La recepción de Tocqueville en Estados Unidos en el siglo XIX parece ilustrar lo que él mismo dice del patriotismo sombrío norteamericano. Publicada allí en 1838, precedida por un largo prefacio de John Canfield Spencer -abogado whig y representante del estado de Nueva York- La democracia en América ofrece una visión de los Estados Unidos serena y elogiosa que contrasta con los juicios desdeñosos de los viajeros ingleses. Aun así el ex presidente John Quincy Adams acusa a Tocqueville de ser demasiado severo. En efecto, Adams le escribe el 12 de junio de 1837 para defenderse, con algo de razón, de la acusación de haber practicado el spoilt system . El error será corregido en la sexta edición. El episodio es menos significativo que el trabajo de recomposición de una imagen de sí mismos que el libro de Tocqueville provoca en sus interlocutores norteamericanos. Tocqueville había frecuentado sobre todo el ambiente whig y la exactitud de la obra se resintió por esta información parcial. Los whigs desconocían el carácter cada vez menos igualitario de la Norteamérica de los años treinta. No es menos cierto que una gran distancia separa lo que la elite de Boston quería mostrar a Tocqueville y la imagen que él les devuelve de sí mismos.
Spencer remarca que «lectores de las opiniones más diversas verán que frecuentemente está de acuerdo con ambas partes, y que con la misma frecuencia disiente de ellas». De esta forma, Tocqueville participa de la renovación del pensamiento político norteamericano, ayudándole a reflexionar sobre las formas de acomodarse a la democracia. Al menos en 1835. Pues Tocqueville es más lúcido sobre los riesgos de ruptura de la Unión que sus propios interlocutores. Desde el principio, Tocqueville notó el carácter imborrable del error de la esclavitud; después de 1850 se preocupó por la supervivencia de la tradición liberal en un país donde una inmigración constante ponía en peligro la cultura originaria: violencia, demagogia, imperialismo, hacen de la Norteamérica desde los años 1850 «una fuerza irregular y peligrosa». «Pronto no serán más ustedes mismos», escribe melancólicamente. Un europeo podía presentir mejor que otros que Norteamérica entraba en tiempos de revolución y de enfrentamiento de clases y razas.
Sin embargo, paradójicamente, la similitud entre la experiencia norteamericana y las experiencias europeas -que Tocqueville tanto teme- hará que el interés de los norteamericanos por su obra disminuya en el período entre la guerra civil y los años 1940. La industrialización, los conflictos de clase, la centralización conducen a historiadores progresistas como Frederick Jackson Turner y Charles Beard a construir la historia norteamericana sobre el modelo europeo. No pudiendo ya describir a Estados Unidos como el país del consenso ni como el de una democracia asentada sobre individuos independientes, se mira hacia Europa; y, por lo tanto, se lee menos a este pensador demasiado «norteamericano» que es Tocqueville.
El pensador del carácter nacional norteamericano
El retorno de Tocqueville, tanto en Estados Unidos como en Europa, es posterior a la segunda guerra mundial. El desarrollo de los estudios eruditos, iniciados por el gran trabajo de George W. Pierson, Tocqueville and Beaumont in America (1938), es su condición más que su causa. Tocqueville aparece en los años 1950 como el héroe del mundo occidental libre y como el pensador del carácter nacional norteamericano.
El héroe del mundo occidental: Tocqueville contra Marx, es la guerra fría en el plano de las ideas. Una página alcanzaría para asegurar su gloria: el paralelo de 1835 entre los Estados Unidos democráticos y la Rusia despótica, destinados a repartirse el dominio del mundo. Este paralelo no había impactado a los lectores del siglo XIX más que por la fuerza de la expresión. El recuerdo de la brutalidad de los cosacos ocupando París a la caída de Napoleón y la sorpresa provocada en los años 1830 por el rápido auge comercial de los Estados Unidos reducían esta poderosa visión de la geopolítica a la modestia de un lugar común. La guerra fría confiere al paralelo un alcance que se cree «profético». Gracias a Tocqueville, el choque de los dos bloques toma la majestad de una fatalidad de la historia y se presta a la multiplicación de las profecías sobre el porvenir del mundo. El duelo tiene sus formas políticas: Eisenhower, primer presidente que lo cita, reivindica a Tocqueville en un discurso del 4 de abril de 1959 mientras que en Pravda Kruschev se burla de las «elucubraciones de ese reaccionario francés del siglo pasado». El duelo tiene también sus formas académicas o más bien su forma canónica en el paralelo entre Tocqueville y Marx que condensa la exégesis de Tocqueville durante los años 50. Ello es así más en Europa que en Estados Unidos por la simple razón de que Marx no tenía allí un lugar tan central en el debate intelectual como el que tenía en el Viejo Continente.
Más que el adversario de Marx, en Estados Unidos Tocqueville es el pensador del carácter nacional norteamericano. Numerosos estudios de historiadores, sociólogos y politólogos le fueron consagrados. El libro de Louis Hartz The Liberal Tradition in America (1955), cuya importancia no podría ser exagerada, sirvió de eje al debate. Ese libro llevaba como epígrafe una cita de Tocqueville: «Los americanos tienen una gran ventaja, ... que han nacido libres, en vez de haber llegado a serlo». Una vez más, lamentablemente, la cita es apócrifa aunque fiel al espíritu de algunos pasajes de la obra de Tocqueville. El error, repetido en obras posteriores y sólo enmendado en ediciones tardías, no es nimio. Tocqueville había escrito que la ventaja de los Estados Unidos era que «han nacido iguales en vez de llegar a serlo». Pero en los Estados Unidos es la Liberty Bell la que anuncia el nacimiento de la nación, no la Equality Bell . No es desdeñable que, desde el epígrafe, Tocqueville aparezca como garante de la originaria libertad norteamericana. El libro de Hartz sostiene que la ausencia de Antiguo Régimen explica las características específicas de la cultura política norteamericana: la feliz síntesis entre la religión cristiana y el espíritu de la Ilustración, la inexistencia de una cultura revolucionaria y de la lucha de clases.
Hartz se explaya sobre el consenso original, y la felicidad de una Norteamérica que escapa a la historia llena del ruido y furia de los europeos. Una vez más, la gloria de Tocqueville es grande porque Norteamérica se desvía de Europa. Sobre los pasos del Tocqueville revisitado por Hartz, los sociólogos buscan la especificidad de la cultura norteamericana en la práctica del bargaining entre los grupos de interés, una práctica que asegura la tranquilidad pública e impide la hegemonía de una sola clase. El libro de Marvin Meyers The Jacksonian Persuasion (1956) resume para los historiadores la ortodoxia derivada de la obra de Tocqueville en un oxímoron célebre que presenta a los norteamericanos como «venturous conservatives» : conservadores por su reverencia a la tradición y por el apego a sus valores de origen; aventureros por su fe en el progreso y su confianza en la iniciativa de los individuos.
Tocqueville, denominador común en la división de los partidos
Desde los años 60, la obra de Tocqueville no ha podido escapar al conflicto de las interpretaciones. El éxito de Tocqueville, tanto en Francia como en Estados Unidos, se sostiene sin duda en la sutileza de una reflexión siempre abierta. En Estados Unidos, el espectro de las interpretaciones se ve aumentado por la dificultad de clasificar a Tocqueville dentro de las categorías políticas usuales, por su pertenencia a una tradición intelectual completamente distinta.