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Revista de Occidente 289 Revista de Occidente

Tocqueville, ciudadano de honor de los Estados Unidos

por Françoise Mélonio
Revista de Occidente nº 289, junio 2005

Número de páginas: 3
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Tocqueville parece haber sido naturalizado norteamericano hace más de un siglo y medio: su obra forma parte del patrimonio nacional, y permanentemente se descubren en ella los secretos del origen y la promesa de la grandeza perenne de la Unión.
Un autor «clásico»
Desde hace más de un siglo, en las universidades norteamericanas La democracia en América es un clásico. Claro, si entendemos por clásicos esos libros que todo adulto culto siempre pretende haber leído y «releer» con admiración renovada, a pesar de que, por lo general, se ahorra el aburrimiento de lecturas tan áridas. La multitud de libros de texto que cita a Tocqueville (una cincuentena) y de cursos por Internet dedicados a su obra revelan la inflación reciente de la enseñanza de Tocqueville. La demanda académica sobrepasa el marco de las universidades, tal como lo ha mostrado en 1995 la iniciativa de la cadena ciudadana C-Span, que difundió un kit de programas y documentos pedagógicos sobre La democracia dirigido a los adolescentes. Fuertemente mediatizada por una caravana que circuló por el territorio norteamericano, la operación estuvo acompañada por un concurso de poemas, ensayos y caricaturas sobre Tocqueville.
Esta pedagogía «activa» consiguió que jóvenes muy diversos se apropiasen de un texto que, sin embargo, tiene fama de difícil. Pero Tocqueville también es un autor clásico puesto que, incesantemente, se apela a su autoridad para legitimar las posiciones políticas más diversas. Su gusto por la máxima convierte su obra en una reserva inagotable de citas sonoras para iniciar o terminar un discurso. El orador se engrandece al ponerse bajo un patronazgo eminente, y su argumento se ve reconfortado desde el momento en que se adosa a una tradición ya bicentenaria de pensamiento político.
Clinton, por ejemplo, citó a Tocqueville en su Discurso sobre el estado de la Unión ( State of the Union Address ) del 24 de enero de 1995. Había sido precedido, no obstante, por Newt Gingrich, presidente republicano de la Cámara de los Representantes, quien en su discurso de apertura de la sesión legislativa del 4 de enero también había recurrido a Tocqueville. Los Congressional records muestran que esta práctica de la cita legitimadora es constante: 45 referencias durante el 104 congreso, 27 de ellas por republicanos (1995-1996); 50 referencias durante el 105 congreso (1997-1998); 28 durante el 106 congreso (1999-2000); 33 en el 107 (2001-2002); 18 durante el 108 (2003 hasta enero de 2004). Los temas de estos discursos son de una extrema variedad: historia, economía y fiscalidad, cuestiones sociales (la educación, la escolaridad, la religión, la familia), etc. A veces las citas no tienen demasiada relación con el tema. Es sorprendente, por ejemplo, que Newt Gingrich crea encontrar en Tocqueville una autoridad en favor de la baja de impuestos cuando Tocqueville se preocupaba por no ser incluido entre los partidarios de un Estado mínimo y austero. Aún más, la más célebre de las citas norteamericanas de Tocqueville es apócrifa: se repite que «Norteamérica es grande porque Norteamérica es buena. Cuando Norteamérica deje de ser buena, dejará de ser grande». La fórmula fue extraída de un libro de 1941 sobre la religión y el sueño norteamericano; once años más tarde Eisenhower la atribuye a un gran pensador francés; luego, se la reencuentra atribuida a Tocqueville por Reagan en 1982, por Clinton en 1994 y 1995, por Buchanan en el momento de anunciar su postulación en 1996... De discurso en discurso, el nombre de Tocqueville, como el de un Salomón de la democracia, sirve para ennoblecer un adagio de la sabiduría colectiva.
La cita es tan falsa como esclarecedora: más visiblemente que las auténticas, apunta a confortar la identidad norteamericana, hecha de valores morales y de una promesa inicial a la cual la nación debe fidelidad, bajo pena de muerte. La referencia a Tocqueville profetiza «el destino manifiesto» de la Unión norteamericana, que la admiración de los europeos parece hacer más «manifiesta» todavía. Esta americanización de Tocqueville puede sorprendernos puesto que Tocqueville se preocupaba por el juicio del público norteamericano pero no escribía prioritariamente para él. Su objetivo era extraer de la experiencia política norteamericana una lección para los europeos, es decir, para sociedades que salían, o saldrían, del absolutismo. Tocqueville quiso ser el pensador de la transición democrática, y sólo este objetivo permite comprender el vínculo entre todas sus obras. La democracia en América ofrece a los europeos una imagen posible de su futuro. El Antiguo Régimen y la Revolución , para el cual el título La democracia en Francia había sido considerado, trata de los remanentes de la tradición absolutista en la Europa continental y de la dificultad para instalar una democracia liberal. La recepción de Tocqueville en Europa desde 1835 se caracteriza por la meditación sobre el arte de acomodar las democracias al espejo que ofrece la experiencia norteamericana. Tanto es así que no se lee a Tocqueville más que en los períodos en que Europa mira hacia los Estados Unidos: hasta alrededor de 1880 y después de la segunda guerra mundial.
Al contrario, en Estados Unidos casi nunca se lee a Tocqueville con ánimo comparativo. Pese a algunos trabajos notables, no se busca en su obra comprender la experiencia norteamericana por comparación con la historia de Europa. Los libros históricos de Tocqueville ( Recuerdos de la revolución de 1848 , El Antiguo Régimen y la Revolución ) suscitan poco interés fuera del círculo de los especialistas; la lectura norteamericana de Tocqueville es una lectura descontextualizada; el norteamericano se contempla como en un espejo en el libro francés de Tocqueville o más tarde en el libro inglésde Bryce ( The American Commonwealth , 1881); aprende a comprenderse a sí mismo como si fuera otro, como si fuera un extranjero. Pero la mirada del otro no está allí más que para dar fe de la objetividad del juicio, y para que la distancia cultural permita desentrañar mejor las líneas principales de la experiencia norteamericana.
Para el gran público, Tocqueville no es interesante como pensador francés, dotado de una historia particular e inteligible por su situación en un debate francés. O más bien, su cualidad de francés y de aristócrata sólo importa puesto que aumenta el valor de sus elogios: el aristócrata convertido por la grandeza norteamericana, el francés venido de la gran nación revolucionaria que encuentra una revolución hermana, donde lee, se cree, el final de la historia. De esta forma, Tocqueville es utilizado como el testigo privilegiado de una translatio studii et imperii del viejo continente al nuevo.
Forma parte del «french heritage» , es decir de las bondades de la inmigración francesa, junto con los québecois , el marqués de La Fayette, el mayor Charles Pierre L'Enfant, urbanista de Washington, y Bartholdi, el escultor de la estatua de la libertad. Para el historiador, paradójicamente, el interés mayor de la lectura de la obra de Tocqueville en los Estados Unidos no reside en lo que puede enseñarnos acerca de los intercambios culturales entre los dos continentes sino en lo que revela de la imagen problemática que los norteamericanos tienen de ellos mismos desde hace 150 años.
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