La clave del método es la persona, dirá Caro Baroja. Especialmente en los historiadores «es muy fácil encontrar la personalidad detrás de lo que escriben, por muy científicos que digan que son. La personalidad un poco seca de Mommsen o la personalidad un tanto desbordada hacia las expansiones y las confidencias de Renan, o la personalidad sentenciosa o retórica de otros, en el texto histórico se nota mucho» (J. Caro Baroja, E. Temprano, Disquisiciones antropológicas , Madrid, 1985, p. 24). Caro fue un ilustrado tardío, un hombre del siglo XIX , ese gran siglo que él reivindicaba siempre frente a los horrores del XX , el siglo de las dos guerras mundiales, de los millones de muertos, de las destrucciones espantosas y el progreso en la construcción de armas mortíferas, un siglo nonagenario que ya a los catorce años «empezó a hacer imbecilidades ». Crítico implacable de la modernidad, fustigó la «gigantomanía urbanística», esa enfermedad producida por la técnica y el capital; la «cultura audiovisual» con sus ruidos, movimientos, colores agrios, con su mezcla de «anuncios de desodorantes o helados mezclados con las miserias y horrores que ocurren en Palestina, los actos de terrorismo, las entrevistas con algunas personas»: ante todo ello, «por muy aficionados que seamos a las artes plásticas, algunos tenemos la tentación de hacernos mahometanos o de otra religión en la que la imagen esté prohibida». Le preocupaba la «cultura del gesto que no corresponde a la calidad», el «tufo de satisfacción satisfecha e irónica que ahora tanto se cultiva», el achabacanamiento que veía crecer en su entorno, la veneración al poder, al Estado, el «sentido reverencial del dinero»: «Da que pensar que en este año de 1989 hay muchos españoles que creen en la divinidad del dinero y lo reverencian siendo de izquierdas». Le repugnaba, sobre todo, «que el precio se imponga sobre el valor». No fue, pues, no podía ser, un optimista: «Por una parte, el hombre que se enfrenta con el porvenir ahora tiene que reconocer que no están ya a su servicio aquellos mundos mágicos, religiosos y poemáticos del hombre antiguo. Y, por otra parte, el mundo utilitario en el que vivimos -sea capitalista o marxista- es un mundo bastante soberbio y bastante asqueroso. Es un mundo sin horizontes para hacer una vida rica».
¿Cómo se consideraba el propio Caro? En la Introducción a su libro La ciudad y el campo , y después de confirmar sus puntos de vista sobre el conflicto sociológico-moral entre la ciudad y el campo con la lectura de una comedia de Menandro, descubierta en 1957, concluirá: «En suma, éste es un libro de un hombre que, después de creer que iba a ser arqueólogo, antropólogo y otras cosas más, muy propias de la sociedad moderna, se convenció de que era aprendiz de humanista, a la antigua, y que en esta vía tenía aún mucho que hacer». Consideró así que en los filósofos griegos no sólo había un pensamiento antropológico o etnológico, con valor anticipatorio, sino que ese pensamiento se había, de alguna manera, ocultado: «El mecanismo es un poco confuso, pero a mí me extraña mucho que en ese mundo del siglo XIX , en el que se hace tanta historia del pensamiento científico antiguo y de la filosofía griega en relación con la antropología, con la sociología, con ciencias particulares, no se hayan conocido, y se den como nuevas ideas que no lo son». Consideró la literatura, vinculada a un medio, como una fuente de importancia singular para el conocimiento de la realidad social: «¿Se imagina uno a un flamante antropólogo de tierras nórdicas escribiendo sobre la burguesía de Madrid lo que escribió Galdós en Fortunata y Jacinta ? No. Pero aún hay más. ¿Hasta qué punto el no participar de las inquietudes de una sociedad da autoridad para discurrir de la misma con exactitud?». Hay en Caro Baroja una relación muy estrecha entre la vida y la obra. La influencia familiar es decisiva (J. Caro Baroja, Los Baroja (Memorias familiares) , Madrid, 1972), sobre todo la de Pío Baroja, bien advertida por Greenwood: «A mí me impresiona el ver cuánto se asemejan en su visión de la condición humana. En las vidas sencillas encuentran una profundidad de sentimiento y complejidad que es la naturaleza innegable del hombre. Ambos han vivido observando y experimentando tragedia y dolor, conscientes de la mezquindad del hombre, pero teniendo compasión por sus múltiples tragedias y debilidades ». Y hay en él un tembloroso vislumbre de realidades ocultas que, al sacarlas a la luz un Nietzsche o un Dostoievski, nos inquietan, como el factor de maldad que hay en la vida, sea cósmico o de cualquier otro origen.
Personalidad singular, una serie de rasgos coherentes precisan el carácter de Caro Baroja como historiador y antropólogo. Apalategi Begiristain considera el principio de «razón histórica», frente a la certeza físico-matemática, esencial en su pensamiento. Cercano a Ortega, por tanto, cree que el presente «se explica fundamentalmente por su pasado, esto es, su devenir», siendo la formación histórica, por tanto, esencial para el estudioso de las ciencias sociales. La historia -«estudio global del comportamiento de los hombres en el mundo, a través del tiempo y del espacio»- no es sino una sombra de la realidad, una abstracción, una clave muy pobre para entender la realidad de la vida. Una forma de representación, siquiera existen «mundos históricos muy variados y representaciones de ellos muy distintas entre sí», de una realidad equívoca e inabarcable: «En fin, la idea ciceroniana de que la historia es testigo de las edades, luz de la verdad, vida de la memoria y «maestra de la vida» es muy optimista. Acaso la vida en sí sea maestra de la historia y acaso también el magisterio llegue tarde, demasiado tarde» (J. Caro Baroja, «La historia como una forma de representación», en Palabra, sombra equívoca , Barcelona, 1989, p. 102). Caro consideró que la historia -una cierta historia, al menos, escrita con un gran conocimiento de los hechos- puede servir como modelo para deshacer la tendencia a la sistematización rígida y falsa. Y valora la historia como «obra de arte», la de Burckhardt, Gibbon o Voltaire: «El artista hace una síntesis particular que no es la síntesis científica; es una especie de interpretación de la que se puede decir que no es del todo exacta, que no es del todo científica. No, no lo es.
Pero tiene unas posibilidades de expresión y comunicación, para el que la lee, mucho mayores que la historia árida, o una historia de ésas que pretenden ser rigurosas, pero que se quedan en una acumulación de datos, de informaciones, de bibliografías. Ésa es la historia de los grandes eruditos. Pero no la que nos va a dar la clave de lo que ha pasado».