Tanto el borrador de Estatuto de Cataluña, ya aprobado por el Congreso, como el anterior Plan Ibarretxe, parecen sustentarse en tres afirmaciones básicas: 1) Cataluña o Euskadi son una nación; 2) España no es una nación sino, al parecer, un Estado plurinacional o, como mucho, una nación de naciones; 3) y finalmente, ser nación es algo importante, marca una diferencia, da derecho a algo. De las tres afirmaciones esta última es la crucial pues, si no fuera así, ¿a cuento de qué es importante que Cataluña o el País Vasco sean nación y España no, o al revés? Pues bien, tengo para mí que, mas allá de cuestiones jurídicas o constitucionales, ser o no nación hace tiempo que dejó de ser (o debió dejar de ser) importante. Y para demostrarlo intentaré proceder del siguiente modo.
Expondré, primero, la teoría básica del Estado-nación según la pensamos cotidianamente, el modelo o arquetipo, por así decir. En segundo lugar indagaré si ese modelo se ajusta a la realidad o, por el contrario, la deforma. En tercer lugar, veremos si las tendencias históricas actuales son favorables o desfavorables para ese modelo. Y finalmente trataré de alcanzar algunas conclusiones regresando, ahora sí, inevitablemente, a España.
Introducción
Y permítanme que comience con una cita, que es un resumen perfecto de lo que trato de defender. Luego diré de quién es. Dice así:
El Estado comienza cuando el hombre se afana por evadirse de la sociedad nativa dentro de la cual la sangre lo ha inscrito. Y quien dice la sangre dice también cualquier otro principio natural; por ejemplo, el idioma. Originariamente el Estado consiste en la mezcla de sangres y lenguas. Es superación de toda sociedad natural. Es mestizo y plurilingüe.
Pues bien, no se trata, como puede parecer, de Charles Taylor o algún moderno multiculturalista. Se trata de Ortega y Gasset en el libro más influyente de la sociología española (aunque casi nadie lo lee ya): La rebelión de las masas , recientemente reeditado en el vol. IV de las Obras completas .
Una cita que es todo un programa político, y que podríamos contraponer a esta otra cita de Rousseau en L'Emile ou De l'education (1762), otro programa alternativo:
La educación ha de dar a los alumnos la formación nacional y dirigir hasta tal punto sus gustos y opiniones que se conviertan en patriotas por inclinación, por pasión, por necesidad. Un niño, al abrir los ojos por vez primera, ha de ver la imagen de la Nación y hasta su muerte no ha de ver otra cosa.
La pregunta es, ¿quién tiene razón? ¿Rousseau y su defensa del Estado-nación homogéneo u Ortega y su defensa del mestizaje y la diversidad?
El éxito de la fórmula Estado
Mi objetivo es pues claro: pretendo poner en entredicho el modelo del Estado-nación. Y por ello me interesa comenzar resaltando que, si bien creo que el Estado-nación está en crisis, no podemos decir lo mismo del Estado. Muy al contrario.
En 1945, cuando se crean las Naciones Unidas, estaban constituidas por 44 Estados. Un siglo antes había más o menos la mitad, un par de docenas de Estados. Hoy son 191 en la ONU. Si añadimos el Estado del Vaticano y otros, hay un total de unos 200 Estados en el mundo, de modo que se han multiplicado por cuatro en medio siglo, por diez en dos siglos. Los Estados se han expandido hasta abarcar todo el territorio disponible.
Es cierto que asistimos a una pérdida de soberanía de los Estados, lo que lleva a muchos a afirmar que el Estado está en crisis. Daniel Bell lo señaló hace ya años: el Estado es demasiado pequeño para muchas cosas y demasiado grande para otras. Es cierto.
Pero la globalización, que le roba soberanía, lo vitaliza. Pues globalización es también internacionalización, y en los organismos internacionales están representados los Estados, no los ciudadanos. Las Naciones Unidas son unos Estados unidos, no unas naciones unidas; ése es en buena parte su problema. En la Organización Mundial del Comercio, en el Banco Mundial, en la OTAN, son los Estados quienes están representados. Muchos pensaron que la UE debilitaría a los Estados a favor de las regiones. No ha ocurrido así. Los Estados siguen siendo los actores casi monopolistas del orden internacional, que es, de hecho, un orden interestatal. Se argumenta muchas veces que las grandes empresas multinacionales son tan importantes como los Estados, pero no es cierto. La multinacional más grande ocuparía el lugar 45 en el ranking de Estados.
Podemos hacer una comparación histórica para entender mejor esta paradoja: del mismo modo que la emergencia del Estado liberal decimonónico reforzó la provincia o la prefectura como delegación del Estado responsable de un territorio y de su población, la emergencia de un orden internacional refuerza al Estado como responsable de una «provincia» del mundo. Cuanto más internacionalizamos, más relevancia le damos al Estado como responsable ante la comunidad internacional de lo que ocurre en un territorio y con una población. Ahora bien, cuando había sólo un par de docenas de Estados, era fácil que la mayoría sí fueran Estados-nación. Pero tan pronto el Estado se difunde la dificultad, como veremos, se acrecienta.
Pero veamos antes qué es el Estado-nación.
¿Qué es el Estado-nación?
La Real Academia nos ofrece al menos cuatro acepciones de la palabra nación, a saber: 1) Conjunto de los habitantes de un país regidos por el mismo gobierno. 2) Territorio de ese mismo país. 3) Nacimiento, acción y efecto de nacer. Y finalmente, 4) conjunto de personas de un mismo origen étnico que, generalmente, hablan un mismo idioma y tienen una tradición común. En resumen, una mezcla de al menos cinco elementos: población, territorio, etnia o nación, lengua y Estado.
Pues bien, a la hora de pensar la relación entre todos esos elementos el pensamiento político se ha estructurado a partir de una simple y sencilla fórmula que dice que allí donde hay una lengua hay una nación, y allí donde hay una nación, hay (o debe haber) un Estado. Es decir, las naciones se identifican porque tienen lenguas propias. Y si se es nación, se tiene derecho a ser Estado. Así pues Estado = Nación = Lengua.
Fórmula que no debe leerse sólo de abajo a arriba, de la nación hacia el Estado, sino también de arriba abajo, desde el Estado a la nación. Y ahora lo que resulta es que allí donde hay un Estado debe haber una sola nación, y para ello debe haber una sola lengua.
Así, por poner ejemplos, cuando se dice que el hecho diferencial de disponer de una lengua otorga derechos de autodeterminación o de mayor autogobierno, se argumenta desde la nación al Estado, de abajo a arriba. Pero cuando un Estado trata de imponer una lengua (como intentaba en Francia en 1794 el Abbé Gregoire y más tarde la III República; o como intentan ahora algunos integristas americanos con la política del
English only ), la lógica funciona de arriba a abajo: si queremos tener un Estado viable, debemos crear una sola nación a través de la generalización de una sola lengua. Quienes piensan, por regresar a España, que para que haya un Estado español viable debe haber una sola nación que hable una misma lengua, piensan en términos de Estado-nación. Quienes piensan que, puesto que hay una nación catalana o vasca con lenguas propias, debe haber un
Estat catalá o un Estado vasco, piensan en términos de nación-Estado. Es la misma lógica con dos sentidos. Totalmente opuestos, pero la misma lógica.
