No cabe duda de que las preocupaciones personales desempeñan un papel predominante en las novelas históricas de Brouwer. Escribe sobre la Armada Invencible, un sonado fracaso militar, y sobre individuos como Juana, Felipe Guillermo, Montigny y don Carlos, que viven en cautiverio y que, en opinión de Brouwer, son víctimas de los intereses políticos. Con posterioridad a 1938, el autor ya no vuelve a incorporar a su obra elementos procedentes de la Leyenda Blanca que defendió con tanto entusiasmo nada más estallar la Guerra Civil española. Todo lo contrario, se encamina más bien hacia lo que podríamos definir como una «extensión» de la Leyenda Negra al contexto europeo: la opresión del individuo por parte de poderes estatales abstractos, fenómeno que, después del ejemplo inicial de España, se repitió reiteradas veces en la historia europea moderna.
En resumen, Brouwer no retomó íntegramente la Leyenda Negra, sino que se limitó a adoptar algunos de sus componentes. Incluso hay que preguntarse si su visión de la España de los siglos XVI y XVII , tan marcada como estaba por la historia europea del siglo XX , no contenía también algunos elementos de lo que antes hemos llamado la perspectiva de la evolución europea.
¿Hasta qué punto anuncia la obra de Brouwer esta tercera y científica visión de España? A partir de 1937, la visión de Brouwer comienza a moverse tímidamente en dirección hacia una nueva perspectiva de la historia de España. Al ser insertada en un contexto europeo, la Leyenda Negra se vuelve menos específica y menos española. Brouwer pasa a interpretar la historia de España a la luz de la historia de Europa. Es cierto que se centra sobre todo en la historia de las mentalidades y no tanto en la historia política y socioeconómica, pero ello no es óbice para que la España de Brouwer resulte cada vez menos «distinta».
A través de los paralelismos establecidos entre las relaciones internacionales europeas del siglo XVI y del siglo XX , Brouwer hace ver que España no puede ser separada del contexto europeo y mundial. Sitúa la Leyenda Negra española en un contexto europeo, generalizándola y convirtiéndola en una denuncia universal contra el dogmatismo, la intolerancia y la tiranía. En sus obras sobre España, supuesta cuna de todos estos males, Brouwer presta más atención a las víctimas y a los presos que a los autores de semejantes villanías.
Los puntos de contacto entre la historia de España y de Europa se estudian con especial detenimiento en el libro que lleva por título Spaanse aspecten en perspectieven (Aspectos y perspectivas de España). Apareció en 1939. En esta obra, Brouwer analiza a fondo la oposición entre «las dos Españas», entre quienes pretenden cambiar y renovar la política y la sociedad y quienes desean mantener las relaciones existentes. Aunque reconoce que este enfrentamiento no es privativo de España, Brouwer sostiene que, a diferencia de países como Francia e Inglaterra, donde la oposición entre progresistas y conservadores trajo consigo unos cambios políticos y sociales reales, en España esta lucha jamás pasó de su fase inicial, entre otras razones por el poder ilimitado de los reyes absolutistas españoles, la preponderancia del clero, las malas vías de comunicación, la economía predominantemente agraria y la evolución tardía del capitalismo industrial.
Brouwer concluye que el enfrentamiento entre progresistas y conservadores está presente en todos los países, pero que en España la falta de matización política y social se compensó con una radicalización y profundización del conflicto entre ambos bandos. Debido al enorme poder de la Iglesia y el analfabetismo de grandes capas de la población, los intelectuales reformistas no contaron con ningún apoyo. La mayoría de las reformas iniciadas en los siglos XVIII y XIX fueron promovidas desde arriba. No las impulsaron la burguesía ni los obreros, los dos grupos que sustentaron los cambios en el resto de Europa.
La República de 1931, definida por Brouwer como «la revolución liberal de 1931», llegó tarde. La influencia del ideal renacentista, basado en la autonomía intelectual y ética del ser humano, apenas se había dejado sentir en España. El país tampoco había conocido la Reforma que, en otras regiones de Europa, había dado lugar a una actitud crítica y personal ante la vida. La revolución liberal de 1931 se produjo en un momento en el que, en el resto de Europa, los ideales políticos y humanitarios del liberalismo atravesaban una profunda crisis. Brouwer lo resume como sigue: «El capitalismo industrial del siglo XIX necesitó de una democracia liberal para poder desarrollarse libremente. España, que [...] llevaba algunos decenios de retraso con respecto a Europa, comenzó a construir el capitalismo industrial cuando éste amenazaba con desmoronarse en todas partes. La República se instauró dos años después de la gran crisis mundial de 1929.»
Este razonamiento suena muy moderno y se ajusta a las ideas científicas actuales sobre la evolución de la historia española, pero no podemos olvidar que Brouwer interpreta el consabido enfrentamiento casi exclusivamente en términos religiosos, espirituales, literarios y artísticos, que eran los aspectos que más le interesaban. Ahí es donde sigue buscando la «peculiaridad» y el carácter único de España. A su juicio, los místicos españoles, a los que a estas alturas tilda directamente de «revolucionarios», fueron representantes tempranos de la España progresista. Además de a los místicos cita a una serie de artistas que, según él, jamás perdieron el contacto con la cultura popular, zócalo de la espontaneidad: Albéniz, Granados, Falla; Galdós, Pio Baroja, García Lorca, Goya, Picasso y Buñuel, al que califica de «Goya del cine».
En opinión de Brouwer, España constituye pese a todo un caso único, puesto que ha sabido dar forma de una manera muy enérgica a la tensión europea entre fuerzas progresistas y conservadoras, bajo el influjo de unas circunstancias históricas y un ritmo de desarrollo propios. El carácter del pueblo español y de la cultura española, fruto de muchos siglos de influencias muy diversas, se ha venido forjando bajo lo que Brouwer definió en algún momento como una campana colocada sobre el país por el Estado y la Iglesia. Bajo esa campana, las oposiciones generales europeas entre espíritu progresista y espíritu conservador, entre espontaneidad y rigor, entre libertad y opresión, adquirieron su particular apariencia española.
Esta idea queda muy bien reflejada en las opiniones de Brouwer acerca de la mística española. Hasta 1935 aproximadamente, los místicos españoles encarnan para él la esencia de España, tanto del espíritu español en general como del catolicismo español en particular. Después de la Guerra Civil los ve como «una corriente religiosa rebelde», característica de la vitalidad de la cultura española. Lo que más admira del pueblo español y de la cultura española es su capacidad pura e intuitiva de definir valores interiores, así como su anhelo de valores absolutos y trascendentes. A juicio de Brouwer, España continuará distinguiéndose siempre por su «sed de eternidad».