Enfrentamientos ancestrales motivados por un odio anciano, reseco, que se renueva permanentemente porque responde a un estímulo visceral: la necesidad de ser reconocido como miembro de una comunidad puede manifestarse positivamente -por lo que aquella comunidad es o significa-, o negativamente -lo que no es, o contra quién va. La identidad, en definitiva, puede ser, en lo esencial, activa o reactiva y ahí está a veces la memoria entendida como agravio lacerante, ocupando un espacio que no le corresponde, impidiendo la vida, haciendo inviable la suma de voluntades... Barcelona contra Madrid. ETA contra España. Nacionales contra republicanos. Carlistas contra cristinos. Liberales contra conservadores. Fernandinos contra afrancesados. Serena de Arriba contra Serena de Abajo. Góngora contra Quevedo. Fabra contra Alcover. Pla contra Rodoreda. Católicos contra reformistas. Pijos contra charnegos. Vascos contra maquetos. Canarios contra godos. Nacionalistas contra no nacionalistas. El Barça contra el Real Madrid... Sumar voluntades es una tarea política y moral imposible de sobrellevar. A ningún ser humano nacido en el Estado español puede pedírsele que la cargue sobre los hombros porque el griterío del entorno es ensordecedor. Así somos y ésta es nuestra forma de trabajo: donde pueda restarse, que no se sume.
La suerte, a fecha de hoy, ya está echada. Pensar en las dos ciudades, Madrid y Barcelona, como dos espacios sensibles, generadores de actitudes y sentimientos, influyentes (el texto de Sabino Méndez, «Hotel Tierra», es un brillante ejercicio autobiográfico que clama por el entendimiento común). Dos espacios con dinámicas e influencias muy distintas, como ponen de manifiesto los magníficos trabajos de Jordi Amat (Unidad de Estudios Biográficos) y Manuel Alberca (Universidad de Málaga) encarando la alternancia de su protagonismo intelectual. Al profesor Alberca hay que agradecerle el esfuerzo de haber leído a los autores catalanes en su lengua. Es una muestra de rigor que no debo pasar por alto, aunque el desdeñoso catalanismo imperante nunca se lo valorará. Gracias, en fin, a todos los colaboradores, a todas las miradas (la mirada americana del editor y escritor Blas Matamoro, la irónica y franca de Mercedes Cebrián y el recuerdo de su paso por Barcelona al poeta y memorialista Antonio Martínez Sarrión). Gracias por el esfuerzo que han hecho.