En suma, desde las coordenadas del bimilenario debate realismo-instrumentalismo -disputa, como es sabido, de indudables implicaciones científicas y filosóficas a lo largo de múltiples episodios (orígenes de la astronomía geométrica, interpretación de la mecánica cuántica...)-, Ortega entronca con la perspectiva instrumentalista de Poincaré y Duhem. Corriente que, repitámoslo de nuevo, navega entre dos aguas, evitando positivismo y escepticismo a un mismo tiempo, por cuanto es convencionalista pero ni por asomo irracionalista, puesto que niega la arbitrariedad de los conceptos científicos. De hecho, la influencia de Duhem en Ortega es algo que ya ha señalado J. J. Acero: «esa obra de Duhem [ Soódsein ta phainómena ] ejerció una larga influencia en la idea orteguiana de la ciencia física» («La doctrina del conocimiento simbólico en Ortega», Teorema , XIII/3-4, 1983, p. 457). Por contra, discrepamos con J. M. Sánchez Ron en que «Poincaré, uno de los científicos que más y mejor reflexionó sobre la dimensión filosófica de la ciencia, fue, por lo que yo sé, un gran ausente en los escritos de Ortega» («En defensa de la "verdadera filosofía". Ortega y las ciencias físico-matemáticas», Thémata , núm. 17, 1996, p. 265), porque sí se refiere a él en diversos pasajes, por ejemplo valorando el entrelazamiento filosófico de sus ideas sobre geometría y física: «Desde Poincaré, Mach y Duhem hasta Einstein y Weyl, con sus discípulos y seguidores, se ha ido constituyendo una teoría del conocimiento físico debida a los físicos mismos» ( ¿Qué es filosofía? , p. 69).
Además, conviene indicar la proximidad entre las ideas científicas de Ortega y las del gran matemático Hermann Weyl. Weyl, liberado de la quietud positivista por Husserl y, a la sazón, casado con una alumna suya que tradujo varias obras de Ortega al alemán, influyó notablemente en Ortega. En ambos resulta patente su defensa del intuicionismo matemático y del marcado apriorismo de la física. También Gustavo Bueno apunta que el diagnóstico orteguiano de la ciencia estaba «en la línea del constructivismo verificacionista de Weyl [...] recogiendo gran parte de la tradición "instrumentalista" de Duhem» («La idea de ciencia en Ortega», El Basilisco , núm. 31, 2001, p. 26).
Finalmente, conviene hacer notar con M. Garrido que «el esquema orteguiano de las crisis parece inspirado en Kuhn» («El yo y la circunstancia», Teorema , XIII/3-4, 1983, p. 316). «Una época [un paradigma, diríamos con Kuhn] viene a ser un clima intelectual, el predominio de ciertos principios atmosféricos que favorecen o agostan determinadas cosechas» ( Meditación de la técnica , p. 169). Con el paso del tiempo, las ideas físicas evolucionan perdiendo o ganando eficacia en su trato con el mundo, unas vienen a sustituir a otras, y como Kuhn señalara que ocurría con los paradigmas...«no se ha probado que una idea es errónea mientras no se tiene la otra idea clara y positiva con que vamos a sustituirla» ( Obras Completas , Madrid, Revista de Occidente en Alianza, 1983, VIII, p. 42). Ortega y Kuhn comparten la valoración del espíritu del tiempo en los cambios de ideas paradigmáticas en ciencia.
Tras estas aclaraciones, no pueden comprenderse muchas acusaciones de irracionalismo a Ortega, verbigracia, en opinión de M. Burón González: «El emerger de estas reflexiones gnoseológicas en un contexto histórico sitúa a Ortega en sintonía con el relativismo historicista que, al margen de consideraciones acerca de la objetividad, estudia de un modo neutral las diferentes "concepciones del mundo" que se han sucedido, y ello, además, prolonga la temprana teoría del "punto de vista" orteguiana como un subjetivismo proyectado sobre toda la historia [...] Las diferencias entre fe y ciencia se esfuman [...] Debería inscribirse [el raciovitalismo], pues, en la serie sucesiva de ataques a la racionalidad llevados a cabo a lo largo de nuestro siglo desde posiciones conservadoras» ( La historia y la naturaleza , pp. 136-7 y 168). Por el contrario, como Ortega reiterara en múltiples ocasiones, su «ideología no va contra la razón, puesto que no admite otro modo de conocimiento teorético que ella: va sólo contra el racionalismo» ( El tema de nuestro tiempo , p. 97).
Además, la doctrina del «punto de vista» no renuncia a la búsqueda de la verdad, que no consistiría sino en un proceso de composición de perspectivas. Desde la plataforma que supone el instrumentalismo convencionalista, las reflexiones gnoseológicas de Ortega están pensadas contra el «cientismo», jamás contra el programa ilustrado. En palabras de José Lasaga:
Si la Ilustración es el proceso más ambicioso de la Modernidad y nos preguntamos ante la obra de Ortega: ¿es anti-ilustrada?, la respuesta a mi juicio es: a pesar de la radicalidad de las críticas que Ortega dirige a la Ilustración y, sobre todo, a sus secuelas científicas y políticas, permanece dentro del paradigma ilustrado. En tal sentido trata antes de ampliarlo y corregirlo que de abandonarlo. Ortega se siente heredero del gran legado de la filosofía europea ( José Ortega y Gasset (1883-1955). Vida y filosofía , Madrid, Biblioteca Nueva, 2003, p. 74).
Gustavo Bueno coincide esencialmente con este parecer: La idea de ciencia expuesta por Ortega, precisamente por lo que su teoricismo tiene de crítica a todo fundamentalismo (positivista o adecuacionista) merece una consideración muy alta, como remedio a la ingenua beatería de los fundamentalistas. Hay que tener en cuenta que el teoricismo fue desde el principio, desde Duhem, la reacción crítica más aguda al fundamentalismo o cientificismo decimonónico. El buen juicio de Ortega en el desarrollo de su personal idea teoreticista de la ciencia, el acierto de sus expresiones (por ejemplo, «barbarie del especialismo») podrían tomarse por sí mismas como criterios para valorar, en justicia, y de un modo muy alto, las ideas de Ortega sobre la ciencia («La idea de ciencia en Ortega», p. 30). Y es que Ortega repara en que el hombre suele hacerse su vida a tientas. Poseer la fe ciega del carbonero -sea en la religión, sea en la ciencia- no salva automáticamente nuestra circunstancia, porque la vida no puede suplantarse ni con la fe revelada ni con la razón pura.
Por último, concluimos, Ortega -al igual que el Husserl de
Krisis - reduce al físico de nuestro tiempo a la figura del físico teórico o matemático. Sin embargo, las figuras del físico fenomenólogo» y del físico experimental no pueden soslayarse, a riesgo de disimular demasiado el papel que la praxis desempeña en las ciencias físicas, pues la realidad tiene que ver ante todo con nuestras habilidades para transformarla. Al concebir la ciencia como cultura, Ortega pliega sus análisis sobre la misma a un nivel logoteórico, faltando su análisis como faena, como quehacer
[ 1 ] . La física es,
cum grano salis , como la música. La música, para ser música, ha de sonar y los que la reducen a partituras o imaginaciones intracraneales confunden la parte con el todo.
Mutatis mutandis , la física, para ser física, ha de comprender activamente la manipulación de electrones, protones, etc.
Por decirlo con la famosa alegoría baconiana, el físico se asemeja más a la abeja que a la hormiga o la araña -con tintes empiristas la primera y con tintes racionalistas la segunda-, pues la abeja «guarda el punto medio, extrae la materia prima de las flores en huertos y jardines, y luego la transforma y digiere con sus propios medios».
[ 2 ] .