En los estudios de ecología cultural -no necesariamente identificados con los propósitos del ecologismo ético-político- esa convivencia se reduce a limitación. Las formas culturales y sociales son el producto de la adaptación a la finitud de los recursos: a la pobreza de los suelos agrícolas, o a la escasez de proteínas, por ejemplo. La naturaleza es una madre, sí, mas una madre dura que obliga a sus hijos a sujetarse a un duro régimen, a no ser que consigan liberarse de ella mediante nuevas técnicas de explotación. La carrera contra la escasez es tan disputada en la selva como lo ha sido en paisajes más áridos y el indio ecológico es, simplemente, un luchador mal armado, abrumado por un medio natural que ultrapasa sus fuerzas. Pero ese pesimismo del materialismo ecológico se ha visto progresivamente cercado por estudios detallados que muestran que poblaciones indígenas recientes dedican muy pocas horas de su tiempo a esa desesperada lucha por la vida -reservando el resto a actividades no productivas- y mantienen la explotación del medio ambiente muy por debajo de sus posibilidades agrícolas o cazadoras. Aparentemente, el trabajo denodado tiene más sentido como causa de la escasez natural que como respuesta a esta.
Tampoco parece que el primitivo ecológico haya estado tan mal equipado, y cada vez hay más evidencias de que, cualquiera que haya sido el pacto que él haya establecido con la naturaleza, no se ha debido a una fatal irrelevancia humana. La arqueología amazónica, por ejemplo, ha desmentido que el mundo indígena fuese una red de grupos minúsculos disueltos en el medio. La demografía rala y la atomización como norma son posteriores al ingreso del hombre blanco y a sus efectos deletéreos directos o indirectos. El «desierto verde» es en buena parte un producto de la conquista, y por el contrario hay, para la era precolombina, datos ciertos de una ocupación humana de la Amazonia más densa que la que se puede encontrar aún en la actualidad. Esa ocupación se basaba en la alta productividad del cultivo del maíz, recurría a un buen uso de las inundaciones periódicas del valle amazónico o a notables ingenios como el uso agrícola de islas flotantes. Pero, lo que es más interesante, dejaba aun así espacio para el incremento de la biodiversidad. La llamada «terra preta de índio» , uno de los suelos más productivos del valle amazónico, se identifica con las áreas de larga ocupación aborigen y alberga una tasa de biodiversidad mayor que áreas propiamente más cercanas a la virginidad.
Investigaciones etnológicas ya clásicas, como las de Darrell Posey entre los Kayapó, o las de Philippe Descola entre los Ashuar, han inventariado una serie de prácticas que permiten imaginar cómo ese resultado podría haber sido obtenido: creación de islas artificiales de diversidad, un plantío a veces no totalmente consciente (como el que se da por la costumbre de enterrar al paso, con el pie, las simientes de plantas dignas de interés que se encuentran en el camino), el cuidado de sembrar a la orilla del río árboles importantes en la dieta de los peces. O un coleccionismo in vivo , como el de las horticultoras Ashuar que, lejos de limitarse a plantar la mandioca o el chile más productivos, se afanan en el cultivo de especies y variedades seleccionadas por una enorme gama de criterios: tiempos de maduración diferentes, adaptación a la falta o al exceso de agua, textura, color del fruto o de las hojas... Aquella generosidad de una selva donde -así decían las versiones edénicas- bastaba alargar la mano para encontrar todo lo necesario para la subsistencia, se hace más verosímil cuando percibimos que la supuesta selva virgen es más bien un jardín. Incluso prácticas como la del uso extensivo del fuego, que durante mucho tiempo se esgrimieron como pruebas del carácter rudimentario y destructivo de la agronomía indígena, se han revelado, en la Amazonia o en los Estados Unidos, como ejemplos de un manejo probablemente sabio y sin duda acertado. En la selva amazónica, los fuegos abren claros que permiten el auge de plantas cohibidas por la sombra de los grandes árboles, y que quiebran la extensión imperial de una sola especie. En los parques norteamericanos ya vacíos de indios y protegidos radicalmente del fuego por los servicios forestales, la misma prudencia indígena vino a ser probada, a contrario, cuando los bosques fueron víctimas de grandes incendios casuales en que la biomasa acumulada durante años sirvió de combustible a una destrucción fatal, antes evitada por quemas periódicas en la estación justa. Cierto es que las prácticas indígenas no siempre han llevado a resultados tan halagüeños. Shepard Krech III, en su libro The Ecological Indian , traza un complejo panorama de casos dudosos, basado en una larguísima bibliografía. Probablemente la tesis de la extinción de la megafauna del pleistoceno a manos de pueblos cazadores no pasa de un relato ideológico, que ha exagerado y generalizado escasos datos sobre cacerías masivas, y ha desestimado otros factores, por ejemplo los climáticos. Pero es probable que el sistema de regadío de los Hohokan, mal que pese a su sofisticación -o por causa de ella- haya contribuido poderosamente a la salinización y la desertificación de amplias regiones de Arizona, y que el hundimiento de la civilización urbana maya (cuyos grandiosos centros ceremoniales estaban ya desiertos a la llegada de los españoles) se haya debido a la quiebra de límites ecológicos. Más cercana a nuestra experiencia histórica y ocupando un lugar de gran peso simbólico, la extinción de los bisontes norteamericanos fue obviamente un resultado de la invasión blanca, y en su recta final, incluso, un medio consciente para aniquilar indirectamente a la población indígena; pero parece claro que un tipo de caza abusiva -en la que, conducidos en estampida hacia un despeñadero, centenares de bisontes eran sacrificados para aprovechar sólo algunas piezas, o en que los bisontes eran muertos para no usar más que su lengua y la piel de su joroba- no era desconocida entre los grupos indígenas que comerciaban con los blancos ni, lo que es más importante, entre los cazadores que aún no habían tratado con esos nuevos mercaderes. De castores o ciervos puede decirse lo mismo: prácticas ponderadas de caza, que respetaban mínimos de reproducción, se alternaban de un grupo a otro, o dentro de un mismo grupo, con modos de explotación predatorios y poco preocupados con sus límites.
El indio ecologista