Hay primero un yo heredado y social que oculta y no deja prevalecer,de entrada, al yo auténtico. Éste está llegando a ser a través de sus actos de vida. Pero nunca termina de ser sino cuando la vida ya no tiene remedio. De ahí que el rasgo más determinante de ese yo sea su carácter de proyecto y vocación . Siendo la vida faena que se hace hacia adelante, el yo es lo que prefiere y discrimina, siempre en el ámbito limitado y forzado que denominamos «circunstancia». El pasado es el momento de identidad del yo y también de donde obtiene sus poderes. Pero en su constitución es más determinante el futuro, llegando Ortega a describir formalmente al yo como futurición . En efecto, el yo se va revelando en su diaria confrontación con el mundo, urgido por lo que «quiere ser» o, mejor, «tiene que ser». La vocación es un envío, una imposición de cuyo origen no cabe hablar porque salta desde el horizonte de lo evidenciable desde ese «trasmundo» que rodea el ámbito de aparición o manifestación de la vida humana; la vocación es una pretensión o aspiración a que la vida adquiera un determinado perfil. Y con mi vida, su inseparable circunstancia, es decir, el mundo real histórico en que vivo. De modo que la vocación me consigna a actuar en el mundo y a transformarlo en el sentido de esa vocación mía que exige ser ejecutada. La vocación implica un ethos en el sentido de exigencia moral.
Esta visión del yo como proyecto y vocación, no como mero sujeto de conocimiento y acción, termina por disolver la «naturaleza humana» de la filosofía tradicional en la vida humana como estructura de acontecimiento. Éste es el sentido que hay que dar a la provocadora tesis formulada en Historia como sistema «el hombre no tiene naturaleza... es falso hablar de la naturaleza humana [...] Lo único que el hombre tiene de ser, de "naturaleza", es lo que ha sido. El pasado es el momento de identidad del hombre...» (VI, 24 y 39). Es decir, que el hombre como especie no tiene sino la identidad que le confiere la historia y como individuo la de su biografía. Algunos comentaristas han embotado el filo de la afirmación recurriendo al matiz siguiente: Ortega quiere decir que el hombre no es naturaleza, pero que la tiene, lo que reforzaría la segunda interpretación. Aunque es difícil negar que el ser humano tenga una estructura física y biológica que le condiciona, en efecto, ésta nunca le determina. En este sentido, parece inevitable abandonar la expresión «naturaleza humana» y quedarse con la de «condición humana», frecuente en los textos orteguianos, para señalar la condición de tener un cuerpo que es necesario mantener limpio, caliente, alimentado, etc. A la hora de reflexionar sobre la vida humana parece insalvable aceptar que ésta se ha constituido históricamente a través de las producciones humanas teóricas y prácticas a cuyo conjunto solemos llamar historia y que el hombre fue creando para responder a sus condiciones de existencia.
Ningún asunto humano puede escapar a sus determinaciones históricas. Comprender la vida es contar la historia de las formas en que la humanidad ha ido resolviendo el problema que le ha planteado el vivir. La historia es el sistema de las representaciones-en el sentido teatral de la palabra- dramáticas acontecidas.
Entonces, ¿cuál es el nombre que hace justicia a la filosofía de Ortega?
El despliegue de la segunda navegación, a partir de QF, se produce desde una razón vital anclada aún en un naturalismo idealizante, hacia una razón que no deja de ser vital o viviente pero que se caracteriza unívocamente como histórica, genealógica, temporal, hermenéutica, etimológica o, en fin, narrativa.
J. L. M.
El presente artículo se basa en una conferencia impartida en el Curso de Formación del Profesorado del MEC «Vigencia del pensamiento de Ortega» (UIMP, septiembre 2005).