-El término globalización -o mundialización-, tanto en el sentido económico como cultural, significó siempre algo así como una agregación a las dimensiones ya existentes de los Estados nacionales. Para decirlo muy esquemáticamente, primero vendría la localidad, tras ella la región, luego el Estado, después el nivel internacional y luego tal vez el de la globalización. El cosmopolitismo, en cambio, borra de cierta manera esas diferencias y pretende reemplazar el concepto de globalización. En la visión cosmopolita no existen más esas nítidas y fáciles polaridades del interior y el exterior, lo nacional y lo internacional, yo y el otro. Hay que analizar las nuevas mezclas que se están dando en la realidad.
- ¿Podría decirse que esencialmente la mirada cosmopolita es la que incluye a los otros?
-Sí, en parte, pero es mucho más que eso. Cuidado, el cosmopolitismo del que yo hablo no tiene nada que ver con esa sociedad mundial a la que se refería Niklas Luhmann en los años setenta, ni es el sistema capitalista mundializado de Immanuel Wallerstein. No se trata de una mirada total hacia el mundo; el cosmopolitismo acabó más bien con esas fronteras del pensamiento. Esas otras teorías son, en rigor, una radicalización de las ideas del nacionalismo clásico llevadas a otro nivel, pero continúan impregnadas, de un modo implícito, de los límites anteriores, mientras que el cosmopolitismo quiere abolirlos por completo.
En la concepción cosmopolita, nuestra propia vida se convierte en un espacio de nuevas experiencias que se vinculan con la globalización. Es preciso reconocer las múltiples identidades que coexisten en cada uno de nosotros. La mirada cosmopolita posee sentido del mundo, es lúcida y busca establecer un diálogo con las numerosas ambivalencias que se dan en la época actual, que se caracteriza por las diferenciaciones en vías de desaparición y las contradicciones culturales.
Con un paradigma nacional no se pueden analizar más los fenómenos que se están operando, que son, en esencia, cosmopolitas. Un ejemplo: peligros como el de la gripe aviar obligan a todas las personas a dar la cara a los riesgos globales que corremos hoy en día. Otro ejemplo de cosmopolitismo es la concurrencia de distintas personas en el mercado laboral por encima de las fronteras todavía existentes, es decir, la competencia global que se está dando en ese campo.
- ¿Quiere decir que existe un conflicto fundamental entre la cosmopolitización que se desarrolla en la realidad y las categorías de análisis que tratan de explicarla?
-Exactamente. Siempre digo que en las ciencias sociales estamos trabajando con categorías de análisis zombis, de vivos-muertos, y eso, claro, no les hace ninguna gracia a mis colegas.
- La mirada cosmopolita ¿no puede quedarse en una expresión de buenos deseos, tan ineficaz como el esperanto para abolir las diferencias lingüísticas?
-Pensar eso es incurrir en un malentendido total. He escrito en mi libro que la mirada cosmopolita no es «el amanecer de la confraternización general de los pueblos, ni los albores de la república universal, ni una mirada mundial que flotara libremente, ni el amor al otro por decreto». El cosmopolitismo que propugno es profundamente realista, autocrítico, incluso escéptico. No aboga por un nuevo universalismo, como lo hacía el esperanto en su momento. Por ejemplo, y para no salir del ámbito lingüístico, tampoco pretendo que en Europa todo el mundo hable una sola lengua, el inglés. Por el contrario, abogo por el multilingüismo, por la confluencia y simultaneidad de múltiples culturas. Se trata de reconocer la diversidad con todas sus perspectivas, y también los retos y los conflictos que pueda suscitar. Este cosmopolitismo no tiene nada de ingenuo.
- ¿Por lo tanto el cosmopolitismo también se diferencia del internacionalismo por el que luchaban los socialistas del siglo XIX y principios del XX ?
-De hecho, Marx tenía raíces cosmopolitas y creía que la clase obrera podía acabar con las diferencias entre las naciones. En cierto modo, él alimentaba la ilusión, que paradójicamente podríamos caracterizar como neoliberal, de que el mismo capitalismo podía superar las fronteras nacionales. Pero esa visión de una cultura mundial, de una sociedad universal, fue definitivamente enterrada por el estalinismo, que rechazó el internacionalismo y se concentró en la nación. El cosmopolitismo, a diferencia del internacionalismo, no surge de una teoría política ni de una filosofía sino de los hechos, de la propia experiencia de la gente. Una experiencia no tanto deseada sino más bien impuesta por los cambios que se han producido en nuestro mundo y por la constatación de que los otros no pueden ser excluidos porque están en el mismo ámbito que nosotros.
- ¿La contradicción básica de la globalización económica consiste en que postula la libre circulación de capitales pero restringe la de personas?
-Sí, en efecto. El capital circula cada vez más libremente mientras que los Estados se están defendiendo con la multiplicación de barreras contra los seres humanos. Me parece muy interesante distinguir entre las palabras movilidad y migración. Mientras que la movilidad es algo que se exige al trabajador dentro del contexto nacional -se le pide más y más flexibilidad-, en el plano internacional se criminaliza la movilidad de esas mismas personas.
- ¿Cuál es el sentido de la redefinición de Europa que propugna?
-Mientras que Marx cuando formulaba su teoría tenía como ejemplo el capitalismo manchesteriano, y Max Weber al estructurar la suya sobre la burocracia tenía in mente el Estado prusiano, para mí Europa es un ejemplo histórico que ilustra mi teoría del cosmopolitismo. Las teorías políticas y sociales están fijadas excesivamente en el nivel nacional, lo que constituye un grave error. En Europa se registran nuevas mezclas sociales, tenemos nuevas configuraciones de poder, que afectan al concepto clásico de soberanía nacional, y todo eso tiene que ser analizado desde un nuevo punto de vista.
- ¿Cómo podrían armonizarse en el seno de una estructura política supranacional y cosmopolita los intereses contrapuestos de las grandes potencias con los de los países absolutamente desvalidos? ¿No sería como pretender que convivan el tiburón y los peces pequeños?
-Ése es el gran problema, evidentemente, y ni la filosofía política ni la sociología tienen recetas precisas para su solución. Es una pregunta que nos preocupa desde hace muchísimo tiempo y para la cual no existen respuestas claras, pero sí hay planteamientos que se pueden descartar desde el principio. Por ejemplo, la fundación de un Estado mundial no podría solucionar ese problema, porque sería el colmo de la ideología nacionalista llevada a un nivel superior, global. De todos modos, ese sistema que estamos buscando debe basarse en el imperio del derecho a nivel internacional. Hasta la fecha tenemos el problema de que carecemos de una policía y de un ejército a nivel internacional; las fuerzas armadas están gestionadas por los Estados.
- Sí que existe una policía mundial: el poder militar de Estados Unidos.
-Precisamente ahí radica el problema. No es fácil salir de este conflicto, porque los derechos humanos sólo pueden ser garantizados de manera sustentable si se crean mecanismos internacionales para impedir que los mismos Estados, que deberían garantizar los derechos de sus propios ciudadanos, los violen. Por eso es necesario el establecimiento de mecanismos de intervención militar que representen verdaderamente a la comunidad mundial.
- ¿Todas las grandes catástrofes - «naturales» o «sociales» - que se registran en esta «sociedad del riesgo», como usted la definió, obedecen a causas globales y tienen consecuencias globales?