Por último, sumariamente, observemos que las tendencias profundas que afloran en la teoría de la relatividad como fenómeno histórico y que detecta Ortega -absolutismo, perspectivismo, antiutopismo y finitismo- resultan esencialmente coincidentes con las indicadas por Moritz Schlick, a modo de ejemplo: «El método de la investigación de la teoría de la relatividad (que podría ser llamada teoría absoluta con mayor justificación) no deja ningún resquicio a la subjetividad o a la arbitrariedad por parte de los observadores»
( Filosofía de la naturaleza , Madrid, Encuentro, 2002, pp. 55-56).
Ortega y la física matemática
Frente al positivismo que imperó durante la mayor parte del siglo XIX , y cuyo énfasis en empirismo e inducción heredaría el neopositivismo del XX , destacó el criticismo convencionalista, de Poincaré o Duhem, que llamó la atención sobre los componentes anticipativos de cualquier conocimiento científico. Moviéndose entre positivismo y escepticismo, el par de filósofos antedichos mantuvieron que los conceptos científicos son, en efecto, convenciones, pero no arbitrarias, pues dependen de la experiencia, que muestra si son exitosas o no exitosas, en ningún caso verdaderas o falsas. El arsenal conceptual de la ciencia sólo comprende herramientas, instrumentos susceptibles de resultar más o menos útiles.
A nuestro entender, Ortega hace suya la doctrina de Poincaré , es decir, un convencionalismo geométrico y físico. Con respecto al convencionalismo geométrico, Poincaré afirma que el espacio es una forma fláccida, amorfa, carente de características geométricas intrínsecas: «Una geometría no puede ser más verdadera que otra; solamente puede ser más cómoda » ( Ciencia e hipótesis , Madrid, Espasa-Calpe, 2002, p. 103). Postura que, perfectamente, entronca con la guardada por Ortega, como explicamos anteriormente. Y, con respecto al convencionalismo físico, Poincaré asevera que los conceptos científicos presentan cierto carácter de libre convención, pero no por ello son arbitrarios: «¿La ley de aceleración, la regla de la composición de fuerzas, no son, pues, sino convenciones arbitrarias?
Convenciones, sí , arbitrarias, no; lo serían si se perdieran de vista las experiencias que han conducido a los fundadores de la ciencia a adoptarlas y que, por imperfectas que sean, bastan para justificarlas» (p. 154). A continuación, rastreamos estas huellas convencionalistas en el pensamiento orteguiano. La física, según Ortega, es una arquitectura ideal que los hombres nos construimos para habérnoslas con el mundo: El «mundo interior» que es la ciencia, es el ingente plano que elaboramos desde hace tres siglos y medio para caminar entre las cosas. Y viene a ser como si nos dijéramos: «Suponiendo que la realidad fuera tal y como yo la imagino, mi comportamiento mejor en ella y con ella debía ser tal y tal. Probemos si el resultado es bueno» ( Ideas y creencias , Madrid, Revista de Occidente, 1965, p. 50).
Las ideas físicas habitan, pues, uno más de los mundos interiores de ideas-ocurrencia que nuestra fantasía ha creado para solucionar problemas de coexistencia entre nosotros y las cosas. Y tales ideas brotan ineludiblemente de la imaginación:
Es indubitable: el triángulo y Hamlet tienen el mismo pedigree . Son hijos de la loca de la casa, fantasmagorías. El hecho de que las ideas científicas tengan respecto a la realidad compromisos distintos de los que aceptan las ideas poéticas y que su relación con las cosas sea más prieta y más seria , no debe estorbarnos para reconocer que ellas, las ideas, no son sino fantasías y que sólo debemos vivirlas como tales fantasías, pese a su seriedad (p. 49).
Precisamente, este componente fantástico de las ideas físicas y matemáticas es lo que permite su exactitud, pues sólo puede ser exacto lo fantástico. «El punto matemático, el triángulo geométrico, el átomo físico [¡la quimera de la física!], no poseerían las exactas calidades que los constituyen si no fuesen meras construcciones mentales» (p. 49). Ortega asume que la física actual determina la estructura del universo mediante razonamiento a priori consistente en deducciones matemáticas. En la secular cuestión sobre si el fundamento último de la física matemática es la observación o la invención, Ortega apuesta decididamente por la última. El aspecto griego pesa más que el aspecto egipcio. «La mera observación no funda la ciencia» ( Meditación de la técnica , p. 158). Los hechos nada dicen espontáneamente. Los hechos sólo nos hablan cuando les damos un pie teórico, que, por descontado, resulta ser invención nuestra. Varias teorías pueden ser igualmente adecuadas y la hegemonía de una concreta se sustenta en motivos prácticos: «los hechos la recomiendan, pero no la imponen» ( ¿Qué es filosofía? , Madrid, Espasa-Calpe, 1999, p. 70). De un lado, registramos hechos, de otro poseemos teorías físicas, como telas de araña que los envuelven y atrapan, pero ¿cómo logran cazarlos?
La correspondencia entre estas teorías y aquellos hechos, entre el cuerpo de las observaciones y el cuerpo de los conceptos o doctrinas se ha hecho equívoca. Hay, sin duda, correspondencia, pero no se sabe bien en qué consiste. A veces parece como si lo que la teoría actual dice no tuviera nada que ver con las «cosas» ( Meditación de la técnica , p. 150).
La metáfora del reflejo intelecto-cosa, aunque tomada de la luz, resulta sumamente oscura en la actual física. A juicio de Ortega, el conocimiento físico se resuelve en conocimiento simbólico, en guardarropía: En el guardarropa del teatro nos dan chapas numeradas cuando entregamos nuestros abrigos. Una chapa no se parece nada a un abrigo; pero a la serie de las chapas corresponde la serie de los abrigos, de modo que a cada chapa determinada corresponde un abrigo determinado. Imagínese que el hombre del guardarropa fuera ciego de nacimiento y conociese por el tacto los números en relieve que llevan las chapas. Distinguiría bien éstas, o lo que es igual, las conocería. Ante cada chapa palpada recorrería por orden la serie de los abrigos y encontraría el que corresponde a aquella, a pesar de que no ha visto nunca un abrigo. El físico es este guardarropista ciego del Universo material. ¿Puede decirse que «conoce» los abrigos?
¿Puede decirse que conoce la Realidad? Todavía a comienzo de siglo decían los físicos -Thompson, por ejemplo- que el método de la física se concreta en construir «modelos» mecánicos que nos representen con claridad el proceso real que confusamente se manifiesta en los fenómenos. En la física actual no cabe la posibilidad de «modelos». Lo que la teoría física dice es transcendente a toda intuición y sólo admite representación analítica, algébrica; confirma esto que cuando, posteriormente, la mecánica de los «cuantos» tuvo ante su tema, por completo nuevo, que «volver a empezar», atravesó una etapa como de niñez teorética y tuvo que tornar a fabricarse «modelos» (átomo de Bohr). Pero la rapidez con que esta etapa pasó, y su tránsito a una teoría más inintuible aún que el «campo métrico» de la Relatividad, muestra mejor que nada la presión del actual modo de pensar en la física ( La idea de principio en Leibniz , pp. 32-33).
En fin, según Ortega, « el único contacto entre la "teoría física" y la Realidad consiste en que ella nos permite predecir ciertos hechos reales, que son los experimentos » (p. 30). «El experimento es una manipulaciónnuestra mediante la cual intervenimos en la naturaleza, obligándola a responder [...] llama realidad el físico a lo que pasa si él ejecuta una manipulación» ( ¿Qué es filosofía? , p. 70). (Credo instrumentalista que Ortega ilustraría gráficamente recurriendo al politopo de Weyl en La idea de principio en Leibniz .)