Ese equilibrio ambiental que pese a todo lo dicho parece ser la tónica de muchas economías indígenas ¿sería un resultado intencional? ¿O sólo un accidente recubierto de ideales a posteriori? ¿Habría algo más que una diferencia de grado o de tiempo entre ese contrato natural, por usar la fórmula de Michel Serres, y la depredación propia de las sociedades modernas? A muchos de esos partidarios de la libre iniciativa y la expansión a los que a pesar de todo halaga sentirse agentes de un destino irrevocable les gustaría decir que no, que el indio ecológico es una de esas falacias retrógradas que nos ha legado el romanticismo. Probablemente se equivocan por muy poco. Por mucho que la benevolencia ecologista y sus conceptos clave -empezando por la Naturaleza- sean préstamos recientes en el discurso o en la lengua, encontraremos con frecuencia en el mundo indígena construcciones intelectuales y normas que les equivalen. ¿Religión, cosmología, sistema simbólico? Llamémoslo como queramos, cabe ahí un conocimiento muy detallado del medio ambiente y de sus condiciones. Tabúes de caza o pesca y restricciones de acceso a determinadas áreas pueden equivaler a una gestión de recursos. A falta de legislación ambientalista, el chamanismo puede ser entendido como un saber regulador de esas relaciones. Muchas sociedades indígenas, es verdad, imaginan los animales surgiendo de las entrañas de la tierra, como de una fuente potencialmente ilimitada. En la Amazonia es frecuente oir hablar de corrales subterráneos en que algún dueño místico cría los pecaríes, los tapires o los ciervos que después caerán bajo las flechas o las balas de los cazadores, pero siempre gracias a una negociación que corre a cargo del chamán. Pero toda esa ganadería subterránea o sobrenatural no puede desarrollarse sin un stock de almas humanas que pasan a vivificarla, y es esa mercancía la contrapartida que el chamán tiene para ofrecer. Los muertos, antes o después, alimentan a los vivos en una cosmic food web muy afín a la del pensamiento ecológico, aunque basada en otra ontología. Los dominios que nuestro humanismo separa en forma de naturaleza y humanidad pueden ser entendidos de hecho como una sociedad global, no ya esa sociedad utópica-consanguínea del texto de Perry, sino una sociedad que identifica en la escala del universo las mismas relaciones ambiguas pero indispensables que rigen la vida social humana, incluyendo la alianza, el intercambio de dones y sustancias, la predación. Mucho menos preocupadas que la nuestra por la regulación internacional del comercio, las sociedades autóctonas reconocen la existencia de un comercio vital que fluye del suelo al cielo, y en el que se impone algún tipo de orden.
Ciertamente, los indios no han sido ecologistas avant la lettre . La naturaleza es un concepto euroamericano que se traduce mal a otras lenguas; un concepto, por lo demás, que toma su forma actual precisamente cuando el desarrollo económico convierte bosques y fieras en un recuerdo lejano, apto para la delectación estética y para la nostalgia. Poco interés podría haber en proteger una naturaleza demasiado presente, poderosa y autónoma. Entre los habitantes del jardín amazónico no faltan cazadores que matan cuanto pueden, sin diferenciar tamaños o épocas de cría o de puesta, que tratan a sus presas muertas con una ejemplar descortesía, y que utilizan otros recursos con la misma falta de ceremonia. El envidiado «equilibrio» con la naturaleza no es necesariamente resultado de una ética conservacionista; en ciertos casos, puede proceder de un modo de vida consumista (en su propia escala) y predatorio al extremo. Pero sobre todo -ahí está la diferencia- generalizado. Para deshacer esa paradoja basta recordar que el desequilibrio ecológico moderno procede de una diferenciación ética entre el mundo humano y el natural; éste último debe ser consumido en bien del primero, que debe ser preservado a ultranza. Todo se destina, o al menos eso se pretende, a salvar y mejorar las vidas humanas, alargarlas, multiplicarlas y aumentar su eficiencia; la propia preservación de la naturaleza puede tener aquí su función, supeditada y limitada por objetivos humanistas. La particularidad de las sociedades indígenas no estaría en la conservación de la naturaleza, sino en su disposición para extender el consumo, simétricamente, a un lado y otro de esa frontera que nosotros hemos trazado para nuestro supuesto beneficio. La convivencia de los modos autóctonos de vida con una alta biodiversidad ha sido posible, en muchos casos, en virtud de una demografía baja, que no deberíamos entender como un dato natural: procede más bien de un inmenso gasto de tiempo y recursos humanos en rituales, guerras o modos de producción que anteponen el rendimiento social o simbólico a la eficiencia inmediata o a la acumulación de gente y riqueza. Los indios pierden el tiempo sin remordimiento, no son tan avaros como nosotros con su vida y su salud, no están tan obcecados como nosotros en amurallarse contra la enfermedad, la muerte, la podredumbre, esas miserias tan naturales. Si las sociedades autóctonas han encontrado modos de relación con la naturaleza que no se reducen a una disipación más o menos rápida, más o menos absoluta, ha sido porque el mismo concepto de naturaleza les falta.
Los límites de lo humano
Volvamos a la alocución del jefe Seattle con la que comenzamos estas páginas y, ya que nunca tendremos acceso a una versión Seattle-Seattle, fijémonos mejor en la versión Seattle-Smith de 1887, la más antigua que nos queda. Su fidelidad puede también ponerse en duda. Si la versión Perry nos presenta al indio como un fiel hijo de la naturaleza, la versión Smith pone en escena un personaje no menos arquetípico: un indio estoico que sabe del fin próximo de su pueblo y se enfrenta a él noblemente. Smith puede haber puesto mucho de sí en el texto, resumiendo lo que podía pensarse en un momento en que la conquista del oeste había culminado y la desaparición de los pueblos indígenas se daba como segura.
A cambio de las tiernas máximas de Perry, Smith nos ofrece algo más sobrecogedor: lo que Seattle dice esta vez es que no existe una naturaleza vacía de humanidad. Cada valle o colina, e incluso las rocas «que parecen mudas y muertas» vibran con la memoria de quienes allí vivieron. Los hombres que ocuparon aquellas tierras las siguen ocupando después de muertos:
Por la noche, cuando las calles de vuestras ciudades están calladas y las pensáis desiertas, en ellas se agolpan las huestes de quienes otrora las llenaron, y que aman aún esta bella tierra.