Ocasión y circunstancia de un aniversario
El 18 de octubre de 1955 moría Ortega en Madrid. Es inevitable que la Revista de Occidente dedique a su fundador un recuerdo justo en el número que llega al público en el mes de la efeméride. Se completa así un primer homenaje que desde estas páginas se inició en el número de mayo, dedicado a comentar, al hilo de la otra gran conmemoración del año cinco, «El Cervantes de Ortega»; y se hace puente con el que llegará con el próximo número de mayo de 2006.
La mecánica del calendario parece imponernos la ocasión para ocuparnos de Ortega, pero ese automatismo social tendrá dos significados muy distintos según que el autor pertenezca o no a nuestra circunstancia. Pues no nos engañemos. En éste y en cualquier otro aniversario o conmemoración siempre se trata de nosotros mismos y no del objeto que lo desencadena. No ignorar esto es la única manera de ser generosos e inteligentes, en el caso que nos ocupa, con Ortega y su legado. ¿Está vivo Ortega en nuestra circunstancia de 2005? Habrá respuestas para todos los gustos, pero, sin duda, unas resultarán más ajustadas a realidad que otras. De lo que no cabe duda es que el medio siglo es simbólica y materialmente una cantidad redonda de años para detenerse, echar una mirada hacia atrás y sopesar lo que sobre-vive de una filosofía que se vio a sí misma como rigurosamente circunstancial en la faz de su tiempo. La tarea se vuelve más urgente si reparamos en que, por motivos que aquí no podemos esclarecer, ni siquiera mencionar, la presencia de Ortega en «nuestra» circunstancia, insisto, su mera presencia, sigue siendo compleja, llena de claroscuros y abierta a debate. Como ejemplo espumado del día, véase el contraste que ofrecen los dos artículos que publica «Babelia» ( El País , 17-IX- 2005) comentando la aparición del volumen tercero de la nueva edición de Obras completas . Que se trata de un gran escritor, ensayista o intelectual apenas lo discute nadie en su sano juicio. Que se trate de un «verdadero» filósofo, referencia necesaria para seguir pensando en lengua española..., que sea nuestro clásico en filosofía es, sin embargo, algo que me consta seguirá debatiéndose en los próximos meses. Mejor así. Quizá sea el momento de echar cuentas y no pasar de puntillas sobre el significado que para la inteligencia que se expresa en lengua española tiene el legado orteguiano.
Quizá haya que revisar el expediente en que se nombra a Ortega «clásico» formal, pero a condición de desconectarlo de nuestra realidad, «clásico prematuro» según la expresión que Rodríguez Huéscar acuñó con precisión irónica
Fue en 1983, con motivo del centenario del nacimiento de Ortega, cuando el mencionado Rodríguez Huéscar se planteó la cuestión de la «clasicidad» de su maestro. Muchas de las preguntas y debates que se suscitaron entonces volverán a ser recuperados. Pero creo que las fechas imponen su lógica selecta e implacable. Entonces fue la ocasión para el recuerdo, la evocación de la vida que había comenzado cien años atrás. Aún vivían las personas que habían conocido a Ortega y con-vivido su vida, si se me permite la expresión. De ahí que el monográfico que publicó Revista de Occidente (mayo de 1983) dirigido por Soledad Ortega se titulara significativamente Ortega vivo y estuviera dedicado a reunir recuerdos «antes de que la posibilidad de dejar constancia escrita de testimonios de primera mano desaparezca definitivamente», como decía la hija del filósofo en el «Propósito» con que introducía el número.
Paradoja: el comienzo de una vida dispara el recuerdo, la mirada hacia el pasado. Acaso la evocación de su final haya de servir para calibrar el futuro de Ortega en nuestro propio futuro, por tanto, su proyección, en definitiva y para decirlo con una palabra muy orteguiana, su vigencia. ¿Está Ortega vigente? ¿Es puro formalismo y oportunismo ocuparse de él, celebrar un congreso internacional consignado a reflexionar sobre su recepción, reuniones académicas, publicaciones, etc.? La respuesta habrá de demorarse a que haya terminado el curso que ahora comienza y quepa hacer balance. Pero me atreveré a formular una hipótesis.
La celebración del centenario del nacimiento de Ortega en 1983 coincidió con la culminación de la transición política, que los historiadores suelen identificar con el triunfo electoral del PSOE en 1982. Esa coincidencia marca el estilo del acontecimiento: evocación del hombre y restitución de su memoria, sobre todo en su dimensión pública. El Ortega republicano y liberal, celebrado por la monarquía y el socialismo gobernante. Fue un necesario punto y aparte en las viejas polémicas sobre el orteguismo católico, los tópicos y falsedades que convertían al filósofo, a despecho de lo que escribió, en un conservador con veleidades cripto-fascistas, o en el ensayista de estilo que no llegó a filosofar o que, si lo hizo, fue a remolque de alguna filosofía alemana que había fagocitado.
Los lugares comunes que en los años cuarenta puso en circulación el pensamiento nacional-católico sobre la obra de Ortega fueron repetidos -si se quiere con el signo cambiado- por el progresismo de los setenta, que comenzó a dar signos de fatiga a finales de los ochenta. Todo eso, a mi juicio, termina en los noventa acaso por la confluencia de dos circunstancias, una interna, relacionada con el hecho de que el trabajo hecho durante la conmemoración comienza a dar sus frutos y, sobre todo, una externa: el cambio de clima filosófico en Occidente, relacionado con el desprestigio de las dos grandes escolásticas que habían dominado el mundo académico occidental: las filosofías analíticas y las marxianas. La vuelta de las corrientes filosóficas en las que se había formado Ortega a primer plano contribuyó a hacer que el mundo universitario español, carente de inspiración propia, fuera más poroso a la filosofía orteguiana. Fue, en principio, un «cambio de marcha» en la filosofía española (para decirlo con la expresión de Ferrater) cuyos efectos se empezaron a ver inequívocamente a comienzos de este siglo.
La pregunta por la vigencia del legado orteguiano presenta dos dimensiones. Una indiscutible, la que alude al proceso de modernización que vive España a lo largo del siglo XX , orientado en parte por las metáforas y el relato del propio Ortega: Europa como horizonte, el liberalismo como «verdad de destino», templado por políticas de inspiración de lo que llamamos hoy «socialdemócrata», pluralismo político, descentralización y estructura regional del Estado, creación de minorías profesionales y culturales que den altura a la vida colectiva española, etc. La parte de ese legado que, a mi juicio, corresponde discutir ahora, en el instante que nos depara el medio siglo transcurrido desde su muerte, es la de su filosofía, el alcance y relevancia para nosotros mismos y nuestro mundo de un pensar que se concibió pegado a su propia circunstancia histórica. ¿Qué nos susurran o gritan las palabras de Meditaciones del Quijote, El tema de nuestro tiempo, ¿Qué es filosofía? , los ocho volúmenes del Espectador, Apuntes sobre el pensamiento, La idea de principio en Leibniz o Una meditación sobre Europa, en fin esos volúmenes de Obras completas que ahora se reeditan en una edición que aspira a ser definitiva, digna de un clásico del pensamiento?