Las naciones poderosas tienden a forjarse una imagen de sí mismas que, en la mayoría de los casos, se fundamenta sobre un mito de origen y una misión en el mundo. La propagación de esta imagen propia suscita a menudo imágenes contrarias en los adversarios de dichas naciones poderosas. En ese intercambio de imágenes internas y externas relacionadas con la identidad y la importancia internacional de una nación determinada se van acuñando frases lapidarias que quedan grabadas en la memoria internacional. A modo de ejemplo puede citarse la lucha de los Estados Unidos «por salvar al mundo para la democracia», el grito de guerra que profirió el presidente Wilson durante la Primera Guerra Mundial, o el término «imperio del mal», del que se sirvió el presidente Reagan para justificar la carrera armamentista contra la Unión Soviética, su adversario del momento. De este modo, el actual sucesor de aquellos presidentes estadounidenses, George Bush, no ha tenido que molestarse en inventar nuevas consignas, puesto que ya le estaban esperando desde hacía casi una centuria. En el siglo XXI , los antagonistas de los Estados Unidos hacen especial hincapié en la depravación moral en la que, a su parecer, se sustenta el papel que juega la principal potencia mundial en la escena internacional.
España, la primera potencia europea en hacerse con un imperio mundial, constituye asimismo el primer ejemplo de esa tensión entre imagen propia e imagen contrapuesta internacional en la historia moderna. Simplificando, se podría decir que la imagen que tenía España de sí misma coincidió durante mucho tiempo con la llamada Leyenda Blanca. La imagen contraria aducida por los adversarios de España se conoce como Leyenda Negra. Si bien estos términos datan de finales del siglo XIX y principios del siglo XX , el conjunto de imágenes propias y contrapuestas al que representan es más antiguo.
Del siglo XVI al siglo XVIII estaban muy difundidas entre los antagonistas del imperio español las críticas contra España en el sentido de la Leyenda Negra. En el siglo XIX , esas críticas internacionales comenzaron a ganar terreno en el debate interno de la propia España. Los españoles se preguntaron cuál había sido el origen del declive de España: la intolerancia religiosa (el argumento «negro» de los liberales) o la influencia negativa de la Ilustración (el argumento «blanco» de los católicos reaccionarios).
Tras el desastre de 1898 -la deshonrosa derrota de los españoles ante los Estados Unidos-, el debate político en España se recrudeció hasta tal punto que se empezó a hablar de «las dos Españas», cada una con su visión propia sobre cómo había que restablecer la grandeza del país. De un lado, la España liberal, progresista y europeísta recurría a la Leyenda Negra para desprestigiar a sus contrincantes; del otro, la España católica tradicionalista se acogía con más énfasis que nunca al grandioso pasado católico de los siglos XVI y XVII , desarrollando una Leyenda Blanca sobre la historia española.
El término «Leyenda Negra» fue acuñado en 1912 por Julián Juderías, discípulo del importante filólogo e historiador decimonónico Menéndez Pelayo, cuya obra ha de considerarse como un himno al pasado católico español. Desde el momento en que la visión antiespañola y anticatólica pasó a denominarse Leyenda Negra, no tardó en imponerse el concepto de Leyenda Blanca en referencia a la visión contraria proespañola y procatólica.
Llevar a cabo un estudio pormenorizado de los debates surgidos en torno al origen de la Leyenda Negra nos llevaría demasiado lejos. Por ello nos limitamos a enumerar sus principales componentes. A raíz del comportamiento de los ejércitos españoles en Europa, desde 1527 en Roma hasta el conflicto con los Países Bajos entre 1572 y 1648, España se ganó la reputación de ser un país de saqueadores engreídos, falsos, vanidosos, lujuriosos y sanguinarios, exponentes de una cultura bárbara. A ello se añadía el reproche de la intolerancia religiosa como consecuencia de la conducta de la Inquisición en España y la violenta opresión del protestantismo en los Países Bajos. Para poner en guardia a los demás europeos, los neerlandeses y los ingleses llamaron la atención sobre los abusos cometidos por los españoles contra los habitantes de América del Sur, aprovechando en sus panfletos las críticas formuladas por el dominico español Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias , obra publicada en 1552.
Otro componente de la Leyenda Negra fue la maldad intrínseca del rey Felipe II, cuya intolerancia y crueldad se hicieron por supuesto extensivas al carácter del pueblo español en su conjunto. En unos panfletos franceses del siglo XVII , basados en la Apologie de Guillermo de Orange, de 1581, se insistía en que el rey Felipe II mandó ajusticiar a su propio hijo, el príncipe heredero don Carlos, a manos de la Inquisición. Para Voltaire y Montesquieu, España era la encarnación misma del fanatismo religioso, por lo que se oponía diametralmente a la Ilustración, el progreso y la tolerancia religiosa que ellos propugnaban. La imagen del despótico rey Felipe II y su hijo amante de la libertad se difundió en Europa a través de la obra de teatro Don Carlos , escrita por Schiller en 1787.
En el siglo XIX se hizo cada vez más patente no sólo el debilitado poder político de España sino también su decaimiento económico. De nuevo, el origen de estos males debía buscarse en la intolerancia religiosa, que había conducido, entre otras cosas, a la expulsión de los judíos. A lo largo del siglo XIX , los elementos de la Leyenda Negra fueron retomados por los autores españoles de ideas liberales en un intento por explicar el atraso de su país frente al resto de Europa y Norteamérica. El «desastre de 1898» parecía darles la razón.
En resumen, según la Leyenda Negra, la peculiar trayectoria de España -es decir, su distinta evolución histórica con respecto a las demás potencias europeas- es debida a una serie de rasgos específicos de la cultura española, tales como el fanatismo religioso, la intolerancia y la falta de sentido práctico en el ámbito político y económico. España era «distinta»; España era un «imperio del mal».
Las protestas españolas contra la Leyenda Negra ya se hicieron oír en el siglo XIX , volviéndose más vehementes a raíz de la derrota de 1898; al tiempo que en Europa los románticos comenzaron a percatarse de las sombras de la Ilustración y el progreso. En todo el continente europeo afloró un anhelo romántico de autoridad y protección, dos elementos que podían encontrarse en la nación y la fe. Historiadores católicos españoles como Menéndez Pelayo sostenían que el atraso de España no tenía su origen en la política de Felipe II, sino en las malas influencias de Europa y, en concreto, en la Ilustración. Para que España pudiese recuperar su poder y su prestigio internacional había que restaurar los valores religiosos y la unidad alcanzada en tiempos de Carlos V y Felipe II.