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Revista de Occidente 309 Revista de Occidente

'Hay bebés feos [Verdad de la buena]'. El marketing de la perogrullada

por Fernando Castro Flórez
Revista de Occidente nº 309, Febrero 2007

Número de páginas: 6
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La culpa de todo la tiene una palabrita polinesia: tabú. Allí, aunque resulte, tal y como advirtiera Freud, difícil de traducir, se encuentra unido lo aparentemente opuesto: lo sagrado o consagrado y lo inquietante, peligroso, prohibido o impuro. Nuestra neurosis obsesiva nos impulsa, una y otra vez, a tocar lo que nos aterra, a revolcarnos en la inmundicia para soportar mejor la imposibilidad contemporánea del intercambio simbólico. Parece como si muchos artistas buscaran, precisamente, la redención en los desechos , que son, propiamente, la marca de los hombres. Bataille pensaba que la repugnancia primitiva era quizás la única fuerza violentamente actuante que puede dar cuenta del carácter de exterioridad zanjada propia de las cosas sociales: el núcleo social es tabú, es decir, intocable e innominable; participa desde el principio de la naturaleza de los cadáveres, de la sangre menstrual o de los parias. El asco está unido al peligro, desde la contaminación al miedo a ser mancillado, impide, en términos freudianos, la satisfacción del deseo inconsciente y nos recuerda nuestra animalidad, pero es eso abominable y aterrador lo que nos mantiene, aunque sea precariamente, juntos. Lo que tenemos que soportar es la carroña , como esa violenta visión baudelairiana del cadáver en un camino pedregoso.
Desde las paredes pintadas con grasa humana o las estancias en las que respiramos el vapor generado por el agua con el que se han limpiado cadáveres en la morgue, «regaladas» por Teresa Margolles, a la performance de Aníbal López en que atraca, pistola en ristre, a un transeúnte, se extiende lo que debería calificarse, siguiendo una sugerencia de Perniola, de arte idiota. El literalismo de lo banal nos asedia y, mientras en el Occidente cansino nos entretenemos, como perfectos pijos, con la retórica del vandalismo, persiste en la retina la impactante imagen de los gigantescos Budas que los talibanes redujeron a polvo en Afganistán en marzo del 2001, singular preámbulo de la Gran Demolición de las Torres Gemelas.
Podemos quedar hipnotizados por los Teletubis, pero mientras tanto la talibanización ha tomado el mando incluso de las operaciones estéticas. Como señala Cioran, no hay intolerancia, intransigencia ideológica o proselitismo que no revelen el fondo bestial del entusiasmo: «el hombre pierde su facultad de indiferencia: se vuelve virtual asesino; transforma su idea en un dios: las consecuencias son incalculables». Las mercancías paradójicas que llamamos «arte contemporáneo» están delimitadas por un discurso conspiratorio o, en otros términos, han transformado la violencia en estrategia de la amenaza : «El arte -señala Baudrillard- se ha vuelto iconoclasta, pero esta postura iconoclasta moderna ya no consiste en destruir las imágenes, como la de la historia; más bien consiste en fabricar imágenes, hasta en fabricar un profusión de imágenes en las que no hay nada que ver». Insisto, como era de esperar, la instalación de Sierra está ya «definitivamente cerrada». El proyecto 245 Kubikmeter permaneció abierto tan sólo un día. ¿Ha conseguido este artista cumplir con su propósito?¿Tenía alguno? Tal vez le guiaba únicamente el imperdonable « délire de toucher » lo Real. Nos recuerda la ambivalencia del tabú y, al mismo tiempo, nos hace dudar de que sea cierto que donde está el peligro surge lo que salva. Vivimos en la completa angustia farmacológica: todo lo que nos administran sabe a veneno. Acaso sea cierto que la nostalgia de la barbarie es la última palabra de cada civilización.
Todo a cien [El derecho al «síndrome»]
« El desierto crece. Lo salvaje -escribe Félix Duque- está ya en el interior. Pero también, y en el mismo respecto, como una contradicción viva, somos sedentarios, porque ya da igual adónde vayamos. Todo va siendo preparado para que en todas partes nos «sintamos en casa», esto es: desahuciados. Baste recordar al respecto el slogan de una conocida agencia de viajes alemana: "Déjenos que programemos sus vacaciones"». Estamos afectados por el síndrome de Babel específico de nuestro Multiverso, aunque fácilmente en un viaje programado (en el que hay que ver lo que es necesario ver) podemos caer en lo que, vagamente, se llama síndrome de Estocolmo, esto es, la familiaridad con los guías-verdugos e incluso el retorno placentero a la tortura turística como única forma de afrontar el tiempo muerto. Tenemos que marcharnos de casa, sea como sea, aunque finalmente el destino sea, sencillamente, deleznable, un cuchitril en el que se consuma una estafa. Porque, en última instancia, los sujetos son conscientes del carácter inhóspito de la ciudad cainita. Ese primer hombre, que míticamente amuralla el territorio y cimenta el espacio «habitable», es un delirante, alguien que se desvía del surco. No es raro que encontremos refugio precario, llenos de miedo, en el búnker, sobre todo cuando se extiende la sospecha de que acaso una casa, a pesar del fuego resguardado en la memoria, no fue nunca un hogar. «Todo "hogar" -apunta lúcidamente Félix Duque- es sentido como tal cuando ya es demasiado tarde: cuando ya se ha perdido. "Hogar" es el lugar de la infancia (de la falta de un lenguaje delimitador y clasificador: dominador), el lugar de los juegos, la prolongación cálida y anchurosa del claustro materno. Y es imposible -y si lo fuera, sería indeseable y decepcionante- volver a él». La casa, ese lugar, por simplificar al máximo, en el que habitualmente se come, es, en muchísimos sentidos, lo indigesto. Algunos individuos comienzan a acumular en sus casas toda clase de cosas, desde ropas viejas a cartones putrefactos, electrodomésticos inservibles o perros abandonados; sufren el síndrome de Diógenes aunque les falta, por supuesto, el saber vivir de aquel antiguo sabio que, por lo menos, apartó de sí la «mascarada». Todos estamos, de una forma u otra, bunkerizados o metidos, tal vez sin saberlo, en la cripta en la que soportamos una claustrofobia intolerable. Virilio ha apuntado que, en época de globalización, todo se juega entre dos temas que son, también, dos términos: forclusión ( Verwefung : rechazo, denegación) y exclusión o locked-in syndrom. Todo, incluso aquello que nos atemorizaba, termina por ser grotesco , es decir, ornamental. Resulta, por ejemplo, extremadamente fácil aceptar lo peor cuando asistimos a la universalización de la noción de víctima, transformada en «imagen sublime». El imperio de los media ha enseñado que la forma de conseguir algo «memorable» tiene que ver con el síndrome de Eróstrato (en recuerdo de aquel griego que prendió fuego al templo de Diana con el único objetivo de que su nombre fuese conocido públicamente y conseguir así pasar a la posteridad). Finalmente, la salida (en el pantano de la mascarada contemporánea) es la salvajada o la pura y lisa tontería.
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