En el fondo, es una frivolidad no ver que lo importante no es el objeto libro, papiro, tablilla sumeria o pantalla, sino los bienes inmateriales que proporciona el texto al que lo lee: sabiduría, conocimiento, diversión, evasión, reflexión, entretenimiento. El autor, por su parte, se inscribe en el ansia añeja de contar historias, expresar pensamientos, soñar otros mundos, reflexionar sobre éste..., anhelos presentes en el ser humano no ya antes de Gutenberg, sino incluso antes de que se inventara la escritura, porque no están ligados a la cultura, ni a la tecnología, ni a la democracia, sino a esa facultad específicamente humana que es el lenguaje.
Kelly nos anuncia la buena nueva de que cuando Google concluya el gran escaneo «todo estará en tu iPod, la biblioteca de las bibliotecas paseará en tu bolsillo o en tu monedero», como si lo crucial fuera poseer los textos, en lugar de leerlos. Me recuerda a ciertos compañeros de estudios que pasaban todo el primer trimestre abrumados por la presión de tener que leer una treintena de libros por asignatura y haciendo cábalas sobre cómo acometerían la tarea. Faltando veinte días para el examen compraban la lista íntegra de una vez, y así, teniendo ya los libros en los estantes de su casa, se relajaban de súbito; les bastaba pagar, mirar y tocar los textos para zafarse del estrés, pese a la evidencia de que les resultaría materialmente imposible leerlos antes del examen.
Resulta francamente peligroso que la apología del libro electrónico quede en manos como éstas, insatisfechas con las magníficas posibilidades que, en efecto, brinda para la investigación y la lectura, y empeñadas en convertir a la tecnología en artífice de una revolución autónoma, con voluntad propia. En nada cambiará nuestra vida llevar el Quijote en el bolsillo si no lo leemos, pero aprovechar ese Pisuerga para exclamar de paso que tal vez de la iPod nos enchufen los millones de volúmenes de la biblioteca de Google «al cerebro mediante cablecitos blancos», como dice Kelly, son ganas de aumentar el pánico de los tecnófobos, aventando augurios sobre un hipotético futuro en el que los humanos seremos dominados por las máquinas. Parece más razonable pensar, puesto que voluntad sólo tenemos nosotros, que los frutos de la revolución tecnológica dependerán del uso que se haga de la tecnología. Lo mismo sucede con los martillos: sirven para colgar un Picasso en un museo y para matar a golpes a una persona.
La digitalización de textos aporta enormes ventajas para ciertos tipos de lectura y para determinados análisis de los textos, especialmente los de tipo lingüístico. El diccionario más original publicado en los últimos años en cualquier lengua, el Redes dirigido por Ignacio Bosque, que describe las palabras según su relación con otras, ha sido posible gracias a la informática. «Cuando empecé a barruntar el proyecto en que se basa Redes -escribe Bosque en la introducción- no existían los ordenadores, mucho menos buscadores SQL como los que hoy permiten construir programas de concordancia. Los datos estaban en los textos, y los textos en el papel; las observaciones se hacían en fichas y las fichas se guardaban en cajas, que se indexaban y se almacenaban con otras cajas. Una sola entrada larga de este diccionario hubiera llevado, sin exagerar un ápice, varios años de trabajo. Más aún, parece claro que la obra no habría podido llevarse a cabo nunca».
A Google lo que es de Google
La posibilidad de almacenar cientos de textos proporciona rápidamente un corpus lingüístico de tales dimensiones que permite comparar, analizar y estudiar fenómenos hasta ahora prácticamente inabordables. Esto lo popularizará Google, pero no lo inventa. En el año 1994 tuve la ocasión de participar como becaria en un proyecto de digitalización de textos de los siglos de Oro dirigido por el profesor Eugenio Bustos Gisbert en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense. Consistía simplemente en proveer de un volumen de material representativo a investigadores interesados en fenómenos de evolución lingüística para los que resulta interesante precisar, por ejemplo, cuándo la desinencia del pretérito imperfecto de indicativo, tras muchas oscilaciones, quedó fija en -ía.
También los libros de referencia y consulta multiplican su valor cuando se hacen accesibles a través de internet, como es el caso de la Enciclopedia Británica o el Diccionario de la Academia , por citar sólo dos ejemplos (la primera de pago, el segundo gratuito) de instituciones que no han dudado en digitalizar lo más importante de sus fondos ya hace años. Si antes había que desplazarse a una biblioteca o tener un enorme salón donde cupieran todos los volúmenes de una vastísima obra de referencia, ahora se pueden consultar con un clic. También desde casa, y mediante una clave que acredite al internauta como estudiante de la Universidad de Londres, por citar un caso, éste puede consultar los fondos de revistas especializadas de todas sus facultades, algunas de ellas disponibles en las universidades españolas, otras no.
La digitalización de libros y los buscadores facilitan enormemente, sin ningún género de dudas, cualquier tarea investigadora. Ciñéndome a mi experiencia personal, para llevar a cabo la biografía de Federica Montseny pasé largas horas en la Hemeroteca Municipal de Madrid leyendo sus artículos en viejos ejemplares de publicaciones de los años 20 y 30, algo que no cambiaría mucho si hubiera de hacerlo cuando la biblioteca universal de Google esté disponible. Sin embargo, también tuve que dedicar tiempo y esfuerzo a leer muchos libros de autores de la época que en ocasiones me aportaron datos interesantes para mi trabajo y en otras me sirvieron de poco porque ni mencionaban a mi biografiada, algo que hubiera averiguado con un buscador en 30 segundos.
La lectura en formato digital es un gran hallazgo para este tipo de labores. Pero, como dice Bosque, «precisamente porque las máquinas nos proporcionan y ordenan con sorprendente velocidad los datos que les pedimos, debemos dedicar a la tarea de reflexionar sobre ellos buena parte del tiempo que antes empleábamos en conseguirlos». En otras palabras, que lo primordial no ocurrirá en la iPod, sino en nuestro cerebro, como siempre.
¿Y los lectores?
Lo que resulta incomprensible es que para ensalzar las ventajas del libro electrónico haya que denostar los «viejos libros polvorientos» que Kelly retrata como antiguallas: proporcionan un placer muy inmediato y muy real a los que leen un poema en un sillón de casa, con el lápiz presto a subrayar una frase mágicamente creada; o a los que se enfrascan en una novela sentados al sol en una terraza, mientras se toman el vermú.
La visión del libro de Kelly, netamente despectiva hacia el sujeto de la lectura, da aún otra vuelta de tuerca cuando asegura que los libros impresos son estáticos y «permanecen aislados unos de otros» en las estanterías. Por el contrario, en la arcadia de la biblioteca universal de Google «ningún libro será una isla», dice para elogiar el dinamismo de los libros que viajarán por la red. Sin embargo, el movimiento decisivo de un libro no es esa especie de ajetreo virtual, sino la influencia de las ideas en él expuestas, las imágenes creadas, las agitaciones neuronales que desencadena.
Quien diga otra cosa habla de libros sin pensar en quien los lee: aunque no se mueva de la silla, no hay nada más dinámico que una persona ante un libro abierto. Lo sabía muy bien Goebbels, doctor en Filología, que el 10 de mayo de 1933 dio por inaugurada la gran quema de libros en la Opernplatz de Berlín con frases como «el anterior pasado perece en las llamas», según relata Fernando Báez en su excelente Historia de la destrucción de libros . A continuación comenzaron a arder unos 25.000 ejemplares, entre ellos obras de Marx y Freud, de las que no se puede decir que no hayan provocado movimientos...