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Revista de Occidente 301 Revista de Occidente

¿Importa ser nación? Lenguas, naciones y Estados

por Emilio Lamo de Espinosa
Revista de Occidente nº 301, Junio 2006

Número de páginas: 5
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Datos agregados que encubren una tremenda dispersión. Así, el continente más «normalizado» es, con gran diferencia, Europa. La media europea de lenguas por país, sólo 5,3, es casi la sexta parte de la media mundial de 30, y quizás por eso Europa, y sólo Europa, ha podido creer durante tanto tiempo en la ecuación lengua =nación = Estado.

FUENTE: Gordon, Raymond G., Jr (ed.),2005. Ethnologue: languages of the World, Fifteenth edition. Dallas, Tejas, http://www.ethnologue.com
El resultado final (son estimaciones de Jacques Leclerc, del Centre International de Recherche en Aménagement Linguistique(CIRAL) de la Universidad Laval de Canadá), es que sólo habría 25 Estados lingüísticamente homogéneos, entendiendo por tal que el 90 por 100 o más de la población habla la misma lengua. Y llama poderosamente la atención el que casi todos ellos (salvo cuatro: Bangla Desh, Japón, Corea y Polonia), son países pequeños, de 10 millones o menos de población.
De modo que, contra una extendidísima creencia (y llamo de nuevo la atención sobre el concepto orteguiano de «creencia»), menos del 15 por 100 de los Estados (que engloban menos del 10 por 100 de la población del mundo) son lingüísticamente homogéneos. Así, si vivir en un Estado-nación tiene una probabilidad de un 1 o un 2 por 100, como mucho, vivir en un Estado lingüísticamente homogéneo tiene una probabilidad aproximada de un 10 por 100.
No quiero abrumar con datos, y menos de carácter técnico. Pero no resisto la tentación de comentar el índice de fraccionamiento etno-lingüístico, un indicador elaborado para casi todos los países del mundo, y que mide la probabilidad de que dos personas de ese país que se encuentren al azar pertenezcan a dos grupos etno-lingüísticos diferentes. Es pues una medida de pluralismo étnico y/o lingüístico, que es igual a 0 si todos los miembros de ese país pertenecen al mismo grupo, y se aproxima a 1 a medida que aumenta la diversidad. En este caso utilizo el índice construido para 145 países del mundo por Anthony Annet, de la Universidad de Columbia, y que se puede obtener en la página web del Fondo Monetario Internacional (puede verse en : A. Annet, Social Fractionalization, Political Instability and the Size of Government , IMF Staff Papers, vol. 48, 3, IMF, 2001;http://www.imf.org/External/Pubs/FT/staffp/2001/03/pdf/annett.pdf.)
Pues bien, sólo 15 de los 145 países para los que se dispone de índice lo tienen inferior al 10 por 100, es decir, en ellos la probabilidad de que dos personas al azar pertenezcan a dos grupos lingüísticos es inferior a 1 de cada 10. Por cierto, casi todos países europeos (ocho; los otros son Corea, Japón, Arabia Saudita, Túnez y tres pequeñas islas: Comores, Seychelles y Tonga). La media para los 145 países es, justamente, el 48 por 100. Es decir, la probabilidad media de que, en un país tomado al azar, dos personas que se encuentran al azar pertenezcan al mismo grupo etno-lingüístico es del 50 por 100. Como tirar una moneda al aire.
Como vemos, lenguas, naciones y Estados no parecen ajustarse entre sí. La distribución del territorio del mundo entre las naciones y la distribución de ese mismo territorio entre los Estados no se solapan. Entremos por ello en el tercer argumento. Veamos a las naciones en el espacio y no sólo en el plano. Pasemos a un mundo tridimensional.
Naciones de naciones
Pues padecemos un raro defecto de geometría política -otra creencia más- que nos hace ver como algo obvio que las naciones se distribuyen sobre un espacio plano, unas al lado de las otras, como mónadas auto-suficientes que no se pueden mezclar. Sin embargo las culturas (como las lenguas y las naciones), no sólo se distribuyen horizontalmente, unas al lado de otras, como realidades extensas, sino también -y sobre todo- verticalmente, como familias culturales y realidades intensas, de modo que, además de culturas locales, hay culturas nacionales, culturas regionales que abarcan a varios países (como la latinidad, por ejemplo) y «civilizaciones» o culturas de tercer y cuarto nivel.
Esto, tan obvio por lo demás, es lo que hace comprensible que la gente se sienta al tiempo, por ejemplo, del Ampurdán, catalán, español y europeo, e incluso ciudadano del mundo, todo ello en proporciones variables. Por ejemplo, en España, y el tema está estudiado hasta la saciedad, menos de un 20 por 100 de los españoles se siente sólo españoles, y algo menos de un 10 por 100 se sienten sólo de su región. Los demás (más del 70 por 100) combinan identidades nacionales y regionales en porcentajes variados. De hecho, esa doble identidad abarcaría a más del 60 por 100 de los vascos, más del 70 por 100 de los catalanes y más del 90 por 100 de los gallegos. Y hay que resaltar que España es de los países del mundo con identidades regionales más fuertes y marcadas pero con un menor nacionalismo español.
Y, por supuesto, lo que ocurre dentro de los países se repite hacia afuera: los datos del Eurobarómetro muestran que algo menos de un 5 por 100 de los europeos se sienten sólo europeos; los demás son daneses, o italianos, o franceses... y europeos en proporciones variables. Recordemos que fue Montesquieu quien en sus Réflexions sur la monarchie universelle en Europe , escritas en 1727, y al hilo de su dura crítica a la monarquía española, comentó que «l'Europe n'est plus qu'une nation composée de plusieurs», Europa es una nación compuesta de naciones. Y de hecho, si pretendemos articular una identidad europea, sólo podremos hacerlo como pensaba Montesquieu, que es también el modo como en España estamos intentado articular las varias identidades: no como mónadas que se repelen, sino como un juego de muñecas rusas, unas encima / debajo / dentro de otras. De modo que los Estados son, no sólo naciones de naciones, sino también naciones de naciones... de naciones, y así sucesivamente hasta abarcar a la humanidad entera.
Pero cuidado, nación de naciones... pero también de ciudadanos. Y creo que los sociólogos hemos hecho un flaco favor a la comprensión de este complejo problema al aceptar (nosotros también; otra vez las creencias) que las naciones son mónadas, supuesto implícito en la pregunta clásica: es usted sólo catalán, más catalán que español, ambas cosas por igual, etcétera., una pregunta importada de Quebec y que nos hace visualizar el tema binariamente: o lo uno o lo otro, como vasos comunicantes. Y esto es un error científico y político, pues la gente compatibiliza ambas cosas (y muchas más, por supuesto) sin dificultad alguna, y lo que les incomoda es que se les obligue a elegir, algo así como cuando a un niño se le pregunta a quién quiere más, a papa o a mamá. ¿Por qué voy a tener que elegir?.
Así, cuando se ha hecho el experimento de indagar los niveles de identidad regional y nacional, uno al margen del otro, y no «uno u otro» -como ha hecho Joaquín Arango-, lo que se descubre es algo muy interesante. La mayoría de los españoles, siete de cada diez, se declaran máximamente españoles, es decir, escogen el 10 cuando se les pide que marquen su españolidad en una escala del 1 al 10. Pero más de la mitad de ellos se declaran, al tiempo, y no «a pesar de», máximamente murcianos, riojanos, canarios o manchegos o valencianos.
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