Y, de pronto, un tal Massimo Piatelli informa para el Corriere della Sera de que en una remota región de Turquía han aparecido cuadrúpedos humanos. Era previsible. Se trata de cinco hermanos que caminan, según queda documentado en fotografías y vídeos, sobre pies y manos debido a un defecto congénito. Clínicamente definido como el síndrome de Uner Tan (bautizado, como mandan los cánones, con el nombre del descubridor de tamaña anomalía) este cuadrupedismo está unido a un significativo retraso mental. Algunos se han lanzado a señalar que por fin ha aparecido el «eslabón perdido ». Otro científico llamado Tayfun Ozcelik, profesor de genética humana de la universidad de Bilkent de Ankara, ha acudido hasta Iskenderun para estudiar el sorprendente descubrimiento y afirma, emocionado, que puede que esto nos ayude a «resolver los enigmas de la evolución humana». Resulta que acabamos de descubrir a unos tipos con callos en las manos, encorvados patéticamente y nos parece algo extraño. Basta volver la vista en derredor para comprobar que todos, incluso yo mismo, caminamos y vivimos de esa manera desde hace muchos años. Nosotros, idiotas perfectos, somos el mítico «eslabón perdido»; no hay que explorar nada en Turquía a no ser que se les quiera cerrar la puerta de la Unión Europea por retrasados y cuadrúpedos vocacionales. Fake o freak, tontería abismal o mentira globalizada.
Pero en la época de la reclusión-reality-show faltaba otro síndrome, el «ejemplar», ese que escenificó, perfectamente compuesta (con el pañuelo tapando el pelo y con gestos estudiados milimétricamente), Natascha Kampusch cuando «escapó» de largos años de reclusión en un zulo. La historia es sobradamente conocida: una niña es secuestrada en Austria por un maniaco que la entierra como un tesoro hasta que ella escapa y él, desesperado se suicida. Se ha llegado a decir que «nunca un secuestro fue tan rentable». Ciertamente, las plusvalías de ese delito hacen temblar a las bienaventuranzas, esto es, bastantes pensarán que compensa sufrir aunque sea claustrofobia crónica con tal de ganar dinero a espuertas y, sobre todo, conseguir la anhelada fama televisiva. Algunos rumores apuntan a la existencia de videos pornográficos grabados clandestinamente por Prikopil, el perverso sujeto que ocultó la «inocencia» de la niña, aunque habría que reparar en que todo lo que se emitió tras la fuga es también macabro. Desde las uñas mordisqueadas al hieratismo del rostro, de la indumentaria a los momentos en los que las manos se replegaban sobre el cuerpo, todo lo que hizo ante las cámaras Natascha ha sido sometido, quirúrgicamente, a interpretación. Y ahora resulta que puede que todo haya sido un montaje: la madre tendría lazos amistosos con el monstruoso delincuente, el padre habría actuado, desde el principio, con ánimo de lucro, la propia muchachita estaría entregada a la más monumental de las mentiras porque, en realidad, estaba de «visita» en aquella casa siniestra (familiar, tal y como expresó Freud, y extraño). Más allá del síndrome de Estocolmo, asistimos a la construcción mediática del síndrome de Natascha Kampusch , en el que entran los elementos de la farsa y el sadomasoquismo, la profanación de lo virginal y la reaparición de una subjetividad post-Kaspar Hauser que no pugna por aprender a decir algo sino que tiene preparadas todas las respuestas para las ent revistas que tienen, necesariamente, que concederse.
Por fin disponemos de una rudimentaria herramienta «interpretativa» para comprender las pulsiones de los concursantes de los programas de tele-realidad , de todos aquellos que gimotean antes de enfrentarse al karaoke, esos patéticos que se abrazan a sus familiares como si estuvieran a punto de ser ejecutados. Son hiperconscientes de la farsa, saben, por supuesto, que hay que contestar después de la publicidad.
El dulce placer de hacer el tonto
Como bien dice Perniola, ahora somos todos performers más o menos hábiles y capaces. Por ello, aún más comprometedora y apremiante se revela la exigencia de ofrecer una performance única, singular, incomparable. Las dos tradiciones fundamentales de la performance , que tienen que ver con lo «espiritual» (usualmente místico-orientalizante) y con lo «atlético» (coreográfico, excesivo, sudoroso), han sido desbordadas por la pasión escatológica y la inmensa tela de araña del reality show . Ciertamente uno de los artistas que con más lucidez ha desarrollado la estilística de la foto- performance es Erwin Wurm. La humorística alusión de Wurm a lo «políticamente correcto» acota una serie de acciones «eclesiales»: un cura tumbado en los bancos, otro con una manzana en la boca, uno más orando en un campo de fútbol en el incomparable y sublime entorno de unas altas montañas. Una fotografía, casi abstracta, focaliza un montón de moscas muertas cerca de un confesionario, mientras un sujeto, acaso el mismo cura extravagante, se oculta tras un tablón. El colmo del desafuero y el patetismo es un anciano que, con los pantalones bajados, intenta fornicar con un muro musgoso. No cabe duda de que las poses fotográficas de este artista que se autorretrata orando piadosamente (sus obras pueden entenderse como oraciones, sentencias, enunciadas con enorme precisión) son francamente divertidas. En tiempos de retórica de la banalidad, por lo menos Wurm da una vuelta de tuerca al canon del «menos es más» y con cualquier cosa, en un minuto, monta el pollo con su humor líquido . Un sosias llamado Cagon and Crista, se encarama al techo del Museo y canta algo patético, de remate suelta una meada. Ese destronamiento carnavalesco es aceptado por la Institución como algo «lógico» e incluso necesario. Todos saben que, finalmente, la perversión lo que hace es instaurar la Ley. El que hace el tonto podría enseñarnos a marcar el paso.
Muecas ante el espejo
Zizek ha comparado la invasión del cuerpo por una criatura alienígena, tal y como sucede en las películas Alien de Ridley Scott o Hidden de Jack Sholder, con La máscara o Mentiroso compulsivo, ambas protagonizadas por Jim Carrey. Frente al objeto interno externalizado (la mierda o el ser horrendo que nos revienta) estaría la máscara como objeto maligno que tiene vida propia y se apodera del sujeto que se la pone en la cara. Conocemos ese destino esticulante: ser un personaje de dibujos animados o alguien que intenta compulsivamente decir la verdad como una tortura insoportable. Al final resulta que tenemos que hacer muecas ante el espejo para escapar de la catástrofe. Podemos ver a Jerry Lewis interpretando su papel de idiota, provocando una catástrofe cotidiana y convirtiéndose en el blanco de todas las miradas despreciativas; la única forma de borrar la vergüenza es, para este desquiciado que prefigura a Mister Bean y las patosidades del artista Pierrick Sorin, auto-ridiculizarse. Todas las repeticiones, incluido el retablo de la estupidez, han terminado por convertir el mundo en una interminable mascarada. Todavía no sabemos si la pantomima artística contemporánea es subversiva o una mera máscara vacía.
Esto es la bomba