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Revista de Occidente 301 Revista de Occidente

¿Importa ser nación? Lenguas, naciones y Estados

por Emilio Lamo de Espinosa
Revista de Occidente nº 301, Junio 2006

Número de páginas: 5
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Es importante entender que ambos modelos reproducen específicas experiencias históricas de construcción del Estado-nación, la francesa y la alemana. El modelo francés parte de la preexistencia del Estado Absoluto que, tras la Revolución, construye la nación francesa desde arriba, imponiendo la lengua y utilizando como instrumentos privilegiados la escuela y el cuartel, el servicio militar. Y de otra parte el modelo alemán de nacionalidad étnica, que parte de otra experiencia histórica: pues ahora la nación precede al Estado -no al revés. Alemania es ya nación a comienzos del XIX -véanse los Discursos a la nación alemana de Fichte-, mucho antes de la unificación de Bismarck de 1870. Pero lo paradójico e interesante es que el resultado, ya sea porque el Estado hace a la nación o porque la nación hace al Estado, es el mismo: el demos que sustenta al Estado es culturalmente homogéneo: una cultura, un Estado; un Estado, una cultura.
Como sabemos, los modelos de pensamiento tienden a imponerse por su propia sencillez y éste, más simple que sencillo, alcanzó una popularidad abrumadora impulsado por tres espaldarazo prácticos: al desmembrarse los Imperios tras la Gran Guerra del 14, en la descolonización de la segunda postguerra, y tras la caída de la Unión Soviética en los años 90. Y aunque se trata de un pensamiento derivado del historicismo romántico alemán, de Herder y la reacción conservadora de la primera mitad del XIX , hoy forma parte no sólo del arsenal ideológico de la extrema derecha (Le Pen en Francia, por ejemplo), lo que es comprensible, sino también del de buena parte de la izquierda, que ha acabado aceptándolo junto con el derecho de autodeterminación de los pueblos. Tan general es su aceptación que hoy es, no ya una idea, sino más bien una creencia, por volver a Ortega.
Recordemos otro de sus brillantes textos, Ideas y creencias . Tenemos ideas, dice Ortega, y por ello podemos discutirlas y aceptarlas o rechazarlas. Pero las creencias son aquello desde donde pienso las ideas, los instrumentos de mi pensamiento, el punto ciego de mi mirada. De modo que soy muy consciente de mis ideas pero no tanto de mis creencias. Y por ello, tengo ideas pero las creencias me tienen a mí. Es tarea del pensamiento crítico, concluye Ortega, transformar creencias en ideas para poderlas pensar.
Pues bien, esto es lo que me propongo, transformar la creencia en el Estado-nación en idea a desechar. Pues que la lengua es marcador de nacionalidad y que toda nacionalidad tiene derecho a un Estado no es una idea que pensamos sino más bien una creencia que nos piensa y nos posee. Y no sólo a los legos, sino también a los expertos. Tanto que, según el gran sociólogo e historiador Charles Tilly, este supuesto es nada menos que el primero de los «Ocho Postulados Malignos» de la ciencia social del siglo XX : que «el mundo como un todo se divide en "sociedades" distintas, cada una con su cultura, gobierno, economía y solidaridad, mas o menos autónoma». Uno de los grandes teóricos del nacionalismo, Kedourie, lo señaló también al remarcar que el discurso nacionalista se basa en la idea de que «la humanidad se divide naturalmente en naciones».
Estados, lenguas y naciones
Pues bien, ¿es cierto que Dios, con su gran sabiduría, organizó el mundo distribuyendo la humanidad y el territorio entre diversas naciones claramente delimitadas con nítidas fronteras?.
La respuesta es un «no» bastante rotundo. Ni es, ni ha sido nunca así.
Pero antes de seguir, permítanme que haga un poco de metodología. Voy a jugar con tres variables de distinta naturaleza: Estados, lenguas y naciones. Pues bien, la variable Estado es fácil de identificar, de «operacionalizar»: son Estados las entidades políticas reconocidas por la comunidad internacional. Las lenguas son algo más difíciles de identificar, pero disponemos de excelentes censos y bases de datos de la totalidad de las lenguas y de su distribución geográfica. Finalmente la nación es el término más complejo y más difícil porque, como ya señalaba Max Weber, no puede disociarse del poder político. Vinculado (como en la definición del DRAE) a los conceptos de etnia o de raza (este ultimo ya en desuso), es decir a los vínculos de la sangre, y en parte dependiente de la lengua, se presta a todo tipo de interpretaciones. Pero recordemos, etnia es nación en griego; y las naciones fueron, originalmente, las diversas lenguas. Utilizaré por ello dos indicadores de nación: el de etnia, en primer lugar, y el de lengua en segundo. El resultado es casi idéntico, como veremos.
Así pues, comencemos por suponer que etnia y nación son conceptos idénticos. ¿Qué encontramos? Por fortuna disponemos de una muy valiosa cuantificación de la composición étnica de la población del mundo y de su organización política elaborada por G.P. Nielsson a finales de los años 80 a partir del estudio de la distribución de 575 etnias, agregado a su vez de las más de 15.000 principales que pueden identificarse. Y tras analizar la distribución de esas 575 etnias entre los Estados resultaba el cuadro siguiente:
- La gran mayoría de las etnias son de muy pequeño tamaño y, por ello, uniestatales, residen dentro de un Estado.
- Pero, por tanto, la mayoría de los Estados tienen más de una categoría étnica en su seno, son pues Estados pluriétnicos o plurinacionales.
- Y finalmente encontraba también que un buen número de etnias o naciones, en general las más numerosas, estaban a su vez distribuidas entre varios Estados, son pues naciones pluriestatales.
Emerge así un complejo juego entre Estados-nación o Estados plurinacionales, de una parte, y naciones-Estado o naciones pluriestatales, de otra. Y no olvidemos que el modelo de Estado-nación exige que éste sea el único Estado de toda la nación, pero también que ésta sea al tiempo la única nación de ese Estado. Más en concreto, el resultado que obtenía Nielssen es que sólo 28 Estados de los 161 existentes cuando se confeccionó el censo respondían al ideal de correspondencia biunívoca entre nación y Estado.
La investigación de Nielsson utilizaba el censo de Estados existente en 1985, antes de la caída de la Unión Soviética. Pues bien, al repetir el análisis hoy encontramos que no pocos de los nuevos Estados son también plurinacionales. Y así, en un resumen de resultados más reciente, el profesor Isajiw, de la Universidad de Toronto, daba los siguientes datos: de un total de 189 Estados incluidos en el World Factbook de la CIA,
- sólo dos países (Islandia y Japón) listan un solo grupo étnico.
- 8 países incluyen sólo dos grupos;
- 29 al menos tres grupos;
- y, finalmente, 150 países incluyen cuatro o más grupos étnicos.
Así pues, menos de un 2 por 100 de éxito. Por lo que concluía asegurando que «prácticamente todas las naciones-Estado son más o menos multiétnicas». De hecho, como decía Nielsson, hay más relaciones internacionales dentro de los Estados que entre ellos.
Analicemos ahora la otra parte de la ecuación, la que relaciona lengua y Estado. Utilicemos pues la lengua como identificador de nación. Los mismos nacionalistas proceden así, pues las lenguas son efecto y causa de comunidades culturales, y no podemos olvidar que, como recordaba hace poco Sartori, las nationes fueron originariamente las lenguas.
Pues bien, para comenzar hay que señalar que la diversidad lingüística no es menor que la étnica, 6.900 lenguas censadas, si bien la concentración de hablantes en unas pocas es muy fuerte, de modo que las diez lenguas más habladas cubren casi la mitad de los habitantes del mundo.
Podríamos por ello sospechar que la mayoría de los Estados serían monolingüísticos. Pero una vez más la realidad es justamente la contraria: la media de lenguas por Estado es nada menos que 30, consecuencia de que la media de hablantes por lengua es inferior al millón de personas.
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