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Revista de Occidente 301 Revista de Occidente

¿Importa ser nación? Lenguas, naciones y Estados

por Emilio Lamo de Espinosa
Revista de Occidente nº 301, Junio 2006

Número de páginas: 5
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¿Algún ejemplo al menos? Con modestia apunto que creo que sí disponemos de algún buen ejemplo de democracia moderna que acepta la diversidad sin por ello celebrarla o mitificarla: una nación constituida alrededor de una pluralidad de etnias, emigrantes y culturas, y sin lengua oficial alguna, multicultural pues, pero igualitaria y democrática, la primera «sociedad multirracial del mundo», como la denomina Pascal Bruckner. Hablo, por supuesto de los Estados Unidos, una «nación de nacionalidades», como la denomina Sartori, con terminología ciertamente curiosa vista desde hoy y desde aquí y si se la compara con la definición ya dada de Montesquieu. ¿Es casual que sean los Estados Unidos el país que sigue integrando más y mejor a sus emigrantes, mientras los europeos fracasamos, ya sea con modelos alemanes o con modelos franceses, o incluso con los multiculturales? «Si algo puede enseñarnos Estados Unidos -dice Pascal Bruckner- es el sentido de nación».Pero recordemos que incluso el país que más y mejor integra emigrantes, el país que ha sido históricamente un cementerio de lenguas y culturas, puede llegar a ser bilingüe en inglés y español, y lo es ya en muchas de sus principales ciudades.
Pero la última conclusión que deseaba sacar, y quizás es la más importante, es que este cuchillo corta por los dos lados. Pues si el modelo del Estado-nación no nos vale, menos aún vale el de la nación-Estado. Y me sorprende una y otra vez que los mismos que critican al Estado-nación, con bastante razón, proponen como solución más de lo mismo, es decir nación-Estado. Lo que es tanto como decir «quítate tú que me voy a sentar yo».
Es cierto que los Estados deben renunciar a la pretensión decimonónica de construir naciones culturales «normalizando» sus oblaciones, renuncia que es ya efectiva en casi todo el mundo desarrollado, y ni siquiera la jacobina Francia está ya en condiciones de pretender «nacionalizar» su población, a pesar de haberlo intentado. Pero si los viejos Estados democráticos han renunciado en casi todas partes a su vocación de naciones puras, los viejos nacionalismos no han hecho lo mismo, y tanto aquí, en España, como en Europa, en los Balcanes, el Cáucaso, incluso en América Latina y en muchos otros lugares, mantienen viva la llama del nacionalismo, aprovechando cualquier poder del que disponen para «nacionalizar», homogeneizar o «normalizar» «sus» territorios (todo con muchas comillas) con ánimo indudable de construir nuevos Estadosnación. Es como pretender resolver un problema del siglo XXI con soluciones del XIX .
Hace años Juan Linz nos mostró que el nacionalismo español se caracterizaba por un doble fracaso. El Estado decimonónico no llegó a nacionalizar, «hispanizar», todo el territorio, y se le escaparon al menos dos o tres regiones. Pero tampoco en esas regiones sus nacionalismos consiguieron euskaldunizar o catalanizar a toda su población, sin duda porque el proyecto político nacionalista entró en contradicción con las exigencias del desarrollo económico y de emigración de mano de obra. Doble fracaso de los dos nacionalismos simétricos, que ha producido una doble pluralidad o una dobla identidad. O, por decirlo de otro modo, no un Estado plurinacional, en el que las naciones se sitúan en un plano como piezas de un puzzle que hay que armar, sino como una doble nación de nacionalidades y ciudadanos. Pues si los Estados son plurales, también lo son sus regiones, e incluso más aún que los Estados. Por ejemplo, en la Cataluña real sólo un 16 por 100 de los ciudadanos se sienten sólo catalanes, y ni siquiera quienes se sienten primordialmente o sólo catalanes serían una mayoría (son sólo el 43 por 100). Incluso ahora mismo ni siquiera hay una clara mayoría de catalanes que crean que Cataluña es una nación. De modo que igualmente podríamos decir que Cataluña es una nación, sí, pero una nación ...española.
Otro ejemplo. La Constitución española habla de cuatro lenguas «españolas», aunque tres de ellas son lenguas nativas de menos de un 10 por 100 de la población. Pues bien, el borrador de Estatuto de Cataluña considera que el castellano no es lengua «propia» de Cataluña, aunque sea lengua nativa de más de la mitad de los catalanes, concretamente del 53 por 100. Es manifiestamente exagerado pensar que se hace hoy con el castellano en Cataluña lo mismo que se hacía con el catalán durante el franquismo. Cierto. Pero ¿cómo denominar al estigma que rodea el uso del castellano en el Parlamento de la Generalitat, una lengua que es nativa de la mitad de los catalanes?.
Hace años se dijo en relación con Canadá: Canadá no desea expulsar a Quebec; son algunos quebecois quienes desean expulsar a Canadá de Quebec; el problema no es el lugar de Québec en Canadá sino el de Canadá en Quebec. Pues bien, el problema no es ya el del lugar de Cataluña o del País Vasco en España, que está resuelto y bastante bien resuelto hace tiempo con la Constitución de 1978 y los Estatutos de Autonomía, aunque sin duda admite mejoras. Lo que discutimos hoy, me temo, es el del lugar de España y de lo español en Cataluña o en Euskadi, que es cosa muy distinta.
Y regreso al principio. «Repito una vez mas -dice Ortega-... El Estado empieza cuando se obliga a convivir a grupos nativamente separados. [Pero] esta obligación no supone desnuda violencia, sino que supone un proyecto ...una tarea común... Se llama a las gentes para que juntas hagan algo».
Se llama a las gentes para que juntas hagan algo. El Estado, y la nación dentro de él, son un proyecto de futuro. El pasado es siempre un juego de suma cero: o son tuyos o son míos los papeles. Alguien tuvo que tener la culpa de lo que ocurrió, o vosotros, o nosotros. Pero el futuro está abierto y en él nos fusionamos en la esperanza de alcanzar más para todos. Lo que necesita España no es historicismo sino futurismo, no buscar mapas del XIX sino ver dónde estaremos a finales del XXI , no rebuscar títulos históricos o viejos legajos sino ganar diplomas que acrediten que somos competentes en ciencia o en ingeniería.
Ser una nación, o no ser una nación, y esto es lo que he tratado de argumentar, ni da ni quita derechos. Pero, eso sí, mientras discutimos apasionadamente si son galgos o podencos, y dedicamos a ello todos nuestros recursos políticos (Plan Ibarretxe primero, Estatuto de Cataluña después, quién sabe qué más adelante), el tiempo se nos pasa discutiendo, nuestra economía pierde competitividad, las exportaciones se hunden, las entradas de capital extranjero se ralentizan, las empresas se deslocalizan, la economía del conocimiento no acaba de arrancar ¿A quién le importa cuántas naciones somos si, mientras lo discutimos, todas ellas, emperradas en arreglar el pasado, pierden el futuro?
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