En Cataluña, por ejemplo, y junto a quienes se sienten catalanes pero no españoles o españoles pero no catalanes, tipos humanos bien conocidos, emergen otros dos tipos humanos, hasta ahora casi ignorados. De una parte quienes se siente muy catalanes y muy españoles al tiempo; casi un 50 por 100 de los catalanes se sienten máximamente catalanes, pero hete aquí que la mitad de ellos (así pues, no menos de un 25 por 100 de la población) se sienten también máximamente españoles. Y de otra, por supuesto, quienes se sienten poco o nada catalanes pero también poco o nada españoles, no menos de un 10 por 100, personas, ciudadanos a quienes olvidamos sistemáticamente. De modo que sí, nación de naciones, pero también de simples ciudadanos no encuadrados ni identificados con ninguna. Tanto o más que incompatibilidad de sentimientos, lo que vemos es que hay tipos humanos que vibran en todos los diapasones, y otros que, al parecer, no lo hacen en ninguno.
Y lo estamos liando aún más...
Saquemos ya una primera conclusión, bastante rotunda: aun aceptando amplísimos márgenes de error en todas estas cuantificaciones, ni estamos ni hemos estado nunca en la ecuación lengua = nación = Estado. No hay crisis del Estado-nación; es que siempre ha sido una mentira o al menos una media verdad. Y por muchas vueltas que le demos, la distribución de varios miles de lenguas y de etnias entre pocos cientos de Estados da como regla Estados multilingüísticos y multiétnicos y naciones multiestatales.
Pero es que además, aunque hubiera sido así, aunque Dios sí hubiera hecho el mundo social ordenado como lo desean los nacionalistas, los humanos nos hemos entretenido en estropearle el diseño y lo estamos haciendo irreconocible.

FUENTE: ONU-HABITAT 2004; Oficina de Censos de EE.UU., 2004b; Proyecto Ciudades Mundiales 2002: Oficina de Estadísticas de Australia 2001; Statistics Canada 2004. |
En 1975 había sólo 84 millones de emigrantes; hoy son bastante más de 200 millones, y se estima que anualmente emigran otros 2 millones y otros tantos solicitan asilo, de modo que asistimos a una segunda oleada de migraciones internacionales sólo comparable (pero bastante superior) a la de finales del XIX .
Pero no sólo la cantidad de emigración, también su calidad o composición. A finales del pasado siglo emigraban anualmente a Estados Unidos unos 90.000 mexicanos, algo bien conocido. Pero también 55.000 rusos, 51.000 filipinos, 42.000 vietnamitas, 39.000 dominicanos y 35.000 chinos. Otro tanto ocurre en Canadá y, como es bien sabido, incluso aquí en España, donde son ya 4 millones, un millón en Madrid. El resultado es, por una parte, que los emigrantes son más del 15 por 100 en Madrid, el 20 por 100 en París, casi el 30 por 100 en Londres, cerca del 40 por 100 en Nueva York, por encima del 40 por 100 en Los Angeles, y más del 50 por 100 en Toronto, Vancouver o Miami, donde la minoría es ya mayoría. Y con una composición crecientemente compleja que se aleja más y más del modelo clásico de mayoría y minoría. Hay colegios de Madrid y Barcelona con más de 40 minorías lingüísticas, pero son más de 200 lenguas las que se manejan en las escuelas de Nueva York.
La consecuencia de todo ello es la emergencia de «ciudades globales», literalmente microcosmos del mundo, en las que las fronteras políticas se dislocan en relación con las fronteras culturales, que devienen lo que hace años llamé microfronteras: gentes con variadas creencias religiosas, lenguas maternas, perteneciendo a distintos grupos étnicos, con variados hábitos culinarios o vestidos, que viven juntos coexistiendo (y eventualmente conviviendo) en las mismas fábricas, oficinas, universidades, supermercados, hoteles, museos o discotecas. Y por ello, más allá del regusto positivo o negativo que pueda producirnos el vocablo «multiculturalismo», y mas allá de repetidas discusiones filosóficas sobre el relativismo cultural (que no comparto en absoluto), el multiculturalismo es un hecho, una realidad que se juega cotidianamente en andamios, en invernaderos, bares, plazas, discotecas o simples rellanos de la escalera. El mundo se ha llenado de espacios sociales de convivencia multicultural. El mismo mundo es ya él un espacio multicultural, como acabamos de ver con la guerra de las caricaturas de Mahoma.
Y quiero destacar finalmente, antes de concluir, que la «creencia» en el Estado-nación homogéneo, al igual que la simétrica creencia en la nación-Estado, no son, en absoluto, creencias inocentes. Pues las creencias son performativas, pretenden realizarse, se transforman en profecías que se autocumplen: como somos una nación, vamos a ser una nación, para lo que tenemos que desembarazarnos de quienes no están de acuerdo en que somos una nación. Y se da así la paradoja de que una de las más importantes causas de las actuales emigraciones internacionales es justamente el intento de purificación étnica, de «limpieza étnica» de muchos Estados multiétnicos, el intento pues de construir Estados-nación o naciones-Estado, que expulsan población «impura», que pasa a reforzar la diversidad étnica o cultural de otros Estados vecinos.
Ya el Informe del Alto Comisionado de la ONU para los refugiados del año 1994 señalaba que la mayoría de los 24 millones de personas desplazadas fuera del territorio de sus países eran fruto de guerras civiles de carácter étnico, como los conflictos en la ex Yugoslavia o Ruanda o los anteriores de Biafra o los actuales en Sudan. De hecho, es paradójico que hoy el mundo asista a una notable reducción de la conflictividad bélica clásica, es decir, interestatal, al tiempo que crece desmesuradamente la conflictividad intraestatal, la mayoría derivada de conflictos nacionales.
Algunas conclusiones antes de acabar
¿Qué conclusiones podemos sacar de todo ello?
La primera es que, como ha escrito Vaclac Havel, «se perciben todos los indicios de que la gloria del Estado-nación como culminación de la historia de toda comunidad nacional, y su más sublime valor en la tierra -el único, de hecho, en el nombre del cual es permisible matar, o por el cual se espera que muera la gente- ya ha pasado su punto álgido. En el próximo siglo -este siglo ya, continua Havel- [...] la mayoría de Estados empezarán a evolucionar [...], hacia unidades administrativas menos poderosas y más racionales [...] una de las muchas formas complejas y multiestratificadas en las que se organiza nuestra sociedad planetaria». Creo que es una opinión bastante sensata.
Reforzada por el hecho de que pretender que los 191 Estados reconocidos por Naciones Unidas se asienten sobre demos o pueblos culturalmente homogéneos es hoy un sinsentido. Pues, o bien multiplicamos los Estados para ajustarlos a las etnias/naciones/lenguas, hasta hacer el mundo políticamente inmanejable, y ya lo es con los Estados existentes, o bien modificamos nuestra idea del Estado-nación separando la lealtad y la pertenencia a un Estado de la identidad cultural, diferenciando pues entre fronteras políticas y fronteras culturales. Lo que, si se piensa un poco, no es sino profundizar en la tendencia a la secularización del Estado que comenzó ya en el siglo XVII tras las guerras de religión. Si los Estados no tienen religión, ¿pueden tener culturas propias, que son en todas partes un derivado de las religiones? Dejo para otra ocasión el intento de elucidar los múltiples matices de esta pregunta y de su compleja contestación.
En todo caso, y ésta sería la tercera conclusión, hasta el momento hemos gestionado democracias culturalmente homogéneas. Pues bien, sospecho que debemos aprender a gestionar democracias de la diversidad cultural, sociedades en las que demos por supuesto que, cuando dos personas se encuentran al azar, hay un 50 por 100 de probabilidades de que pertenezcan a distintos grupos etno-lingüísticos. ¿Cómo? No es fácil, pues la homogeneidad es simple, pero la diversidad es, por definición, diversa. Y por ello, aunque es quizás sencillo definir lo que no se debe hacer, es dudoso que encontremos una solución única.