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Revista de Occidente 294 Revista de Occidente

A vueltas con Ortega, la física y Einstein

por Carlos M. Madrid
Revista de Occidente nº 294, Noviembre 2005

Número de páginas: 4
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«Nuestra experiencia nos autoriza a creer que la naturaleza es la realización de las ideas matemáticas más simples que se pueda concebir» (citado por Andrés Rivadulla, Éxito, razón y cambio en física , Madrid, Trotta, 2004, p. 66). (No en vano Einstein respondió a un rabino de una sinagoga neoyorquina que él sólo creía en el dios de Spinoza, que le revelaba una armonía íntima entre todos los seres del universo.) Estas afirmaciones archiconocidas, como apunta Ana Rioja, «son consecuencia, no de su credo epistemológico, sino de su credo metafísico-religioso, estando este último en abierta contradicción con el anterior» («Einstein: el ideal de una ciencia sin sujeto», Revista de Filosofía , núm. 2, 1989, p. 89). En efecto, ¿cómo conjugar el intuicionismo epistemológico con el matematicismo religioso? ¿Cómo compaginar la libre elección de conceptos con su postulada universalidad legal? Precisamente, como vamos a desarrollar, de esta incompatibilidad fue de lo que se percató perspicazmente Ortega.
Ortega y la relatividad
A finales del siglo XIX, la mecánica clásica y la teoría del campo electromagnético arrojaban una visión imperialista del mundo. En cuatro pinceladas, esta visión clásica del mundo consistía en la adopción de los siguientes ítems: (i) existencia de espacio y tiempo absolutos; (ii) concepción corpuscular de la materia (hipótesis atómica); (iii) concepción ondular de la luz (hipótesis del éter); y (iv) determinismo. Inspirado por esta cosmovisión decimonónica, Lord Kelvin escribiría con optimismo: «En todas las áreas centrales, la física constituye un total perfectamente armonioso... La belleza y claridad de la teoría dinámica, que establece que el calor y la luz son formas del movimiento, sólo están oscurecidas por dos nubes».
Desgraciadamente, estos dos nubarrones -el problema del éter y el problema de la radiación del cuerpo negro- abrirían la puerta a las dos revoluciones científicas que echarían por tierra la visión clásica del mundo -nos referimos a la teoría cuántica y a la teoría de la relatividad (que llegaría a cuestionar (i) y (iii)).
Según Ortega, la física relativista, como toda física, no es sino cosmometría . Física significa medir. La medida es al físico lo que la intuición es al matemático, es decir, el recurso con que consigue dominar su campo. La matemática entra en la física de mano de la mensuración. Galileo, fundador de la física, estaba en la creencia ciega de que la verdad está escrita en la naturaleza con caracteres matemáticos: «Galileo cree a pie juntillas que la espacialidad y la temporalidad de las cosas son el espacio y el tiempo matemáticos, no el espacio y el tiempo métricos» ( Meditación de la técnica , p. 138).
Para la física, para la física relativista en especial, las leyes geométricas son leyes físicas, pero, avisa Ortega, «ninguno de los espacios construidos por las puras geometrías es el espacio real de la física » (p. 140). Ortega sostiene, pues, que la geometría es una especie de física racional, en ningún caso, como querría Einstein, real. Mientras que Einstein mantiene que determinamos empíricamente nuestra geometría, Ortega observa que, en realidad, geometrizamos la materia. Ambas lecturas del quehacer físico son duales pero incompatibles, a la manera como una bóveda eclesiástica puede verse cóncava o convexa según se contemple desde dentro o fuera de la iglesia, pero no puede verse cóncava y convexa a un mismo tiempo.
Toda física (sea clásica, relativista o cuántica) es compuesto de dos ingredientes: la geometría y la observación. «La geometría es una cuadrícula elaborada por la razón pura; la observación es faena de los sentidos» ( El tema de nuestro tiempo , Madrid, Espasa-Calpe, 1987, p. 152). El gran enigma es: «¿Debe ceder la observación a las exigencias de la geometría o la geometría a la observación?» .
El experimentum crucis que supuso el experimento de Michelson-Morley sólo admitía una solución: «Una de dos: o la materia cede a la geometría o ésta a aquélla». Ante este dilema, como indica Ortega, Lorentz abrazó la primera opción (el resultado del experimento quedaba explicado bajo la hipótesis de una contracción real de la longitud) y Einstein, por su parte, la segunda (el resultado del experimento quedaba explicado bajo la hipótesis de invariancia e independencia de la velocidad de la luz respecto del estado dinámico del observador). (Los experimentos cruciales de Kennedy-Thorndike acabarían refutando la teoría de la contracción material.)
Sea como fuere, lo que aquí importa señalar es que Ortega repara en que Einstein invierte la relación normal entre geometría y observación. Por vez primera, la geometría se amolda a la observación y no al revés. Prescindimos de la geometría euclidiana y empleamos la geometría riemanniana, ya que «la razón deja de ser norma imperativa y se convierte en arsenal de instrumentos» (p.154). Con otras palabras, lo que de hecho hace Einstein es geometrizar la materia empleando la geometría que resulta más adecuada a casi todos los efectos.
Sin embargo, la estupefacción de Einstein ante el comentario de Ortega sólo puede comprenderse si caemos en la cuenta de que el pensamiento einsteiniano, como ya avanzamos, no refleja fielmente su propia faena científica. Einstein sigue concibiendo que determinamos empíricamente la geometría del mundo, en vez de geometrizar el mundo en función de nuestros intereses científicos, ya que -como anota Ortega- «la materia no tiene preferencias geométricas» ( Meditación de la técnica , p. 140). De este modo, el primero considera al espacio-tiempo cuadridimensional como ente reificado, pero el segundo sólo lo vislumbra como útil para sistematizar nuestro conocimiento de ciertos fenómenos naturales. En general, Ortega advierte que el físico emplea la matemática como mera herramienta para ordenar sus medidas, jamás como abecedario para leer en el hipotético libro de la naturaleza -advertencia que choca frontalmente con el matematicismo einsteiniano. En suma, con su comentario a Einstein de que acabaría por geometrizar la materia, Ortega se vio inmerso en la discusión de la alternativa «geometrización de la materia» o «determinación empírica de la geometría», a raíz del nacimiento de la teoría de la relatividad. De una parte, la concepción de la relatividad como teoría física que impone convencionalmente su geometría al universo, como recurso para describir cómodamente sus características. De otra parte, la concepción de la relatividad como teoría física que comporta una fisicación de la geometría, convirtiéndose la geometría del universo en objeto de estudio a la manera que los astros o los electrones lo son. Ortega abogaba por la primera tendencia -en convergencia con Poincaré, como mostraremos más adelante-; por contra, Einstein abrazaba la segunda, sin perjuicio de su herencia machiana -pero, como va dicho, el credo epistemológico y el credo metafísico-religioso de Einstein nunca estuvieron plenamente libres de contradicción.
Históricamente, la primera alternativa ha contado con la adhesión de Leibniz, Reichenbach o Grünbaum y esta tradición relacionalista-convencionalista sostiene, en palabras de M.friedman que haría suyas Ortega, que «no se puede afirmar con significación que el espacio físico tiene una u otra geometría más que en relación con un cierto método particular de medición de longitudes [...] el espacio físico carece pura y simplemente de geometría; es métricamente amorfo » ( Fundamentos de las teorías del espacio-tiempo , Madrid, Alianza, 1991, p. 353). O, como dijera Ortega, «la materia no tiene preferencias geométricas». He aquí, desenterrada, la raíz de la polémica Ortega-Einstein.
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