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Revista de Occidente 288 Revista de Occidente

Hacer concepto. Meditaciones del Quijote y filosofía española

por Francisco José Martín
Revista de Occidente nº 288, mayo 2005

Número de páginas: 7
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Andrés Hurtado, como Fernando Ossorio y Antonio Azorín, protagonistas emblemáticos de la narrativa de Baroja y Azorín, y, por consiguiente, figuras cardinales de la circunstancia orteguiana, son, en propiedad, anti-héroes. En ellos culmina la representación literaria del dominio de la realidad sobre los ideales. Son el fracaso de los ideales. Nada pueden contra el poder opresivo del medio. Representan la escisión radical entre la razón y la voluntad y la imposibilidad misma de su recomposición en el horizonte nihilista de la crisis de fin de siglo. Dan forma a la representación de la España doliente, enferma, postrada. Y contra ella se levantará Ortega. Contra ella, sí, pero desde ella («la reabsorción de la circunstancia es el destino concreto del hombre», sentenciará lapidariamente el Prólogo «Lector...»). El fracaso del noventayochismo es lección ejemplar para Ortega. Quizá la más importante: el raciovitalismo es el intento de sutura de esta escisión de la cultura finisecular. Las fuentes germánicas del mismo, debido a la misma deformación profesional antes aludida, han dejado en la sombra esa raíz española, azoriniano-barojiana, que sólo andando el tiempo habría de descubrirse como eminentemente europea. La circunstancia orteguiana escatará en Meditaciones del Quijote un tipo de heroicidad que se propone como crítica del heroísmo romántico: es la heroicidad de lo cotidiano. Ser héroe es saber contar con las circunstancias. Y es requisito de la reforma. Y es requisito también de una filosofía que se propone salvar las circunstancias.¿Cómo recomponer la separación entre razón y voluntad, entre realidad y pensamiento? Advierte Ortega, en recomendación cuasi-programática, que «al destronar la razón, cuidemos de ponerla en su lugar» (aún queda para llegar a aquella formulación precisa de El tema de nuestro tiempo según la cual «La razón pura tiene que ceder su imperio a la razón vital», pero el camino ha quedado iniciado de forma segura e inequívoca). ¿Cómo se pasa de esta circunstancia inmediata de Azorín y Baroja a Cervantes? ¿No marca precisamente este paso el itinerario de la reabsorción orteguiana de la propia circunstancia? ¿Qué puede ofrecer la magna obra cervantina a la salvación de España?
La entera serie de las Meditaciones orteguianas no responde a capricho: la articulación de sus títulos, en la varia modulación de sus diferencias, muestra una trabazón interna de indudable valor. Es el itinerario intelectual en proyecto de escritura de la «reabsorción», por parte de Ortega, de la circunstancia española. Su interrupción hay que buscarla, sobre todo, en la mutación que sobre las circunstancias introdujo la Gran Guerra. Difícil hablar de integración en un mundo dominado por la violencia de las trincheras; difícil conciliar, sobre todo de explicar, sin parecer sospechoso, la defensa de la cultura germánica y del concepto con la aliadofilia de sus compañeros de generación (recuérdese, a este propósito, cómo se inclinó la relación con Araquistáin en el seno de la redacción de la revista España ). La guerra urgía a una inmediatez en la que no cabían la parsimonia y el vuelo del culto meditativo. Y sin embargo, Ortega había empezado ya a distanciarse de aquella consideración neokantiana de la ciencia europea como valor absoluto. Aquella Europa en guerra no podía ser, desde luego, un modelo para la resolución del «problema de España». La Gran Guerra supondrá para Ortega la evidencia de una sospecha en la que ya monta Meditaciones del Quijote , sospecha que acabará abriendo un proceso de revisión crítica que le llevará a la formulación del raciovitalismo como determinación y respuesta a la crisis de la modernidad: el «problema de España» quedará así disuelto en un más amplio y complejo «problema de Europa».
El Quijote es el origen de la novela moderna («toda novela lleva dentro, como íntima filigrana, el Quijote »). En su origen sublime transparece la grandeza de Cervantes. Es la novela de Europa. De una Europa distinta, claro está, de la que acabó configurando el racionalismo cartesiano. Pero eso es, precisamente, lo que importa aquí y ahora. Cervantes representa una posibilidad europea de España, la más alta acaso: es la puerta grande de nuestra integración en el orden intelectual de lo europeo. Allí están ya Cervantes y su obra inmortal. Allí lo han llevado Schelling, Heine, Turgueniev... Bastaría, pues, penetrar las profundidades del Quijote para alcanzar Europa. Ortega no supo/pudo descubrir la dimensión europea de las novelas de Azorín y Baroja. A través de ellas, su circunstancia no comunicaba con esa ciencia alemana en la que él se había formado y a la que necesitaba someter a crítica y reconsideración.
Aquí se trata de hacer concepto, pero justo es reconocer que «El concepto no ha sido nunca nuestro elemento» y que «Representamos en el mapa moral de Europa el extremo predominio de la impresión». Es claro, y ha sido abundantemente repetido, que lo que Ortega afirma aquí es un ideal de integración («Integración» es precisamente el título del apartado correspondiente de la Meditación Preliminar). Pero en una situación de carencia y menesterosidad, como era, a su juicio, la circunstancia española, era preciso organizar el sensualismo impresionista con el cultivo de la meditación. Aquí ha faltado profundidad y, sin embargo, el Quijote es un libro profundo, acaso el «más profundo». Una paradoja que se traduce en un equívoco: el Quijote es «como un guardián del secreto español, del equívoco de la cultura española». Sobre él sólo han derramado «breves iluminaciones» algunas «almas extranjeras», y, por lo que se refiere a lo nacional, ni nuestra afectada elocuencia ni nuestras «rebuscas eruditas» han logrado hacer luz en el «colosal equívoco». Ante la magna obra cervantina, el lector no sabe a qué atenerse: «¿Se burla Cervantes?», «¿De qué se burla este pobre alcabalero desde el fondo de una cárcel?». A diferencia de Shakespeare, falta en Cervantes, dice Ortega, la «línea de los conceptos» (así lo reconoce el propio Cervantes en el Prólogo del Quijote ). La magna obra niega al lector la evidencia de sus pautas interpretativas. Como el bosque. Como España. La conceptualización (hacer concepto) del estilo de Cervantes deviene así paso esencial en Meditaciones del Quijote .
Al Ortega de esta hora no le interesan ni Don Quijote ni Cervantes,¡ ni el personaje ni su creador, tal y como habían hecho, respectivamente, y contra los que escribe, Miguel de Unamuno y Francisco Navarro Ledesma en sendos estudios de 1905, a la sazón el año de los fastos conmemorativos del III Centenario de la obra cervantina. Le interesa el Quijote como libro. Y ello, porque la consideración aislada de las cosas es una impiedad que conlleva su inevitable condena («los errores a que ha llevado considerar aisladamente a Don Quijote son verdaderamente grotescos»). Y aquí se trata de todo lo contrario: salvar, poner en relación, hacer concepto. Le interesa a Ortega el «quijotismo del libro», expresión no exenta de ambigüedad, pero que, en la economía del texto orteguiano, quiere decir «estilo cervantino».
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