Meditaciones del Quijote , en efecto, «medita» poco sobre el objeto que su título menta (aunque Ortega avanza una justificación, pero lo hace en el Prólogo, es decir, en el nivel general del proyecto de las Meditaciones). Da de ello alguna breve indicación, tan certera como sugestiva, siembra alusiones y deja huellas en un camino que no encuentra continuación, y fía todo, o casi, con singular optimismo, a la promesa incumplida del livre à venir . Sorprende que cierta crítica siga desatendiendo este horizonte abierto desde la crítica genética y la consideración filológica de los textos y siga empeñada en hacer luz en un orden de problemas cuya raíz principal se encuentra, acaso, no tanto en el texto orteguiano cuanto en la erudición sobreinterpretativa que lo envuelve. Es, sin embargo, una línea de investigación muerta. Su pervivencia y continuidad no puede ser más que la parábola de su declinación. Su claridad reenvía a una distancia del texto, a una esencial lejanía que acaba desplegándose como una forma de nueva opacidad sobrevenida al texto. Es un velo preciado, tanto por la consistencia del tejido como por la sutileza de sus filigranas. Pero no hay ya vuelta atrás posible. Importa el valor del texto, no la contextura de sus interpretaciones.
El horizonte ganado desde la problematización crítica del texto no tiene vuelta de hoja. Sólo desde aquí, desde este nuevo horizonte, tiene hoy sentido interrogar al texto. Es cierto que a crítica debe potenciar la obra, pero en este potenciamiento lo que o debe hacer nunca la buena crítica es olvidarse del texto. No setrata, pues, de completar un sentido apenas apuntado por Ortega, de asegurar y de dar firmeza a lo que Ortega fio al futuro vacilante de una promesa, sino, más bien, de transitar la inseguridad de sentido que ofrece la obra para poder habitarla con mejor sentido. ¿De qué habla, pues, este libro? ¿Y cómo lo hace? ¿Cuál es su argumento? ¿Cuál su género? ¿En qué consiste su estilo? ¿Qué papel juegan en él Cervantes y su obra magna? Responder adecuadamente a estas preguntas exige desandar los caminos de la sobreinterpretación para volver a la humildad de la obra, al nivel problemático de la textualidad de la obra, y sólo desde allí, ganado el pleno sentido de esta nueva problematicidad, volver a intentar la escalada de las interpretaciones. Pero se requiere una conquista del ejercicio filológico como inherente al auténtico filosofar, no como algo previo o separado, sino como parte misma de él, esencial y fundante, pues no puede haber amor a la sabiduría ( philo-sophia ) que valga si no empieza siendo amor a la palabra ( philo-logia ). Amor a la palabra es lo que despliega Ortega en Meditaciones del Quijote , un amor a la palabra y una voluntad de estilo poco comunes en la escritura filosófica. ¿Bastará, para explicarlos, el recurso a ese residuo modernista que se atribuye a la escritura del joven Ortega? ¿Bastarán el análisis lingüístico del texto y de sus figuras retóricas? Lo realizado en este sentido confirma su interés y utilidad, y sirve, sobre todo, para filiar la variedad y la riqueza de elementos que pone en juego la escritura orteguiana. Describe bien, pero no explica. Y es que hay también una filología corta que se encierra en el tecnicismo y rehuye remontar el vuelo del pensamiento.
Y sin embargo, la buena filología gusta del vértigo del pensamiento -así lo entendió Nietzsche, y después, siguiendo la horma de sus huellas, el propio Ortega en su memorable intercambio epistolar con Curtius. ¿Cuál es, pues, el estatuto de la metáfora en Meditaciones del Quijote ? ¿Y qué relación tiene con el concepto? ¿En qué consiste el estilo orteguiano? ¿Qué relación hay entre Meditaciones del Quijote y el Quijote ? ¿Y entre Ortega y Cervantes? ¿Es sólo cuestión de estilo? De las tres partes diferenciadas en que se presenta la positividad del texto orteguiano (un prólogo y dos meditaciones distintas), la Meditación Preliminar ocupa un lugar central, tanto en la disposición espacial del libro como en la arquitectura ideológica del conjunto.
Una centralidad que muestra su preeminencia en el equilibrio interno de las tres partes del texto. Desatender este equilibrio es hurtar a la lectura un elemento esencial. La Meditación Preliminar, a su vez, tiene también un elemento central que la atraviesa y la vertebra y le sirve para desplegar el tejido argumental y sus elementos componentes. Es la metáfora del bosque. Es ésta una metáfora preeminente, porque es primera y eminente, inaugural y primigenia, fundacional y fundamental. El despliegue metafórico permite levantar el andamiaje del texto y construir una estructura comprensiva del bosque en tanto que objeto de conocimiento, aunque pronto queda claro que ese bosque es una metáfora de la realidad y su estructura comprensiva (profundidad/superficie, patente/ latente, mundo/trasmundo, impresión/concepto, perspectiva, circunstancia, etc.) un método de conocimiento. Método de conocimiento que estructura y vertebra una teoría del bosque y, por consiguiente, a través de la potencia de la metáfora, también de la realidad y de la verdad. Hay, sin embargo, en toda esta parte inicial de la Meditación Preliminar un indudable carácter de provisionalidad: la metáfora funda un discurso inaugural de la filosofía, pero no se constituye como elemento autosuficiente del desarrollo filosófico. Ésta es, para Ortega, tarea del concepto.
El bosque es también metáfora del libro, y, por tanto, puede aplicarse convenientemente su configuración y su despliegue metódico al Quijote . Es éste una «selva ideal», «el libro-escorzo por excelencia». El lector se interna entre sus páginas como el caminante en la espesura. No basta ver, hay que saber mirar. Épocas ha habido, dice Ortega, que no han sabido reconocer la «profundidad» del Quijote . Y ello -dice- porque sólo ante el «leer pensativo», ante el leer que es intelligere ofrece el Quijote su «sentido profundo». No se conquista su verdad por la fuerza, sino a través del «culto meditativo » ( alétheia ). No es don, sino recompensa. No hay rendición ni entrega gratuita del objeto, sino paciente ejercicio de intelección y esfuerzo continuado por ver más allá de las apariencias, por salvarlas en la estructura relacional que las soporta y las pone en relación con el universo. No basta, pues, querer, hay que saber querer.
También el lector es un héroe: no un héroe trágico, como Don Quijote, sino un héroe de la cotidianidad mundana (la lección del límite y de la limitación ha dejado ya su impronta). ¿Por qué el Quijote ? ¿Por qué precisamente en la apertura de estas meditaciones orteguianas? ¿Como último coletazo del III Centenario y como ajuste de cuentas con la reflexión esencialista sobre España fraguada alrededor de aquél? ¿O como reacción al sentimiento trágico unamuniano, como suele advertir un lugar común de la crítica? ¿Por qué el Quijote ?