para sacar partido de los postizos o, mejor, para dotar de fuerza deconstructiva al pastiche. De hecho, en la última nota a pie de página del texto, confiesa que ciertas fotonovelas consiguen emocionarle en virtud de su rotunda estupidez: «habría pues una verdad futura (o de un antiguo pasado) en esas formas irrisorias, vulgares, tontas, dialógicas de la subcultura de consumo». Ahora puede tener «sentido» la verdad de la buena. Porque la perogrullada es capaz de dominar todos los tiempos. Perniola, en su diatriba estética contra la comunicación, señala que los artistas tienen dos alternativas: ser minusválidos o anacoretas. Tengo la impresión de que no son ésos los derroteros preferidos por algunos creadores de nuestro tiempo que se entregan, con todo el placer del mundo, a lo perogrullesco o, por emplear un término acuñado por Luis Camnitzer, fundan un arte boludo; uno de los ejemplos de «boludez» sería una acción realizada por Francis Alys en colaboración con Rafael Ortega y Cuathémoc Medina en la que, con la inestimable ayuda de quinientos voluntarios, movieron unos diez centímetros, palada tras palada, una duna de arena. El título era más que evidente: Cuando la fe mueve montañas. «Algunas veces -dice Alys, que ha empujado un bloque del hielo por la calle hasta que no ha quedado otra cosa que una mancha húmeda en el suelo-, el hacer algo no lleva a nada». No descubro nada si apunto que el arte es un montón de cosas inútiles: «La imposibilidad del uso -señala Agamben en su «Elogio de la profanación»- tiene su lugar tópico en el Museo. La museificación del mundo es hoy un hecho consumado. Una tras otra, de modo progresivo, las potencias espirituales que definían la vida de los hombres -el arte, la religión, la filosofía, la idea de naturaleza, incluso la política- se han ido retirando dócilmente hacia el Museo». Si todo puede volverse Museo es porque éste denomina simplemente la exposición de una imposibilidad de usar, de habitar, de experimentar. No hay formas de profanación: todo va derecho (cargado de justificaciones) a la vitrina.
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