El Quijote es el libro profundo perdido en las profundidades de lo hispánico. En el apartado que cierra la Meditación Preliminar, programa metódico de las Meditaciones, Ortega desvela su interés por el estilo de Cervantes. Es Cervantes, dice, una «plenitud española» y, añade, «en estas cimas espirituales reina inquebrantable solidaridad y un estilo poético lleva consigo una filosofía y una moral, una ciencia y una política». En este orden de cosas, si alguien desvelara el perfil del estilo cervantino, su íntima silueta, si alguien fuera capaz de ello, bastaría con prolongar sus líneas para llevar a cabo la ansiada regeneración y el experimento de una nueva España (con relativas filosofía, moral, ciencia y política). Ardua y levantada tarea ante la que Ortega se piensa, con mal disimulado pudor, como ese «nieto» tanto esperado por Cervantes que fuera «capaz de entenderle». Capaz de entender, por fin, su magna obra, el Quijote , y entendiendo ésta, entender también a Cervantes: porque el estilo es el hombre, no en su biografía, sino en la forma interna de su espíritu.
Amable condescendencia, sonrisa irónica y mirar melancólico desplegados con amplitud y sin reparos sobre las cosas del mundo constituyen los trazos principales del estilo de Cervantes. A ellos parece fiar Ortega la posibilidad de configurar para España un proyecto de regeneración justo y eficaz («justicia y eficacia» es el lema de Vieja y nueva política ). España debe desandar el camino de su decadencia secular para reencontrarse con el Quijote , y allí, en plena posesión del secreto de sus profundidades, reconciliada al fin consigo misma, alumbrar un nuevo inicio.
La filosofía que encierra el estilo de Cervantes tendría que ver con esa maniera indirecta y oblicua de acercarse a las cosas que se despliega modélicamente en el Quijote . No para poseer, no para imponer, sino para construir un orden de la realidad capaz de alojar en sí los ideales. No unos ideales concretos, sino su misma posibilidad. Incluso el fracaso de los ideales. Es ésta la forma de un «realismo trascendente», pues se coloca entre dos ámbitos distintos y distantes, pero no como divisoria o límite, sino como lugar de integración, como espacio de lo humano.
No es (sólo) cuestión de contenidos, sino (sobre todo) de forma. La plenitud del Quijote señala un camino; el estilo cervantino, un modo de transitarlo. Y aquí se trata precisamente de eso. Del modo y de la manera. Del modo y manera de llevar a cabo la reforma en España. Del modo y manera de hacer filosofía en España. ¿Es éste el estilo de Ortega?
Cervantes, como el sabio graciano del epígrafe, hace concepto de todo. No de la totalidad, sino de cada una de sus partes en su prístina concreción e individualidad. Su novela ofrece la apertura a la pluralidad de las perspectivas en una suerte de polifonía que conjuga magistralmente la multiplicidad de las voces y la multiplicación de los ecos. Su secreto consiste precisamente en eso, en ofrecer, a través de un estilo, la maniera grande del perspectivismo. Sólo que hay una distancia entre el concepto que hace Cervantes de las cosas y el concepto que ofrece de ellas en su obra. Esa distancia es su secreto. Su estilo. Y llegar a él requiere hacer el camino de su experiencia. O recrearlo en una lectura que sea verdaderamente experiencia de vida.
Ortega acoge en el corazón de su discurso -aunque la enseñanza quizá le venga más de Nietzsche- la multiplicidad de las perspectivas y su carácter esencial en la conformación de la realidad: la perspectiva es «el ser definitivo del mundo». Hacer concepto quiere decir corresponder al «imperativo de la comprensión». Pero el concepto es siempre concepto de algo. De algo que se ha comprendido, es decir, puesto en relación dentro de la red relacional de un mundo que sólo se ofrece en perspectivas. ¿No es el concepto también una perspectiva? ¿Y qué pasa cuando no hay concepto? ¿Qué sucede cuando falta la filosofía? Es decir: ¿qué pasa cuando lo que hay es el «poblachón manchego» de los noventayochistas elevado a símbolo de España? Y sobre todo: ¿qué pasa cuando lo que hay es mengua filosófica y abundancia artística? ¿Y cómo se reabsorbe esa circunstancia? ¿Y el desequilibrio? Es decir: ¿cómo hacer filosofía en España? ¿Cómo? Meditaciones del Quijote intenta responder precisamente a esa reabsorción de la circunstancia española configurando un modo de hacer filosofía que se pretende inaugural y fundacional. De aquí arranca el ejercicio y desarrollo de la filosofía contemporánea en España. Es la base que permite la recepción productiva de las líneas dominantes del pensamiento europeo. La estructura que permite una inserción (salvación) igualmente productiva de las creaciones nacionales. Pero es un modo de hacer filosofía fronterizo con lo literario, y si hacia adelante abre, como hemos visto, una salida a la cultura europea, hacia atrás conecta, a través de la crítica de la novela finisecular, con la alargada sombra de Cervantes.
Se ha insistido mucho en la forma y estilo literarios de este texto. Ortega, muchos años después, en nota a pie de página de La idea de principio en Leibniz , habría de lamentarse de ello con cierta dosis de amargura. Es también ocasión de frecuente cita: «no se trata de algo que se da como filosofía y resulta ser literatura, sino por el contrario, de algo que se da como literatura y resulta ser filosofía». Sus detractores, según dice, le acusaban de no escribir «más que metáforas», y esto les bastaba para sentenciar que sus escritos «no eran filosofía». Hubiera podido, sin duda, defenderse mejor, aunque como defensa hay que reconocer que no está mal.
La metáfora constituye un elemento importante y no prescindible del filosofar orteguiano que se ofrece en Meditaciones del Quijote . La metáfora del bosque es, en este sentido, como hemos visto, inicial e iniciática. No es adorno del discurso, sino elemento fundamental y fundacional del discurso mismo.
A lo largo de este breve estudio nos hemos referido en repetidas ocasiones a Vieja y nueva política , un texto que anticipó de pocos meses la publicación de Meditaciones del Quijote y que constituye el programa político de esa reforma intelectual a la que Ortega se afanaba por encontrar una salida. Vieja y nueva política constituye la teoría política relativa a la filosofía de Meditaciones del Quijote . Conviene ahora, a este punto, traer a colación otro texto de 1914, el famoso «Ensayo de estética a manera de prólogo», hermano gemelo de los anteriores, con los que comparte un mismo horizonte y con los que cierra el triángulo de la acción intelectual orteguiana de esa época (filosofía-política-estética). Nótese, aunque sólo sea como anécdota, que este texto apareció como prólogo a El pasajero , de José Moreno Villa, un libro de poesía tan atractivo y tan característico de una posible «poesía del 14» (en su doble intento de alejamiento de la poesía finisecular y de apertura a un simbolismo de nuevo cuño) como desafortunado y olvidado (a lo que hubo de contribuir, sin duda, la sombra que sobre él proyectó el brillo del desmesurado prólogo de Ortega).