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Revista de Occidente 295 Revista de Occidente

Julio Caro Baroja: Hª antropológica

por Antonio Morales Moya
Revista de Occidente nº 295, Diciembre 2005

Número de páginas: 3
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A la luz de las anteriores consideraciones y de la precisa caracterización que, como hemos visto, hace Greenwood de la obra de Caro, se advierte en qué medida se abrieron con ella nuevas vías a la investigación, adelantándose en bastantes años, recuerda Chevalier, a los practicantes de la nueva historia . Añádanse otros aspectos, como la trascendencia de la «larga duración» -«el hombre moderno», dirá, «se parece en muchos [rasgos] al hombre antiguo», de donde la continua referencia a los clásicos-, junto con su profundo sentido del tiempo: cambio y continuidad , trátese de las profundas transformaciones del mundo tradicional o, en general, de cualquier identidad étnica o cultural que, lejos de todo esencialismo, es siempre variable, dinámica; la concepción compleja del conflicto social, en el que juegan un papel importante los linajes o las solidaridades verticales -«la división de cualquier sociedad en dos parcialidades o bandos es cosa tan normal que resulta imposible el aplicar únicamente el criterio de la «clase social» o el de «institución» para explicar las luchas que surgen dentro de ella»-, su persistencia, formas cambiantes y las muy diversas maneras de asumirlo por los individuos implicados; la permanente dimensión comparatista, buscando la relación espacio-temporal de hechos y fenómenos históricos o actuales: «el drama que tuvo lugar en la España de los siglos XVI y XVII es de carácter muy parecido al que ha ocurrido más modernamente en Alemania o a los que se han desarrollado en otros países de Europa como Rusia, Polonia y Hungría, cuando el elemento judío llegó a alcanzar gran importancia»; la orientación ecológica de sus estudios sobre economía, trabajo y tecnología popular; la singularidad de sus aportaciones al estudio de las mentalidades, utilizando nuevas fuentes, tales como las fiestas, las creencias mágicas y religiosas, la lengua, el folklore, la literatura popular; lo biográfico, en fin, adquiere singular importancia como forma de acceder al conocimiento de una realidad, de una época, trascendiendo, que no ignorando ni desvalorizando lo individual, bien subrayando la importancia de la personalidad carismática en ciertas culturas, como las nómadas, poniendo de manifiesto ciertas características del orden y del conflicto social (García Arenal) o fijando arquetipos (Castilla Urbano).
La personalidad humana y científica de Caro Baroja resulta extraordinaria: se trata de una de las figuras más destacadas del panorama intelectual europeo de los últimos años y su obra goza de un reconocimiento general. No parece, sin embargo, que, al menos directamente, haya tenido un ascendiente, real, efectivo, sobre historiadores y antropólogos, de lo que el propio Caro era consciente. Y es que Caro Baroja trató siempre de acercarse a la realidad directamente, de ver las cosas como son y como fueron en cada momento histórico, realidad indisociable de los individuos, de las personas, con sus intereses, sentimientos y pasiones, patologías, incluso, e inexplicable sin tener en cuenta la irracionalidad y el azar. Todo ello muy lejano de una historiografía actual que tiende a usar y abusar de la «invención», del constructivismo, del alejamiento de las fuentes directas, de las «identidades». Y que parece fascinada por los nacionalismos periféricos y por las historias autonómicas.
Caro criticará a los historiadores que rinden culto a modas universitarias o aceptan ciertos esquemas, socioeconómicos o de otras clases, que limitan y empobrecen la visión del pasado, reducido a recetas o fórmulas: «La experiencia vital, más que la profesión, me hace pensar esto de ver cómo lo que se escribe y dice en cátedras y aulas sobre la guerra civil, que tuvo lugar en España entre 1936 y 1939, es tan poco parecido a mi recuerdo personal; cómo se explica, se razona, se describe con una seguridad envidiable; cómo se juzga, también, sin falsificar datos en lo que tienen de más formal, pero proyectando sobre ellos luces y sombras... admitiendo y realzando a discreción» (J. Caro Baroja, Las falsificaciones de la Historia (en relación con la de España) , Barcelona, 1992, pp. 198-199). Gutiérrez Estévez ha hablado, incluso, del «cordón sanitario» que la antropología profesional impuso en una obra difícil de explicar en clase, «de acomodarla a los esquemas pedagógicos de la sucesión de escuelas, de someterla a orden y sistema».
Jon Juaristi ha puesto de relieve, sin embargo, la influencia que para una generación de vascos, cuyo perfil político traza -nacionalistas en los sesenta, izquierdistas en la década siguiente, vagamente socialdemócratas en los ochenta y absolutamente desengañados ante la zarabanda de identidades del cambio de siglo- han tenido algunas ideas de Caro Baroja. Dos especialmente: lo inevitable del conflicto entre el discurso de la historia y las ciencias sociales y los intereses políticos, por una parte, y, por otra, el carácter mutable y precario de las identidades colectivas. No hay, pues, una identidad nacional vasca. No hay una, sino muchas maneras de ser vasco. En sus libros Los vascos (1949), Sobre la identidad vasca Ensayo de identidad dinámica (1983) o El laberinto vasco (1985), Caro sostendrá que el «problema vasco» no es sino un problema de los vascos o, mejor aún, que los vascos mismos son el problema. No hay que ir a buscar causas exteriores. Los políticos complican innecesariamente lo que es susceptible de un análisis más sencillo: «la raíz de la violencia cree encontrarla Caro Baroja en una autovisión errónea de los propios vascos, autovisión de la que surge, paradójicamente, el ideal de una identidad integradora» (J. Juaristi, «El testamento de Jaun de Itzea», Revista de Occidente , 184, p. 42; cfr., así mismo, J. P. Fusi, País Vasco. Pluralismo y nacionalidad , Madrid 1984). Caro, crítico del unitarismo liberal del XIX y de la legislación vindicativa del franquismo, habrá de romper, a partir de 1980, con los medios nacionalistas por su política lingüística, su hostilidad hacia la autonomía navarra y «la falta de decisión -cuando no la retórica exculpatoria- de las autoridades nacionalistas ante el terrorismo de ETA». Totalmente defraudado, abrumado por el desastre, dirá: «La única esperanza para Euzkadi es el cansancio, pues este país vive en tiempos de tragedia, y la tragedia se basa en una falta de adaptación absoluta a su espacio y a un desconocimiento total del tiempo en que vive» ( El laberinto vasco , San Sebastián, 1984).
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