Y se comenzaron a publicar cosas sobre la República, la guerra, el franquismo. Es falso que los años setenta fueran tiempos de silencio y es falaz titular como historia de la desmemoria cualquier incursión culturalista por aquellos años, basada en gratuitas elucubraciones sobre testimonios de la representación del pasado desconectados por completo de los hechos que pretenden representar. Es una falsedad que se repite una y otra vez por los profesionales de la recuperación de la memoria y por críticos culturales aficionados al psicoanálisis de sujetos colectivos, que no pierden el tiempo investigando todo lo que entonces se escribió y se debatió sobre la política en la República y en la guerra o sobre la naturaleza del franquismo. Interesó entonces, sobre todo, lo que se denominaba orígenes o causas de la guerra. El destrozo había sido tan monumental y estábamos tan inmersos en paradigmas estructuralistas que no parecían bastar explicaciones empíricas, comprobables, centradas en sujetos individuales. Permanecía además la herencia de una historiografía empeñada desde el siglo XIX en buscar causas metahistóricas a la decadencia, el atraso, el fracaso de España. Todavía aleteaban los vanos debates sobre el ser y el enigma de los españoles.
De modo que nos pusimos a investigar recusando simultáneamente la presunta memoria recibida y las narrativas que les habían servido de vehículo, para volver la vista hacia la política, el sistema de partidos, la acción de los sindicatos, el movimiento obrero, la crisis económica, la lucha de clases, el papel de la Iglesia. De modo que, mientras España mudaba de instituciones, un montón de jóvenes investigadores se asomaba a ese pasado con el propósito de conocer, de identificar lo que había ocurrido. Era, dentro de España, la primera generación que lo hacía. Muy poco se había investigado realmente hasta entonces. Los historiadores de contemporánea no se habían ocupado del siglo XX , a no ser como epílogo de la historia del XIX ; no entraba en ningún curriculum aceptable presentarse a oposiciones con trabajos sobre la guerra civil, menos aún sobre franquismo. Los más destacados historiadores de la generación anterior, los que comenzaron a publicar en la década de los cincuenta, evitaban pisar el siglo XX y, cuando lo hacían, se quedaban en el umbral de la República. Ahora, en los setenta, la República constituyó un campo privilegiado de atención mientras se iniciaban las investigaciones sobre la guerra y sociólogos y economistas, más que historiadores, se empleaban en desentrañar la naturaleza del régimen de Franco.
Un sistema universitario y unas revistas y periódicos capaces de producir en los años que van de 1976 a 1982, partiendo en muchos casos de cero y con unos archivos y unas bibliotecas que apenas comenzaban a desperezarse de un sueño de cuarenta años, la cantidad de papel dedicado al periodo comprendido bajo la denominación República-guerra civil-franquismo, debía ser buena prueba de que aquélla no era una sociedad sometida a ninguna especie de pacto de silencio, ni político, ni social, ni cultural ni de ningún otro ámbito. Lo que pasaba era que, más que recordar, aquella gente quería conocer. Dicho de otro modo, aquella gente, por sus biografías, estaba más interesada en saber del pasado que en saldar alguna cuenta pendiente con ese pasado: no hicieron historia con el propósito de acumular pruebas para llevar ante un juez que dictaminara sobre culpas. A nadie se le ocurría decir lo que ahora se repite con tanta frecuencia: como las víctimas de una parte ya tuvieron sus conmemoraciones, ahora toca a las víctimas de la represión de la otra parte, esto es, a los derrotados, obtener también su rehabilitación. Los que entonces se ocuparon de bucear en la historia trabajaban por indagar en los orígenes de la guerra, por identificar a los actores de su historia, por levantar la losa pesada del fracaso, de la fatalidad. No se entendía la historia como una forma de recuerdo, de memoria, que implicara la formulación de un juicio moral del que habría de derivarse una condena o una rehabilitación.
Lo cual, dada la magnitud de los crímenes cometidos durante la guerra y después, fue severamente juzgado por la siguiente generación, la que había crecido libre de aquella saturación de memoria impuesta por los vencedores. Son gentes nacidas avanzados los años sesenta y en los setenta, cuando ya el sagrado relato de la cruzada se había desmoronado. No han avanzado a tientas o pendientes de la mirada exterior; contaban ya con caminos, si no trillados, al menos marcados con sólidos mojones; disponían de acceso a una incontablemente superior masa documental por no hablar de la bibliografía disponible: pudieron consultar expedientes de depuración, consejos de guerra, libros de cementerios, archivos de cárceles. Sobre todo, accedieron a la conciencia histórica en un momento en que el futuro había desaparecido y el pasado de totalitarismos, guerras y genocidios comenzó a percibirse bajo otra luz.
Y dijeron: aquí no se ha hecho justicia porque se ha olvidado a los vencidos, a los que combatieron por la causa de la República y sufrieron luego depuraciones, cárceles, fusilamientos. Nadie se ha acordado de ellos, nadie ha reivindicado su memoria, la legitimidad de su causa, nadie les ha organizado un homenaje. La indagación en el pasado recuperó así su carga moralista inspirada en lo que Ginzburg ha denominado modelo judicial. Los crímenes fueron tan monstruosos que pretender una neutralidad valorativa, quedarse sólo en la comprensión y en la explicación, mantener lo que Bloch consideraba como máxima perversión del oficio de historiador, esto es, convertirse en juez, se criticó como una abdicación del oficio. Tarea del historiador -no sólo en España; cada Estado, cada nación, tiene en el siglo XX un terrible pasado del que no se ha hecho justicia: los alemanes, desde luego; los rusos, que no les van a la zaga; pero también los franceses, colaboracionistas; y los británicos, planificando y ejecutando incendios de ciudades indefensas, sin valor militar o estratégico alguno, con el propósito hoy documentado de aniquilar fríamente, científicamente, población civil en una gran hoguera en la que podían sucumbir decenas de miles de personas de una sola vez, decenas de Gernikas juntos- tarea del historiador tendría que ser, por tanto, recuperar la memoria, o sea, no exactamente conocer esos pasados, sino exigir justicia.