Basta con que los centros emisores de relatos cambien o se multipliquen para que la supuesta memoria histórica se modifique, revelando en esa misma transformación su carácter de adoctrinamiento, no de vinculación afectiva a un pasado vivido por el mismo sujeto o por su grupo de referencia. Lo llamamos memoria porque estamos habituados a pensar las sociedades como entes dotados de idénticas facultades y carencias que los individuos, por comodidad y porque se refiere a un pasado vivido por gentes con las que creemos mantener algún tipo de relación. Es enternecedor escuchar a algún convencido de la eternidad de la nación expresarse en primera persona del plural cuando se refiere a hechos del pasado: cuando nos invadieron los árabes, por ejemplo, o cuando descubrimos América, un tipo de afirmaciones que tiene el mismo sentido que decir que una sociedad está enferma de desmemoria o de amnesia. Más que memoria viva, esos relatos elaborados y difundidos desde instituciones de poder son la costra solidificada como resultado de una política de la historia que se desprende de la piel a la menor ocasión. Los nacidos en los años siguientes a la guerra civil disponemos de una rica experiencia -de una verdadera memoria, puesto que forma parte de nuestra experiencia vivida- a este respecto: no tuvimos acceso más que a un gran relato de la guerra que, de buenas a primera, sucumbió como un castillo de naipes. ¿Merecía esa costra el nombre de memoria histórica? ¿Era nuestra memoria? No, en absoluto: era no más que la imposición de una representación o redescripción del pasado construida desde el poder; no era una memoria, era una mentira; o mejor dicho: como era la memoria de otros, era una mentira histórica para nosotros.
Por eso quizá esa misma gente sometida a un proyecto consciente de imposición de una memoria, más que guiada por un ansia de recuperarla, se sintiera saturada de ella y estuviera sobre todo interesada no en recordar, sino en conocer el pasado, en investigar, en saber qué pasó: la memoria recibida había ocultado la verdadera historia. La guerra había afectado dramáticamente a nuestros padres, que, en la mayoría de los casos, no hablaron de la experiencia por ellos sufrida, especialmente si engrosaron el bando de los perdedores. Habíamos quedado expuestos, sin ninguna protección posible, sin ninguna ventana que nos permitiera sentir otros vientos, vislumbrar otras perspectivas, al discurso de los vencedores tal como quedó codificado y fue difundido por la Santa Madre Iglesia. Madre porque su relato buscaba sanar al enfermo, depurarlo, conducirlo, guiarlo; santa porque hablaba el sagrado lenguaje de la resurrección por la muerte. Se sabe bien cuál fue el discurso de la Iglesia sobre la guerra como cruzada por la que una patria se salvó del abismo al que la conducían sus enemigos. No es preciso insistir aquí en ese mito de salvación, mito en el sentido fuerte de la palabra, no en la creciente degradación de su significado en las cubiertas de tantos libros que hablan más bien de leyendas o cuentos edificantes, que son otra cosa. Mito era el gran relato sagrado de la guerra y en ella los niños nacidos poco antes o poco después de su fin encontraron refugio: no sabían nada de la guerra, no conocían lo que había realmente ocurrido, pero vivían saturados de su «memoria» tal como les era transmitida por quienes detentaban el poder, no una parcela de poder, sino todo el poder.
Luego, cuando aquellos niños de la guerra llegaron al uso de la razón se rebelaron -muchos de ellos, claro: estas cosas nunca pasan por igual a todo el mundo- contra la memoria recibida; dejaron caer el mito; apostataron de las virtudes terapéuticas de aquel relato; lo denunciaron como mentira y a sus maestros los desdeñaron como impostores en el peor caso, como no maestros en el mejor. De pronto, el mito transportado por la memoria colectiva de quienes lo celebraban se vació de toda su capacidad salvadora y dejó a la vista su carcomido esqueleto como leyenda de consolación que pretendía ocultar lo que verdaderamente había ocurrido; aquélla era una memoria impuesta, la memoria de los vencedores. Y porque muchos de aquellos jóvenes eran hijos de vencedores, la rebeldía contra el relato recibido adquirió el contenido de una rebelión contra los padres. No fue extraño que así ocurriera; es, al parecer, ley de vida: no creer la historia que cuenta el padre -si es que efectivamente papá se decidió a contar alguna historia. Los hijos de los vencedores dejaron de creerla; más aún, la recusaron, como mentira y engaño.
Lo decisivo fue que, habiendo sido el adoctrinamiento común para los hijos de los vencedores y de los derrotados, la recusación fue también la misma. En esa imposibilidad de crear una comunidad de memoria que implicara a padres e hijos en la misma celebración de un pasado de guerra radica, quizá, la razón de que al rechazar el gran relato contado por la Iglesia como agencia de creación de sentido, los hijos de vencedores y vencidos no lo sustituyeran por otro; no llenaran el lugar antes ocupado por la memoria impuesta por otra memoria colectiva, la de los vencidos; en realidad, carecían de una representación del pasado con la que sustituir a la que se les había impuesto. Para alimentar representaciones alternativas tendrían que haber oído otros relatos, rastrear otras huellas. Los padres derrotados, depurados, no pudieron transmitirlas. Y no sólo porque vivieran censurados, sumidos en el silencio, sin posibilidad de expresarse públicamente, sino porque lo que contaban en reducidos círculos era muy fragmentario y hablaba sobre todo de luchas intestinas, de traiciones de los del mismo campo: cuando un joven de los años cincuenta o sesenta escuchaba con sus oídos bien abiertos lo que quisiera contarle un anarquista se encontraba con que la culpa de todo, de la derrota, del exilio, la tenía un comunista; y si escuchaba a un socialista, el peor culpable era otro socialista, Prieto, por ejemplo, que se había opuesto a Largo Caballero; o Negrín, que se había vendido a los comunistas; y si escuchaba al comunista..., bueno, si escuchaba a un comunista, lo que decía después de 1956 era que de la guerra mejor olvidarse, que era ya la hora de la reconciliación, una manera de mirar al pasado que encontró amplio eco entre los cristianos que dejaron de creer la historia contada por su Iglesia.
Aquellos jóvenes prefirieron, pues, no fiarse de la memoria; más aún: optaron por echar la guerra al olvido en un sentido muy preciso: la consideraron como historia, como un pasado clausurado, algo que había afectado a sus padres, pero de lo que era preciso librarse si se quería desbrozar el único camino que podía reconducir a la democracia, a la libertad. No queremos compartir los odios del pasado, decía un manifiesto firmado por universitarios de Barcelona en 1957. La guerra era sencillamente historia, objeto de conocimiento, no de memoria; su herencia no era bien venida. Fue entonces, cuando iban mediados los años sesenta, cuando muchos de estos jóvenes, por rebeldía contra los relatos impuestos, decidieron conocer lo que había ocurrido: tuvieron que hacerlo comprando fuera libros escritos por extranjeros: historias de la guerra, novelas escritas cuando la guerra: Thomas, Jackson, Malraux, Bernanos, tantos otros. Poco a poco, cuando ya iba vencida esa década, fue posible adquirir libros escritos por los mismos protagonistas de la guerra. Se conseguían, en medio de la penuria general, en salidas a París o Londres, o a través de librerías que importaban algunos ejemplares y los escondían en la trastienda para venderlos de tapadillo. Así, sobre una recusación de la memoria impuesta y avanzando a tientas fuimos conociendo el pasado.