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Revista de Occidente 300 Revista de Occidente

Vitalidad de la deshumanización del arte

por Jorge Urrutia
Revista de Occidente nº 300, Mayo 2006

Número de páginas: 5
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En otro ensayo, «Mallarmé», el filósofo parece distinguir la minoría en virtud de que sepa descubrir lo aludido por el poeta sin haberlo nombrado. Es sabido que Stéphane Mallarmé, en la famosa encuesta de Jules Huret sobre la evolución literaria, declaró que, frente a los parnasianos, quienes presentan las cosas directamente, encuentra preferible tan sólo evocarlas. «Nombrar un objeto -dice- es suprimir los tres cuartos del goce del poema que se consigue por la dicha de adivinar poco a poco; sugerirlo, este es el sueño» [ 10 ] .. Ortega concluye que la poesía únicamente puede ser eso, ocultación y sugerencia. «El nombre directo denomina una realidad, y la poesía es, ante todo, una valerosa fuga, una ardua evitación de realidades» [ 11 ] . Incluso llega a establecer una definición: «La poesía es eufemismo -eludir el nombre cotidiano de las cosas» [ 12 ] .
Esta frase fue comentada por Ramón de Garciasol en Una pregunta mal hecha ¿Qué es la poesía? , un ensayo de 1954. Se trata de un texto olvidado, pero obliga a reconsiderar lo que una crítica generalmente ignara ha escrito de la poesía de postguerra y de su realismo. «En la definición orteguiana -dice- está implícita la sustitución» [ 13 ] , y en poesía no se elude con el silencio, sino con palabras. Ello explica el uso del símbolo que, es sabido, defendía Mallarmé, pero también, como advierte Garciasol, «las diversas y posibles maneras de poesía».
En esta idea de la alusión y la elusión de la palabra pudiera parecer que hay una contradicción con lo que diría Juan Ramón Jiménez en un famoso poema de Eternidades :
¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
...Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Vuelve a venir al pelo el ensayo de Ramón de Garciasol cuando afirma que «Al cómo de la sustitución y al qué por qué, realizados, se llama poema, y no hay forma de explicar cómo se hace un poema, porque no se puede explicar lo que no existe aún ». De ahí que Juan Ramón Jiménez inicie su libro con un breve poema tan esclarecedor como éste:
No sé con qué decirlo,
porque aún no está hecha
mi palabra.
Creo que José Ortega y Gasset nunca profundizó realmente el hecho poético, como tampoco llegó a apreciar los movimientos vanguardistas, lo que le reprochará Guillermo de Torre. Cuando en La deshumanización del arte afirma que «Las direcciones particulares del arte joven me interesan mediocremente, y salvando algunas excepciones, me interesa todavía menos cada obra en singular», demuestra que valora más la postura teórica que el producto artístico en sí [ 14 ] . En cuanto a la poesía, su teoría de la elusión la aproxima a la afectación. De hecho afirma: «Gran error creer que poesía es naturalidad: no lo ha sido nunca mientras fue poesía» [ 15 ] .
El hecho poético radica, precisamente, en la invención de la palabra y en su fuerza objetual. Invención no significa que no existiera antes en sus componentes fónicos, sino que surge en un mundo nuevo, en una realidad nueva que es la del poema y cargando, por ello, con valores imprevistos. El error de la crítica realista es pretender analizar las concomitancias entre las dos realidades, la exterior y la del poema y aplicar la lógica de la una a la otra. Sólo así se entiende que Ortega, en su ensayo sobre Mallarmé, llegue a escribir que «hay que esconder los vocablos porque así se ocultan, se evitan las cosas, que, como tales, son siempre horribles» [ 16 ] .
Aunque se refiera al público como individualidad o como masa y le preocupe, no podía creer José Ortega y Gasset en el estudio sociológico del arte, ya que los efectos sociales de la obra artística le parecían absolutamente extrínsecos. De esa posición formalista -puesta de moda en aquella época y enseguida muy combatida por el marxismo, hasta poner en crisis los movimientos vanguardistas a través, precisamente, del más importante de ellos, el surrealismo - sólo se hubiera podido salir distinguiendo la práctica artística y ésta de su producto, la obra, y ambos del efecto de su consumo. Ortega no se detiene en ello y, aunque nos pone en la posición de fijarnos en los problemas sociales de la producción, da un salto y localiza el carácter primero de lo que él llama «arte nuevo»-según hemos ya visto- en cómo divide la población entre los que lo entienden y los incapaces de hacerlo.
Al referirse al estudio sociológico del arte, Ortega cita a Jean-Marie Guyau, autor de un libro que tuvo cierto eco al publicarse en 1887, poco antes de su muerte a los treinta y cinco años: El arte desde el punto de vista filosófico . Aunque existía una traducción española, probablemente Ortega acabara de tener en sus manos la reedición de 1923, en la Bibliothèque de Philosophie Contemporaine de la librería Félix Alcan. Según Guyau, el arte representa la vida y mantiene y manifiesta la unidad entre vida, sociedad, moralidad y religión; en cambio, el arte de los decadentes y los desequilibrados «es aquel en que esta unidad desaparece ante los juegos de imaginación y de estilo, ante el culto exclusivo de la forma» [ 17 ] .
Es evidente que los vanguardistas, y en cierto modo los simbolistas, niegan la relación directa del arte con la vida y la realidad, no porque deba perderse en invenciones, sino porque lo que importa es el modo de construir esa realidad. No interesa lo reflejado sino el objeto que lo refleja. Con un ejemplo brillante de Ortega y Gasset, si miramos un jardín a través de una ventana no vemos el vidrio porque, preocupados por el jardín, pasa nuestra mirada a su través. Pero -dice- «haciendo un esfuerzo, podemos desentendernos del jardín y, retrayendo el rayo ocular, detenerlo en el vidrio. [...] Del mismo modo, quien en la obra de arte busca el conmoverse con los destinos de Juan y María o de Tristán e Iseo y a ellos acomoda su percepción espiritual, no verá la obra de arte». En el primer caso convivimos, en el segundo contemplamos. El siglo XIX habría insistido en el reflejo de la vida de lo humano, de ahí su popularidad, no porque la masa entendiera los aspectos verdaderamente artísticos, sino porque compartía actos y sentimientos. Pero «la percepción de la realidad vivida y la percepción de la forma artística son, en principio, incompatibles», según Ortega.
Cuando un artista se preocupa especialmente por lo artístico de su obra, atiende, siguiendo el ejemplo anterior, a la mejor calidad del vidrio, entonces se afirma que tiene voluntad de estilo. Y dice el filósofo: «estilizar es deformar lo real, desrealizar. Estilización implica deshumanización». La traslación semántica parece un poco forzada pero, como suele suceder en los escritos de Ortega, es brillante y atractiva. Le sirve para afirmar la deshumanización como característica esencial del arte verdadero y, claro es, del arte nuevo.
Entender el arte sería para José Ortega y Gasset, también y por eso mismo, considerarlo sin trascendencia, alejarlo del patetismo, prescribir de él toda sentimentalidad y toda anécdota. Escribe: «en este proceso se llegará a un punto en que el contenido humano de la obra sea tan escaso que casi no se le vea». Ello no quiere decir que el arte nuevo prescinda de la realidad, sino que ésta no se impone sobre el espectador. El arte nuevo busca «construir algo que no sea copia de lo natural y que, sin embargo, posea alguna sustantividad». Se instaura así, como hemos visto, un nuevo tipo de relación con el arte. Es precisa «otra forma de trato por completo distinto del usual, vivir las cosas; hemos de crear e inventar actos inéditos que sean adecuados a aquellas figuras insólitas».
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NOTAS
  • [ 10 ] «Nommer un objet, c'est supprimer les trois quarts de la jouissance du poème qui est faite du bonheur de deviner peu à peu ; le suggérer, voilà le rêve» . Jules Huret: Enquête sur l'évolution littéraire (ed. de Daniel Grojnowski), Paris, José Corti, 1999: 103.
  • [ 11 ] «Mallarmé», citado, p. 483.
  • [ 12 ] «Góngora. 1627-1927», en Obras Completas , volumen III, Madrid, Revista de Occidente, 1962: 580.
  • [ 13 ] Ramón de Garciasol: Una pregunta mal hecha ¿Qué es la poesía? ; Madrid, Col. Escálamo, 1954, p. 44 y, luego, 45. Ya destacó la importancia de ese librito F. Maldonado de Guevara en su artículo «Poesía, poema y poeta. A propósito de un libro de Ramón de Garciasol», en el Tomo II del Homenaje al Prof. Alarcos, Universidad de Valladolid, 1966: 301-313.
  • [ 14 ] En «Sobre el punto de vista en las artes», citado, p. 457, José Ortega y Gasset observa que, «hacia 1880 mientras los impresionistas fijaban en los lienzos puras sensaciones, los filósofos del extremo positivismo reducían la realidad universal a sensaciones puras».
  • [ 15 ] «Góngora. 1627-1927», citado, p. 581.
  • [ 16 ] «Mallarmé», citado, p. 484.
  • [ 17 ] M. Guyau: El arte desde el punto de vista sociológico , Madrid, Daniel Jorro, 1931: 37.

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