En «Ensayo de estética a manera de prólogo» aparece definida la figura del artista con las mismas características que Ortega había atribuido al héroe en la Meditación Primera de Meditaciones del Quijote : el artista, como el héroe, aspira a/quiere «ser él mismo». Y poco más adelante, en la sección tercera, anuncia Ortega una «nueva manera de pensar» exenta de la preocupación subjetivista del idealismo alemán (coronada en Fichte) y crítica con el racionalismo cientificista del neokantismo. La raíz fenomenológica de esta nueva manera de pensar es palmaria y ha sido suficientemente puesta de manifiesto por la crítica. El arte queda comprendido no como un «subterráneo de la vida interior», como quería la comprensión romántica del mismo, sino como «método» capaz de presentarnos (en su representación) el carácter ejecutivo de las cosas. Las cosas mismas en su ser-siendo, esto es, en cuanto que ejecutándose. Y es el carácter presentativo («absoluta presencia») de la representación artística lo que confiere, en la experiencia artística, una proximidad con el objeto que es inmediata e inmediada. El arte es «transparencia»: la transparencia de la absoluta presencia, la transparencia de sí.
La metáfora es, para Ortega, la «forma elemental» de esta transparencia. Y es, sobre todo, «un procedimiento y un resultado». Es un camino en el que se procede a la «desrealización» de los objetos y a su sucesiva unión en ese «lugar sentimental» del que parte el destello metafórico y acaba por conducir a la identificación de dos objetos separados (distantes y distintos). La metáfora permite una identificación nueva. En su novedad se justifica. El bosque es la realidad; el bosque es un libro, el Quijote ; el bosque es España. La metáfora es, pues, creadora, poiética , y con ella en sus manos siente el artista una potencia cuasi-divina, se siente un dios menor que desconoce la lógica oculta de su creación. A esta fuerza de la metáfora, a su potencia incontrastada y misteriosa, debía referirse Aristóteles cuando exigía como requisito irrenunciable del buen discurso el «dominio de la metáfora» ( Poética , 1459 a).
La metáfora es también una perspectiva y como tal se ofrece a la consideración del meditador, y es también, a la vez, sobre todo, creadora de nuevas perspectivas. Es pletórica y su empeño consiste en querer ser siempre más. Es, pues, voluntad metafórica, y su carácter heroico tiene que ver con el «heroísmo de la voluntad». Pero no salva, o, al menos, no salva en aras de esa seguridad que quería Ortega para la salvación. Es un destello fugaz, una iluminación subitánea. Gusta del riesgo y de la inseguridad. Vive en permanente peligro. Su fuerza está en su statu nascendi , pero su vida prolongada es sólo el lento deterioro que apunta hacia las metáforas muertas de la lengua cotidiana. Hay en ellas un brillo apagado que recuerda lejano la fuerza imponente de su gloriosa plenitud.
El concepto, en cambio, siendo también, como hemos visto, perspectiva, es la perspectiva de la red relacional de lo existente. El concepto a-segura y con-solida lo dado, lo salva, pero no es capaz de crear ex novo . El suyo es el «heroísmo de lo cotidiano». Y a su implantación y consolidación fía Ortega el éxito de sus ejercicios salvadores. Ortega es la voluntad de concepto. La tenaz voluntad de hacer concepto en España. Evidentemente, Ortega es deudor de un orden intelectual muy concreto: el neokantismo y la fenomenología aprendidos en Alemania y el positivismo residual presente en nuestro regeneracionismo finisecular. No hay en la tradición española filosofía que -en su opinión- haya valido la pena. Y si la ha habido es como si no la hubiera habido, porque, como afirma en Vieja y nueva política , en nuestra historia ha habido una suerte de «rompimiento» de la tradición, un corte que nos separa de ella y nos la devuelve inútil e ineficaz. Tal y como la comprende Ortega, la circunstancia intelectual española -la suya- no es filosófica, sino artística y literaria. Toda obra de arte que de verdad lo sea alberga dentro de sí una filosofía (aunque esto, claro está, no sea suficiente para hacer de ella una obra filosófica). Lo dijo, claro, pensando en el Quijote . Y también dijo que bastaba continuar las líneas del estilo de Cervantes para nacer a la posibilidad de una nueva España. ¿Las continuó acaso Ortega? ¿Es su estilo continuación del estilo cervantino?
Ortega tuvo la osadía y la arrogancia de querer empezar de cero. En filosofía, se entiende. Teniendo bien presente, eso sí, un modelo alto, como eran Cervantes y el Quijote . Y tuvo que empezar por -o fue llamado a- crear un lenguaje filosófico. La misma experiencia ofrecida por Cervantes era un ejemplo claro de la «inseguridad» del soporte literario para el pensamiento. Ortega buscaba, en cambio, un soporte seguro.
Pero aquí no había conceptos. O no había los que Ortega creía necesitar. Había, pues, que hacerlos. Y en el hacerlos se viste literariamente y se sirve de la fuerza creadora de la metáfora. El discurso orteguiano de Meditaciones del Quijote se funda y construye desde el despliegue de la metáfora (no otra es la función de la amplia descripción del bosque de La Herrería con que se abre la Meditación Preliminar), pero es un despliegue metafórico que no se construye como morada ideal del pensamiento, sino como lugar provisional del mismo, como búsqueda de los conceptos capaces de darle firmeza y seguridad (años después, en el contexto de la reclamación de la «reforma de la filosofía», hablará Ortega de un uso provisional de ciertos términos, estrechamente emparentados con la metáfora, en espera de los conceptos apropiados para nombrar la nueva realidad radical). Ortega busca un nivel de seguridad para el pensamiento capaz de ponerlo al reparo de la literatura. Sólo así sería posible construir una España nueva, al reparo de la sempiterna precariedad que había dominado la cultura española (sentía su propia circunstancia como un exceso de literatura y un defecto de reflexión, es decir, de concepto, y en la confluencia de este exceso y de este defecto cifraba el mal endémico de España). Por eso su discurso está siempre como abandonando el despliegue metafórico: la ocasión de la metáfora es espera de concepto. Éste es su auténtico estilo: el paso que va del destello metafórico a la claridad conceptual. Funda y fundamenta, pues, Meditaciones del Quijote la filosofía en España. Su misma posibilidad y desarrollo. Y en el hacerlo, se constituye no sólo como filosofía, sino (también) como filosofía española: el concepto de circunstancia imponía un vínculo que Ortega no podía traicionar. Sólo desde la plena conciencia de la circunstancia como límite y limitación podía darse el salto a la filosofía.
Ortega buscó denodadamente en los años que preceden a Meditaciones del Quijote una salida española a la filosofía a través de lo que él llamaba la «estética española» (véase, por ejemplo, «Adán en el paraíso», «La estética del enano Gregorio el Botero» o «Arte de este mundo y del otro»), o lo que es lo mismo, a través de esa «manera española de ver las cosas» tan vivamente presente en nuestras representaciones artísticas (Azorín, Baroja, Zuloaga, etc.). Meditaciones del Quijote cumple esa salida. Quizá no sea el «problema de España» un problema filosófico, desde luego no es como esos Grandes Problemas con que suele presentarse la Gran Filosofía, pero, en su modestia teórica, fue la puerta de ingreso de la cultura española en la modernidad filosófica. Entiéndase: en la modernidad dominante.