Vivimos desde hace unos años, no sólo en España, bajo el signo de la memoria. Antes, hace como unos treinta años, nos interesaba qué había ocurrido durante la República y la guerra civil: establecer los hechos, interpretar los textos, analizar las situaciones. Hoy, cuando una nueva generación de historiadores, literatos, críticos de la cultura nacidos en torno a la transición ha pasado a ocupar la primera fila, ya no interesa tanto lo que ha pasado sino su memoria; no los hechos sino sus representaciones, que adquieren una especie de existencia autónoma, independiente de los hechos representados.
Los motivos de esta inflexión en el interés hacia el pasado guardan alguna relación con la crisis de una concepción de la historia como herramienta de transformación social, coetánea de la crisis de los paradigmas estructuralistas con su inherente determinismo y de los sistemas políticos de socialismo real. Falta de iluminar el futuro, la historia en cuanto conocimiento crítico del pasado ha perdido buena parte de su atractivo, que ha cedido a la memoria, entendida ahora como herramienta para transformar si no el pasado -puesto que el pasado es inamovible y del futuro no sabemos nada- al menos su representación.
Esta tendencia general a la saturación de memoria ha encontrado, en el caso español, especiales motivos en un pasado reciente con todos los ingredientes para ser contado al modo de tragedia culminada en una coda que transmite al espectador-testigo un difuso sentimiento de culpa. Un gran proyecto de transformación del mundo, una expectativa de cambio no sólo del Estado sino de la vida: con esta escena preñada de promesas comienza el gran relato. Luego, las expectativas se convierten en conflictos y las promesas en frustraciones. Nuevos sujetos irrumpen en escena dispuestos a boicotear todos los proyectos de transformación del mundo; el conflicto se agudiza hasta que fatal, inevitablemente, los portadores de la promesa y los que han sembrado de obstáculos su realización se enzarzan en una guerra de exterminio. Derrotada la promesa, triunfa el horror. Una dictadura de cuarenta años se construye sobre el solar devastado y cuando el artífice principal del crimen rinde su vida, los espectadores de la tragedia, paralizados por el miedo, dominados por la aversión al riesgo, no se atreven a volver al punto en que aquella historia se truncó, prefieren olvidar el pasado, disimular como si nunca hubiera ocurrido y firmar un pacto de silencio con el propósito de salir adelante como sea. La amnesia, la desmemoria, el olvido, el silencio lo impregnó todo, afectando así desde su raíz al nuevo sistema político en construcción que es el que ahora tenemos.
Frente a tamaña abdicación, la recuperación de la memoria se propone como ejercicio de psicoanálisis colectivo para traer a la conciencia todo el pasado refoulé -la inspiración francesa es obvia- y liquidar con eso el tiempo de silencio y de amnesia, devolver a los españoles una facultad que habían perdido, privándoles de verdadera humanidad, convirtiéndolos en especie de simios errantes y desorientados por el mundo. De ahí el alud de artículos, libros, proyectos de investigación, ciclos, seminarios, publicados o convocados durante los últimos años bajo la consigna de que es preciso recuperar la memoria. Preciso para volver a ser humanos, para curar a la sociedad de esa enfermedad crónica que la atenaza y bloquea, para reme diar los déficit de la democracia, para subsanar las cesiones de entonces, para abordar el futuro sin miedos ni complejos y, no en último lugar, para hacer justicia al pasado. Como si se dijera: debido a aquella desmemoria, nada vale de lo que entonces se hizo. Es preciso volver al punto de partida, no exactamente al de la tragedia, no a 1931, menos aún a 1936, sino al momento en que se decidió, amarrado en un doble pacto de amnistía política y amnesia histórica, olvidar la tragedia para, recuperada la memoria perdida, iniciar el camino de una nueva transición deslegitimando lo que entonces, por miedo, quedó legitimado.
La urgencia de esta recuperación de la memoria ha encontrado, en un mercado que todo lo fagocita, amplias oportunidades para manifestarse. Ciertamente, no todo lo que pasa por memoria es exactamente memoria. A veces, por rutina, porque ésa es la moda o el requisito del mercado, se llama ahora memoria a lo que realmente es historia. Por ejemplo, cuando se escribe de la represión. No muy seguros, al parecer, los editores de esos trabajos de la acogida que vayan a tener entre el público, los presentan invariablemente como una especie de elixir para trocar el olvido por memoria. No -es preciso insistir- la ignorancia por el conocimiento, sino el olvido por la memoria, que son cosas diferentes, pues de una carencia de conocimiento no puede siempre derivarse una culpa; pero de un hueco de memoria alguien siempre es culpable. Lo que realmente se nos dice cuando se nos exige recuperar la memoria es que hemos olvidado culpablemente a los fusilados, a las Trece Rosas, a los enterrados en fosas, a los presos en campos de concentración. Y así libros que son realmente de historia, pero que temen quedarse sólo en historia, se presentan bajo el señuelo de la memoria recuperada, de la ruptura del silencio o, más freudianamente, del retorno de lo reprimido que por fin aflora a la conciencia.
Todo esto constituye un abuso de las palabras. Nadie recuerda ni puede recordar lo sucedido fuera del ámbito de su propia existencia, escribió Francisco Ayala. Lo que sí puede es conocer algo que ignoraba, pero no recuperar como memoria algo que nunca ha vivido ni, por tanto, perdido. Memoria colectiva, memoria histórica y otras denominaciones equivalentes no existen fuera de una concepción organicista de la sociedad y no es sorprendente que hayan sido sociólogos franceses, herederos de Durkheim, quienes tanto han insistido en estas figuras. Una sociedad puede ser adoctrinada respecto a su pasado si sus miembros viven sometidos a un régimen de poder absoluto o dictatorial dotado de un centro único de producción de relatos sobre el pasado. Pero eso no es memoria histórica, eso es política de la historia, eso es contar el pasado como instrumento de legitimación del presente. En nuestro tiempo, pródigo en totalitarismos de diverso signo, han sido los regímenes nacionalistas los que han acumulado más experiencia en este empeño: la tuvo el nazismo, la tuvo el franquismo y la tienen hoy, en otra dimensión puesto que deben manejarse en marcos institucionales democráticos, los nacionalismos vasco o catalán.
Sin duda, los miembros de cualquier sociedad tienen alguna idea, algún tipo de comprensión de lo que ha ocurrido en el pasado a su grupo social y, en el tiempo de las naciones, a su comunidad nacional, y se sienten vinculados por algún tipo de valores y símbolos. Los poderes públicos se han encargado profusamente durante los siglos XIX y XX de elaborar representaciones de sucesos del pasado que mantengan activo su recuerdo y su celebración como momentos que configuran el ser de la nación y legitiman el poder establecido. Metafóricamente, por tratarse de representaciones que afectan a recuerdos vividos por los ancestros de los sujetos que las asimilan como un valor propio, a esa constelación de símbolos, creencias o mitos se la denomina memoria histórica, construida a base de huellas de ese pasado llegadas en relatos verbales, en monumentos, en la trama de las ciudades, en los nombres del viario. En la medida en que un miembro de esa sociedad no haya tenido acceso a más de un relato, su «memoria» se configurará de forma unitaria. Imponer una memoria colectiva o histórica es propio de regímenes autoritarios o de utopías totalitarias.