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Revista de Occidente 289 Revista de Occidente

Tocqueville, ciudadano de honor de los Estados Unidos

por Françoise Mélonio
Revista de Occidente nº 289, junio 2005

Número de páginas: 3
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Las interpretaciones pueden dividirse entre aquellas que se construyen alrededor de la idea del interés y del mercado y las que lo hacen en torno de la idea de comunidad. Una importante corriente conservadora encontró la obra de Tocqueville útil para estigmatizar el Estado providencia y glorificar al individuo conquistador. En efecto, sobre todo en sus discursos políticos y en El Antiguo Régimen y la revolución, Tocqueville hace una crítica punzante al constructivismo que lo acerca a Edmund Burke.
El más célebre de los lectores anticonstructivistas de Tocqueville es Friedrich Hayek. Inmigrante austríaco, economista, premio Nobel en 1974, Hayek toma prestado del discurso de Tocqueville contra el socialismo, de 1848, el título de su primer libro célebre: La ruta de la servidumbre ( Road to Serfdom, 1944). Se sitúa en la línea de los liberales ingleses de los siglos XVII y XVIII , de Locke, de los moralistas escoceses y de Burke. De la tradición de pensamiento de la Europa continental, infectada por Descartes y Rousseau, no rescata más que a Kant, Constant, y sobre todo a Tocqueville, quien había sido digno de ser inglés. A Tocqueville le reconoce el mérito de haber denunciado la idea del derecho social y mostrado los efectos perversos de la utopía revolucionaria que pretende reconstruir todo a partir de la tabula rasa . A los ojos de Hayek, sin embargo, Tocqueville muestra algunas inconsistencias, como, por ejemplo, el haber dado un sentido enojosamente negativo a la palabra «individualismo».
Esto es lo que lo separa radicalmente de Tocqueville: para Hayek la libertad es un derecho individual, no se confunde ni con la participación política ni con la independencia nacional. La nación es la supervivencia de un tribalismo primitivo. Tocqueville es irremediablemente un «primitivo», apegado a la grandeza nacional, a la participación política como la forma de la buena vida para el hombre; «no hay nada menos independiente que un ciudadano libre».
En la estela de Hayek, toda una corriente de pensamiento utiliza particularmente los textos de Tocqueville sobre el pauperismo, que han sido recientemente reeditados en Chicago con un prefacio de Gertrude Himmelfarb, para llevar adelante un ataque contra el Estado providencia. Tal interpretación se apoya en una lectura atenta de La democracia en América que muestra en efecto que el interés es el principal motor de los hombres democráticos y que todo el arte de los gobernantes de la democracia consiste en convertir el interés particular en interés bien entendido. Las sociedades democráticas pueden sobrevivir sin virtud, si tienen ciudadanos disciplinados.
No obstante, el pensamiento de Tocqueville escapa a las simplificaciones del discurso conservador, pues cree que el «interés bien entendido» es insuficiente para asegurar la cohesión social si la religión no brinda a los ciudadanos el sentido del largo plazo y del deber, y si el poder público no ofrece una asistencia a todos aquellos a quienes las crisis inevitables en una sociedad industrial precipitan en la miseria. Aunque Tocqueville es lo bastante «norteamericano» como para dar legitimidad al principio del interés, es también demasiado francés como para no temer el «individualismo» que resultaría de una sociedad acaparada por completo por la preocupación del get money y del bienestar. Este temor ante el individualismo es hoy compartido en los Estados Unidos por los «comunitaristas», que temen que los ciudadanos norteamericanos hayan perdido el gusto por las asociaciones, que hayan renunciado a la práctica de la discusión o dejado de lado sus creencias. La amenaza de la desafección ciudadana dio lugar a un análisis célebre de Robert Bellah ( Habits of the Heart, Individualism and Commitment in American Life , Berkeley, University of California Press, 1985, y Bellah et al, The Good Society , New York, Knopf, 1991). Tanto en la derecha como en la izquierda, hoy es posible observar una cierta nostalgia de la Norteamérica de antaño, cuyo carácter religioso y comunitario -ya arcaico en 1831- había sido sobreestimado por Tocqueville, quien también lo había considerado, por momentos, asfixiante. La derecha teme el declive de la moralidad, de la familia y de las iglesias; la izquierda acusa al capitalismo de arruinar la solidaridad. A menudo, aquellos que Skocpol llamó los «románticos tocquevillianos», y que lloran ese mundo perdido, han sido objeto de burlas. Pero la lectura de Tocqueville alimenta bastante más que una forma de nostalgia: nutre una reflexión sobre las creencias y, en especial, sobre la cultura asociativa.
Un buen ejemplo de ello es el libro de Robert Putnam, Bowling Alone: the Collapse and Revival of American Comunity , New York, Simon and Schuster, 2000. El título, por sí mismo, dice claramente que, para el autor, el individualismo es más que un fenómeno estrictamente político; es una disposición social que se encuentra en todos los actos de la vida. Para Putnam, como para Tocqueville, la renovación deseable de la vida local o asociativa y la práctica de la deliberación son las condiciones de una vivificación del espacio público y de una política pública.
La obra de Tocqueville encuentra allí la finalidad que su autor había deseado, pues se trata de luchar contra la extinción de la política sin caer en la ilusión de un posible retorno al pasado. La nostalgia del mundo perdido y el sentimiento de pérdida de sentido no son exclusivamente políticos. Igual que sus contemporáneos, Tocqueville había tenido la convicción de que entraba en una era democrática en la cual las artes y las letras serían descuidadas. Profetiza la superioridad moral del régimen democrático a los ojos del Creador, pero deplora su mediocridad cultural. Esta aceptación resignada de la democracia se vuelve a encontrar en Henry Adams, o en Henry James, quien reconoce a Norteamérica el mérito de abrir a cada uno posibilidades de experiencia, pero en un mundo vacío de emociones estéticas. Es verdad que este déficit estético de los Estados Unidos bien podría superarse pues, como dice irónicamente James, «tendremos poco a poco todos los Tizianos e importaremos algunas catedrales». Esta posición inestable, entre la aceptación de la sociedad moderna y la distancia cultural, es la que adoptan a su vez los discípulos de Leo Strauss, cuyo aporte crítico a la interpretación de la obra de Tocqueville es, desde hace algunos años, considerable.
De esta manera, Tocqueville no es tanto para los norteamericanos un mediador con la cultura europea sino más bien un espejo en el que escudriñar la distancia entre lo que fueron y aquello en lo que se han transformado. La lectura erudita, que resalta el desmembramiento de Toqueville «entre dos mundos» (Francia y Norteamérica, el viejo y el nuevo, para retomar el título de la reciente obra de S. Wolin), tiene poco eco en la enorme masa de lecturas de Tocqueville, que se atribuyen la finalidad exclusiva de interrogar la identidad de los Estados Unidos o de la democracia, lo que a menudo en Estados Unidos parece la misma cosa. Para los norteamericanos, Tocqueville es a la vez un ciudadano de la Unión y, eternamente, su contemporáneo. «Qué diría Tocqueville», «qué aconsejaría si viviese hoy», se preguntan los norteamericanos el 11 de septiembre, durante la guerra contra Irak, etc. Cada generación encuentra así en la obra de Tocqueville argumentos para sus decisiones.
El mérito de la obra de Tocqueville es el de prestarse a interpretaciones múltiples, y situarse a distancia de las elecciones partidistas. Una distancia que se explica por la precoz experiencia francesa de la atomización de la sociedad y del desencantamiento del mundo. También se podría decir que Tocqueville introduce en el pensamiento norteamericano una forma de la cultura política europea aunque lo haga por un camino muy indirecto y a pesar de suslectores.
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