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Revista de Occidente 296 Revista de Occidente

Ulrich Beck: Ulrich Beck: "Mi cosmopolitismo es realista, autocrítico, incluso escéptico"

por Carlos Alfieri
Revista de Occidente nº 296, Enero 2006

Número de páginas: 3
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La reciente publicación en castellano del último libro de Ulrich Beck, La mirada cosmopolita o la guerra es la paz (editorial Paidós), ha devuelto al primer plano, resignificándolo, el concepto un tanto desacreditado de cosmopolitismo, que parece ser tan propicio a la rápida difusión como en su momento lo fue otra de las nociones operativas creadas por el sociólogo alemán para describir la índole de las transformaciones que el impacto de la globalización viene produciendo en nuestro mundo: la sociedad del riesgo.
Beck, nacido en 1944, director del Instituto de Sociología de la Universidad Ludwig-Maximilian de Munich y profesor en la London School of Economics, cursó estudios de Psicología, Sociología, Ciencias Políticas y Filosofía, disciplina en la que se doctoró en 1972 en la Universidad de Munich. Ha dedicado el grueso de su trabajo intelectual a indagar sobre las nuevas configuraciones de la sociedad contemporánea, y ha volcado sus reflexiones en numerosos libros, entre los cuales se cuentan La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad (1986), ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas a la globalización (1997), La democracia y sus enemigos (1998), Un nuevo mundo feliz. La precarización del trabajo en la era de la globalización (2000), todos publicados en español por Paidós, y La invención de lo político. Para una teoría de la modernización reflexiva (1996; en castellano, Fondo de Cultura Económica, 1999).
En Ulrich Beck el rigor intelectual no excluye el apasionamiento ni el afán polémico. Un indicio cabal de su personalidad lo brinda la respuesta a su interlocutor, Johannes Willms, con la que cierra su libro de conversaciones Libertad o capitalismo (2000): «La situación intelectual es desoladora. Los muros fronterizos que se levantaron para durar eternamente se están desmoronando [...]. Y ¿qué hacen actualmente los intelectuales? Los intelectuales han dejado de pensar. Los teóricos de la posmodernidad, del neoliberalismo y de la teoría de los sistemas (Luhmann), por ejemplo, que por cierto se contradicen en todo, anuncian a golpe de trompeta, sentados en el butacón de su despacho, el fin de la política. Y todos siguen este dictado. Todos, pero no la realidad. Es algo verdaderamente paradójico: darían ganas de echarse a reír si no fuera tan grave. Este enamoramiento de los propios límites mentales, que pretende encima imponerse teóricamente y erigirse en guardián de la verdadera ciencia, es algo que me saca de quicio y me deja sin voz al mismo tiempo [...]. Entretanto, yo sigo en pos de mi objetivo, maravillosamente inalcanzable: pensar de nuevo la sociedad.»
- Usted establece una distinción entre los conceptos de globalización y globalismo. Al primero de ellos lo identifica con la convergencia de todas las sociedades y culturas, y al segundo con la reducción de los procesos políticoeconómicos a un modelo financiero uniforme y universal en el cual el protagonismo pasa de los ciudadanos a los inversores. ¿Es este último el que ha predominado claramente en la realidad?
-Así es. Si pensamos en la convergencia de los diferentes estados y culturas, lo que veremos en cambio es que ha prevalecido hasta hoy la teoría neoliberal, que aboga por la supresión de las fronteras y de todo tipo de restricciones que pongan límites a la actividad financiera como el mejor medio, dicen, de promover el bienestar y la justicia en general. Pero yo pienso que eso es pura ideología.
- El caos, el retraso y la ineficiencia de los dispositivos de auxilio desplegados por las autoridades de Estados Unidos para hacer frente a la devastación provocada en Nueva Orleans por el huracán Katrina, ¿constituyen un ejemplo de las consecuencias de las políticas neoliberales?
-Sí. Me gusta que mencione este caso, porque me parece muy significativo. Por un lado, demuestra el grado de negligencia que existía en las instituciones estatales de Estados Unidos en cuanto a las infraestructuras de prevención de catástrofes, y por otro, ha puesto de manifiesto las atroces desigualdades dentro de la población, por ejemplo entre blancos y negros. Y siguiendo con las calamidades causadas por el huracán Katrina, también brindaron otra demostración de que la ideología neoliberal carece de las herramientas adecuadas para reaccionar en una sociedad globalizada del riesgo, como es la nuestra. El estado neoliberal se encuentra ahora a la defensiva, sobre todo frente a los crecientes riesgos y catástrofes, que requieren un potencial estatal de prevención y recompensación, algo que no puede afrontar el sector empresarial privado.
Le diré más. En rigor, hubo anteriormente en Estados Unidos otro ejemplo muy nítido en cuanto a las insuficiencias de las políticas neoliberales. Después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, surgió una breve discusión -que no fue profundizada - acerca de la privatización de determinados sectores de la seguridad aérea que había llevado a cabo el gobierno norteamericano, que se tradujo en la contratación precaria de trabajadores mal preparados y peor pagados -los encargados de revisar a los pasajeros en los aeropuertos ganaban 6 dólares por hora en el momento de esos atentados. Esto fue una negligencia imperdonable, y la pregunta legítima que surge es si no hubiera sido mil veces más eficaz, y también mucho más barato, si el Estado hubiese invertido lo necesario en seguridad aérea en vez de luchar con medidas militares contra el terrorismo en otros países.
- La notoria disminución de la tasa de nacimientos en todos los países europeos dibuja un peligroso horizonte: el de un continente de viejos, con la consiguiente amenaza para el financiamiento del sistema de pensiones. ¿Sólo la inmigración puede revertir esta tendencia?
-Ése es un asunto importante y verdaderamente crucial. Europa está envejeciendo y por eso también corren peligro nuestros sistemas de pensiones y seguridad social, con las graves consecuencias que esto lleva consigo. Es un problema que cada país discute dentro de su ámbito nacional y para el cual busca posibles salidas, pero enfocado así a mí me parece que no tiene solución. El único país europeo que hasta la fecha consiguió promover exitosamente el incremento de su tasa de natalidad es Noruega, y lo hizo a través de importantes subsidios a los padres varones para que pudieran quedarse en casa a cuidar a sus hijos. Pero no se trata de una política extrapolable. Ese lujo se lo puede dar Noruega porque es una nación riquísima, situada literalmente sobre un mar de petróleo y con pocos habitantes. Por eso, hoy la única alternativa que tiene Europa para rejuvenecer su población es la inmigración, pero hasta ahora no está afrontando la cuestión con políticas globales sinceras y efectivas.
El problema de la baja natalidad en Europa y la manera en que lo enfrentan los gobiernos es un buen ejemplo para extenderlo a otros temas más generales. Yo vengo utilizando un concepto, el de cosmopolitismo, en el que se centra mi último libro, como alternativa a la impotencia que se da cuando se quieren resolver problemas nacionales a nivel exclusivamente nacional. Eso ya no es posible. Habría que aprovechar la circunstancia de la Unión Europea para crear una soberanía ampliada. Pero hasta la fecha se desaprovechan las posibilidades que ofrece la actual situación europea. Pero precisamente una Europa cosmopolita debería aprovechar, por ejemplo, el flujo poblacional de otros continentes.
- Usted suele utilizar las nociones de mundialización económica y política cosmopolita. ¿Cómo se vinculan ambas?
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