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Revista de Occidente 294 Revista de Occidente

A vueltas con Ortega, la física y Einstein

por Carlos M. Madrid
Revista de Occidente nº 294, Noviembre 2005

Número de páginas: 4
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Con la doble ocasión de que este año 2005 hemos conmemorado, simultáneamente, el medio siglo de la muerte de José Ortega y Gasset y el siglo del alumbramiento de la teoría de la relatividad especial de Albert Einstein, parece oportuno dirigir de nuevo nuestra mirada sobre las apreciaciones que Ortega hiló sobre la física matemática en buen número de sus escritos. Cierto es que la obra de Ortega no contiene propiamente una filosofía de la ciencia, porque, entre otras razones, Ortega estaba más interesado en la vida, que hace posible la ciencia. La perspectiva de la vida es distinta de la perspectiva de la ciencia, englobando la primera a la segunda.
La ciencia -como la filosofía, la religión o el arte- presupone la vida en que se da. No obstante, Ortega siempre consideró la ciencia como uno de los más preciados bienes del patrimonio humano y su constitución como «el hecho más importante de la historia sensu stricto humana» ( La idea de principio en Leibniz , Madrid, Revista de Occidente en Alianza, 1979, p. 39). Fruto de esta sensibilidad aparecen diseminadas por su obra un importante puñado de ideas gnoseológicas. Ideas que, como trataremos de mostrar, guardan coherencia entre sí y ocultan un deliberado sistematismo, cuando se contemplan desde cierta órbita de la teoría de la ciencia.
Habitualmente, en los manuales de filosofía de la ciencia, Ortega sólo aparece mencionado como pionero filósofo de la técnica. Sin embargo, como trataremos de argumentar, también merecería ser citado como uno de los primeros filósofos que, desde un enfoque más histórico-cultural que gnoseológico, reparó en la cuestión de los fundamentos de la teoría relativista del espacio-tiempo. No en vano L. Pearce Williams, compilador de la antología de textos Relativity Theory: Its Origins and Impact on Modern Thought (Nueva York, John Wiley & Sons, 1968), incluyó el apéndice «El sentido histórico de la teoría de Einstein» de Ortega aduciendo que éste había sido uno de los críticos más perceptivos del pasado siglo. Ya Ortega mismo encareció el valor de dicho apéndice en la «Advertencia al lector» que antecedía a El tema de nuestro tiempo en 1923. A primera vista, parece que Ortega conoció aceptablemente los rudimentos de la teoría einsteiniana; de hecho, leyó el conocido libro Die Philosophie der Raum-Zeit-Lehre de Reichenbach y, además, estuvo al tanto de las pruebas observacionales que la confirmaban (así lo atestiguan sendas notas al pie en páginas 27 y 38 de La idea de principio en Leibniz ). Es más, Ortega impulsó decisivamente su difusión científica en España, tanto desde Editorial Calpe (que enseguida publicaría La teoría de la relatividad de Einstein de Max Born o Los fundamentos de la teoría de la gravitación de Einstein de Edwin Freunlich) como desde Revista de Occidente (que llegaría a contar con las firmas de Einstein, Weyl...). Por todo lo visto, a priori , no se torna espurio tomarse en serio y ajustar cuentas con las ideas gnoseológicas de Ortega. Así, contra aquellos que piensan que las reflexiones gnoseológicas de Ortega nos precipitan a un relativismo científico de signo irracionalista, que pone en fuga a la razón con (supuestamente) «la trivial opinión derrotista que iguala la fe en la ciencia a la fe en los dogmas de la religión, en una actitud claramente antiilustrada» (M. Burón González, La historia y la naturaleza , Madrid, Akal, 1992, p. 137), sostendremos la tesis de que Ortega se mueve en la estela del racionalismo convencionalista que floreció a finales del XIX y comienzos del XX de manos de Poincaré o Duhem. De otro modo, impugnaremos y neutralizaremos la acusación de irracionalismo a Ortega, cuando menos, en el ámbito de la teoría de la ciencia.
Ortega y Einstein
Cuenta Ortega en el último de los cuatro artículos que escribió en el otoño de 1937 para el diario bonaerense La Nación -reunidos, más tarde, bajo el sugerente título de Bronca en la física - que, cuando Einstein visitó la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1923 para exponer su teoría, se le ocurrió decirle: «¡Acabará usted haciendo de la física una geometría!» ( Meditación de la técnica , Madrid, Revista de Occidente en Alianza, 1982, p. 161). Ortega, a la sazón presentador y traductor de Einstein, añade que los aspavientos que éste realizó tras escuchar su comentario eran muy dignos de mención.
Imaginemos la escena por un instante: por un lado, el filósofo español, de penetrante pero jovial mirada; por otro, el físico alemán, de apariencia despistada, y con los ojos estupefactos «con que se suele afrontar la audición de una gigantesca estupidez, una de esas estupideces sin tratamiento ni ortopedia posibles». A continuación reflexiona Ortega sobre cómo muchos de sus interlocutores necesitan creer que él es un mentecato para así poder reafirmarse en sus convicciones. Por supuesto, aduce elegantemente, no era éste el caso de Einstein, «por lo menos en aquel momento».
¿Qué fue lo que provocó tal reacción en Einstein? ¿Qué había en el comentario de Ortega para lograr poner a la defensiva al prestigioso físico? Hasta donde se nos alcanza, sospechamos que Ortega intuyó la tensión que siempre cruzó de punta a punta la faena teorética de Einstein; de otro modo, empleando términos escolásticos, Ortega percibió la divergencia realmente existente entre las ideas que Einstein decía ejercitar y las que de hecho representaba.
Antes de entrar en lo que verdaderamente encerraba el dardo orteguiano, debemos prestar atención al pensamiento einsteiniano.
La evolución del pensamiento de Albert Einstein se articula en dos grandes etapas. Primero, una etapa fenomenista, de marcado sesgo machiano, que alberga al Einstein ocupado en la elaboración de la teoría de la relatividad. Segundo, una etapa falsacionista, podríamos decir pre-popperiana, que atraviesa al Einstein preocupado por los fundamentos de la teoría cuántica. Esta última etapa es aquella sobre la que más hemos de detenernos.
Las ideas del Einstein maduro precipitan en dos amplios grupos. Por una parte, el credo epistemológico . Si se nos permite la expresión, y aquí es donde Ortega puso el dedo en la llaga, Einstein es un kantiano descafeinado, por cuanto es un apriorista que renuncia a toda trascendentalidad. Einstein se rebeló contra el positivismo de raigambre machiana que concebía al científico como mero recolector de hechos. La razón no sólo recolecta hechos, sino que los ordena, pues el científico es agente constructor de nuevos conceptos y teorías. Sin embargo, este rasgo kantiano se ve contrarrestado por la crítica humeana en el pensamiento de Einstein. El sujeto crea conceptos, mediante libre invención, a partir de la experiencia.
De estos conceptos se entresacan axiomas que permiten deducir proposiciones falsables por experimentos científicos. Con otras palabras, el método de la física es el método hipotético-deductivo, puesto que no existe camino lógico alguno que nos guíe de manera segura desde la experiencia hasta los conceptos: «No existe un método inductivo que nos conduzca a los conceptos fundamentales de la física [...] la situación más satisfactoria, es evidente, se hallará en los casos en que las nuevas hipótesis fundamentales sean sugeridas por el propio mundo de la experiencia» ( Mis ideas y opiniones , Barcelona, Bosch, 1981, pp. 276-277). Según Einstein, la intuición sustituye a la inducción en el quehacer del físico.
Por otra parte, el credo metafísico-religioso . Por Einstein discurre cierto torrente pitagórico que le hace concebir el mundo como estructura matemática. Característica que, a su modo de ver, constituye el mayor milagro del mundo, ya que nos capacita para comprenderlo:
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